INVITO A LEER EL POEMARIO DE ENÁN BURGOS ARANGO DEDICADO AL POETA H. GALO VURGOS P.
SU TÍTULO: ORUGA IMPACIENTE
He aquí el poema que finaliza el libro:
LETEO
¡Adiós, poeta, adiós!
Tu silueta se ve como la oruga
que nuevas alas lleva
hacia el más allá, adonde reina Dios.
Néctar siempre oro,
aunque encanecida ya tu noble voz
nunca un quejido dio.
Tu verso, fiesta breve,
donde quiera que él resuene, vuela,
penacho de espigas
alumbrando la extinguida senectud.
Abejas del deseo
que sin engaños ni daños
besaron la amada flor.
ENLACE para acceder al texto completo y a otros poemarios de ENÁN BURGOS ARANGO:
http://enanburgos.free.fr/poesiedigitale.html
Saludos,
FBA
miércoles, 25 de mayo de 2011
viernes, 13 de mayo de 2011

DE VUELTA. Aún no del todo recuperado, reinicio operaciones.
A PROPÓSITO DE “CIEGOS NOSOTROS”
Luego de haber estado desde el martes 26 de abril en EL VALLE (sin haber estado en Valledupar) hasta la noche del 30 de abril, siguiendo minuto a minuto el concurso de Canción Vallenata Inédita en el marco del 44 Festival de la Leyenda Vallenata (2011), registro con beneplácito el triunfo de un buen amigo, el cantautor ADRIÁN PABLO VILLAMIZAR ZAPATA, nacido en Buenos Aires-Argentina, con alma musical cubana, esencia guajira (San Juan del Cesar-La Guajira-Colombia), corazón vallenato (Valledupar-Cesar-Colombia) y (agrego yo) fraternidad sinuano-sabanera. Creador del CUBANATO, este trovador (como prefiere ser llamado, en lugar de compositor) cuenta con un importante recorrido en festivales de música vallenata y sabanera realizados en distintas ciudades y regiones de Colombia caracterizándose, además, por no circunscribirse en sus composiciones al género vallenato.
En un hecho sin precedentes en la historia del máximo evento del folclor vallenato, obtiene, ¡por fin!, el triunfo con una canción, en ritmo de paseo, titulada Ciegos nosotros, dedicada al juglar LEANDRO DÍAZ (ciego de nacimiento y autor de un cúmulo apreciable de canciones vallenatas consideradas clásicas), quien, con LORENZO MORALES (el juglar vallenato supérstite de mayor edad con 97 años encima), fueron los homenajeados este año por el Festival Vallenato acertando la Fundación que lo organiza en distinguir a estas dos leyendas vivas de una música vernácula que tuvo en la gaita, luego en la guitarra y finalmente en el acordeón instrumentos claves para su desarrollo. Que un canto espiritual y religioso gane en un medio ortodoxo como el de Valledupar –presuntamente defensor del vallenato tradicional– no es cualquier cosa. Se trata de la entrada en escena de un nuevo lenguaje que, sumado a una propuesta melódica exquisitamente innovadora, bien podría significar la puesta en marcha de una constructiva, respetuosa y responsable evolución. Y si reparamos también en una elaboración textual rica en imágenes y figuras poéticas, es probable que se haya logrado abrir una gran puerta para que creadores de excelso talante entren a robustecer la causa de dignificar nuestra música, agobiada hoy por las deformidades rítmicas y la pobreza literaria, ridiculeces con que “la evolución y el éxito comercial del momento” han menoscabado profundamente la identidad (entendiendo este término en sentido dinámico, no estático) de la música vallenata. Coincidimos en esta apreciación con el periodista y escritor Ernesto McCausland, quien, a partir del ejemplo de Ciegos nosotros, invita a la industria vallenata a entender que es éste su camino y su salvación, conminándola a madurar discografías portadoras de “canciones sensibles y con contenido”, que pongan fin a “la pobreza conceptual y anemia creativa que pulula en el vallenato".
En lo personal, hubiera preferido que canciones como El ángel bohemio, Te debo una canción, Identidad, Yo soy el canto vallenato y Cofradía (todas de la autoría del citado trovador y que simbolizan poco más de una década de su lucha por llegar al podio en el Valle de los Reyes) hubieran sido (cualquiera de ellas) las ganadoras. Y no porque Ciegos nosotros desmerezca lo alcanzado, sino porque, en mi mundillo poético la divinidad, aunque hondamente respetada, muy poco sale a flote, dejándome los cantos que tan ampliamente la recogen (El ángel bohemio y Cofradía también lo hacen pero, a mi juicio, la religiosidad actúa aquí más como medio que como fin, o, por lo menos, se relaciona con propósitos temáticos no propiamente celestiales) un saborcito demasiado solidario o entre dulzaino y bonachón. Cosas… vainas jodidas de este poeta crítico, terrenal y mortífero que me carcome. Debo reconocerme entonces de seguro como uno de los muchos ciegos que, dotados del sentido de la vista, son señalados o invitados a la reflexión por Adrián Villamizar en su glorificadora canción. Lo admito y me dispongo obediente a ello. Sólo que sé que este compositor es también el creador de temas como El tejido, Serankua, Cantos y fugas, Un final feliz, Nacho lee, Me pinto, Cómo me voy a olvidar, Canción imaginada, La plaza de Juancho, Llueve en Curramba, La ruta del reencuentro, Si no se canta se olvida, Se acabó la guerra, Viejo, Otra vida hecha canción y Vivir Cantando, entre otras, donde la exploración de la poesía adquiere ribetes para nada obvios y, por supuesto, en nada azucarados como me gustan.
Los cantos enamorados trivialmente de la vida tampoco son, por idénticas razones, de mi predilección. Me es imposible separar la vida –por más ánimo optimista y pajaritos azules que le ponga o pongan; a más loa y colorido mayor dificultad, y me temo que la separación jubilosa podría únicamente alcanzarse cuando el canto a la vida se acerque a (y se confunda con) su verdadera y complicada realidad– de lo que significa, día tras día, noche tras noche, el hecho inobjetablemente trágico de vivir. Sin embargo, vale aquí hacer una importante precisión. Una cosa es la poesía (que puede posteriormente, en casos excepcionales, llegar a ser cantada, haciendo quizá eco de su intrínseca musicalidad) y otra la música cuyo texto se ampara en la poesía o la pretende, escribiéndose en función de (o en interrelación con) la obra melódica, rítmica y armónica de que se trate. En la primera, exceptuando cierta poesía que bebe del misticismo, Dios es un asunto fronterizo y riesgoso no recomendable de ser exaltado en versos (poesía y política, poesía y religión: incógnitas, ecuaciones no resueltas, por lo general, de manera afortunada); en la segunda, sobre todo en una música popular como la vallenata, es pensable y posible abrigar ciertas licencias propias de su hábitat y de un lenguaje esperanzador ataviado, además, de imantadas melodías y rima inevitable (mensajes positivos, sensibilidad paisajística, belleza inaudita, vida exultante, deidad latente…).
En todo caso, lo importante es que Ciegos nosotros no solo es, en mi opinión, un canto religioso, sino también interior, justo, vital, extraño, singular, inspirante, reflexivo y con inequívoca intención poética. Era su compositor tan consciente de la incertidumbre de lo logrado que, cuando concluyó su creación, vislumbró la misma más en una tarima católica, cristiana o de cualquier otro culto afecto al Supremo Hacedor galáctico, que en una tarima vallenata como la de Valledupar. Pero Dios es Dios y sabe lo que hace, y fue así como se trazó, a través de un incansable caminante que cuenta la vida cantando, el enorme reto de romper el esquema festivalero imperante durante tantos y tantos años de parranda y tradición. Negar que la majestuosa puesta en escena de Ciegos nosotros –con los jóvenes “invidentes” Juan David Atencia y Carmen González al frente de su interpretación vocal– influyó en el éxito obtenido, sería todo un despropósito, como lo sería también el ignorar que su aspecto divino sensibiliza y capta poderosamente la atención. Pero asimismo sería un imperdonable despropósito desconocer que el triunfo de Ciegos nosotros obedeció primordialmente a la magia de un compositor talentoso que sabe, con equilibrio estético, lograr la orquestación de muchos elementos creativos a la hora de inmortalizar su percepción de la vida en un universo musical. Y como lo sostuve arriba, alcanzar semejante conquista en el Festival Vallenato es un hecho no solo inédito sino también aliviador, si es que lo aprovechamos para sintonizamos con la urgente necesidad de replantear el devenir festivalero y darle a la música vallenata, tanto en lo artístico como en lo comercial, el prestigio, la dignidad y el porvenir que se merece. Sin duda, el gran mérito es haber puesto a las demás canciones en la triste evidencia de que no tenían nada que hacer en su presencia. ¡Increíble pero duramente, saludablemente cierto!
Hay que agregar entonces que Adrián Villamizar es un hombre con un sentido espiritual copioso que amalgama de manera extraordinaria la divinidad con lo terrígeno y lo ancestral, dotado, además, de vivencias, experiencias, sueños y nostalgias que lo hacen único en su especie autoral, uno de esos personajes que surgen cada 20 o 25 años (si nos atenemos al criterio del cantautor sinuano Joaquín Rodríguez Martínez; yo diría que más). Y así como podemos esperar de él un merengue como Que viva la paz, muy bien interpretado por su amiga Sandra Arregocés y que pertenece a la onda estelar de Ciegos Nosotros, es igualmente factible que nos sacuda cualquier día con un canto aquilatado al mejor estilo de su descomunal paseo Yo soy el canto vallenato. Así es Adrián Pablo Villamizar Zapata. Una persona con estas siete letras bien puestas, médico de profesión, oferente y demandante de amor, fan de la imperecedera amistad (incluso de las herméticas y lejanas) y precavido, por motivos ajenos a su voluntad, cuando se trata de recibir elogios, reconocimientos o afectos lisonjeros.
Ahora bien, en torno a una controversia leída en Facebook, en la que se llegó a sostener por uno de los intervinientes (refiriéndose al caso de Adrián Villamizar y a su canción Ciegos nosotros) algo así como que el poeta sólo es tal cuando, tocado por la divinidad o por algún viento sagrado, sirve de instrumento para eternizar una obra mayúscula y excepcional, aconsejando no inquirir por el hombre de carne y hueso, común y silvestre, que lo vive y sufre en la más espantosa cotidianeidad, debo decir que todo artista, sea poeta, novelista, pintor, escultor, músico, actor, cantante o trovador como Adrián Villamizar, se ve abocado, como buen mortal que es, a tener que comer, trabajar, dormir, saludar, evacuar, etc. Pero lo que pasa en la cabeza de un artista no es asunto exclusivo del ser superior. Funciona quizá el acto creativo a la manera de vasos comunicantes donde muchas variables conspiran para producir el arte. No se trata tampoco de que, en el caso del poeta, éste deba vivir siempre como tal, pues, quiéralo o no, y como bien lo advierte con mezcla de tristeza e ironía el poeta mexicano Jaime Sabines, le toca asumir el transitar de su vida desde una naturaleza humana vulnerable, le toca padecer y hasta gozar, en su condición de hombre común, la tremenda verdad de ser un simple y ridículo peatón. ¿Simple y ridículo? He aquí la también tremenda diferencia. El poeta jamás se esfuma del hombre donde habita, el artista permanece vigilante y a la espera, ayudando sutilmente, afincado fortalezas, impregnando pensamientos, depurando intuiciones; y viceversa, el hombre ungido por el don del arte difícilmente es extirpado por su poeta o artista al tiempo de emprender éste el oficio de crear o recrear. Parafraseando atrevidamente a Pavese: El duro oficio de poeta, el duro oficio de vivir. Oficio… ¡de esto sí que tiene la poesía!, afirmación obviamente no apta para poetastros ni para comentaristas paradójicamente cegados por el apego a lo divino.
Cierro este capítulo musical con una opinión epistolar del pintor y poeta monteriano Enán Burgos Arango (Montería-Córdoba-Colombia) que, sin duda, viene al caso: “La poesía, más que un ejercicio de lingüística o una tesis seria o metafísica, es un juego de niños, a condición de que el elemento latente de ese juego no se haya marchitado en nuestro espíritu”.
GRAN ABRAZO DESDE EL SINÚ “ÁNGEL BOHEMIO”. QUE LA BELLEZA Y LA VIDA TE SIGAN INSPIRANDO, PARA GOCE DE QUIENES NOS APIÑAMOS EN DERREDOR DE TUS SALVADORES CANTOS.
FBA
ADENDA: Entidades públicas y privadas se desdibujan afanadas por el barullo de la certificación, dándole primacía a la forma sobre el fondo, lo que, tratándose de organismos estatales con fines de protección social, se vuelve aún más degradante y calamitoso. Así pues, qué bien que canciones como Ciegos nosotros se preocupen por el fondo de una música comercialmente extraviada en la imbecilidad de los formatos desechables.
El sábado 14 de mayo de 2011 será la premiación en la histórica tarima “Francisco El Hombre” de Valledupar. 7 p.m. Y a fuerza de alazos, ¡también estaremos!
sábado, 7 de mayo de 2011
RESQUEBRAJADO POR PROBLEMAS DE SALUD. ESPERO RETORNAR EN POCOS DÍAS.
SALUDOS,
FBA
SALUDOS,
FBA
domingo, 17 de abril de 2011
De VIVIR CANTANDO, Capítulo Tres de CANTANDO A DESTIEMPO, 18 textos:
LEGENDARIOS
“Yo a mi pueblo no lo llego a cambiar ni por un imperio
yo vivo mejor llevando siempre vida sencilla”
El viejo Miguel (merengue vallenato)
ADOLFO PACHECO
Ah si el maestro Adolfo quisiera
cantar conmigo estos versos fratricidas
acompañar mi canto con su voz sabanera
y en San Jacinto o Sahagún
sonaran las guitarras del principio
Si Hardt, Negri y Boron no estuvieran
tan cerca de mi patio lugareño
(que el imperio es el mismo imperialismo
que la posmodernidad succiona en lo local
que es preciso globalizar microrrelatos)
Pero no es éste el sentido universal de la provincia
A duras penas intento descifrarlo
mientras pasa la vida enloquecida
con su ambiente tranquilo y sus guirnaldas,
a simple vista me niego a contemplarlo
pues la humana condición no es suficiente
ni la jerga local es el problema
Y si todo provincialismo sabe a rancio
no es por obra del mar capitalino
es que hay ruidos de sal que permanecen
por más que se multipliquen rascacielos
es que la humanidad es un desastre
doquiera el hombre construya su universo
Ah si el maestro Adolfo quisiera
cantar conmigo estos versos fratricidas
acompañar mi canto con fervor de leyenda
y en Sahagún o San Jacinto
sonaran las guitarras del final
CANCION PARA UN PARRANDERO ARREPENTIDO (sin aire de paseo)
No bebo más
No tomo más
Ya me aburrieron tantas glorias pasajeras,
Voy a cantar
Voy a rogar
Que el Sol se canse de aplaudir mis borracheras.
Quiero entender
Quiero saber
Que hay otras formas de perderse en el camino,
Ser otra vez
Aquel ayer
Cuando con tiempo y sin amor vivía tranquilo.
Aún es posible saborear
La vida sorda a plenitud,
Para plagiar la juventud
No necesito parrandear.
Ay hombe sol
Ay hombe mar
Ay hombe río
De mi verdad.
No canso más
No prendo más
He de alegrarme con la paz del vecindario,
Aunque después
Beba otra vez
Y un gran jolgorio arme en mi cincuentenario.
Ay hombe sed
Ay hombe pan
Ay hombe canto
De mi maldad.
Aún es posible jaranear…
AY MUERTE (paseo vallenato sui géneris compuesto por FBA en Bello-Antioquia el 20 de diciembre de 2002; para escuchar en alguna panzada casera y selectiva, previa inscripción, o en algún festival inusitado)
1
Ay muerte cómo te gusta pasar conmigo
la vida incierta que llevo yo,
y siempre que andan preguntas por mi camino
va tu respuesta en mi corazón;
son tantas las alegrías que no comprendo
cuando en tu vuelo temo partir
y vanas las travesías de estar sufriendo
porque este mundo no es para mí.
“Pero soy tu tristeza
jamás tu juventud” (bis).
Muerte que ahora floreces intensamente
tiempo perdido soy de tu cruel amor
Parca, tu buena vida no me merece,
si resucito, si otra vez grito
puedo quemarte el aliento con tanto sol;
ay huellas de este pasado que vence todo
no encuentro cómo acabarme ya sin virtud,
“pero a tu clara estrella
da luz mi perdición” (bis).
2
Ay muerte cómo me gusta pasar contigo
la vida incierta que tienes tú,
y siempre que oigo preguntas de tu camino
hago una fiesta por tu salud;
no captas los resplandores que por ti muestro
cada que duermes en mi soñar
y menos mis emociones, se vuelve cierto
el viejo acto de despertar.
“Pero soy tu tristeza
también tu juventud” (bis).
Muerte que ahora floreces intensamente
tiempo perdido soy de tu cruel amor
Parca, mi extraña vida no te merece,
si ensimismado, si preocupado
suelo volverte poesía, vida y canción;
ay huellas de este pasado que vence todo
no encuentro cómo acabarme ya sin virtud,
“pero a tu clara estrella
da luz mi perdición” (bis).
COMPOSITOR – a Carlos Huertas
un taburete al pie de un árbol milenario
solitaria y polvorienta recrudece la plaza
la brisa frutal que lo apasiona va liberando
poco a poco los recuerdos, mediodía de
apacible floresta que canturrea a un
adorado valle, río que pudiera ser el
Ranchería, y un pueblo cualquiera de los
tantos abandonados a su triste
suerte
la soledad del compositor cuenta
la historia, iguanas y riberas afinan
la inspiración de la guitarra, el silencio
es algo dulce y ya no hay fiesta, huellas
de cantores, olvidos que se defienden
entonando nuevas y viejas
alegrías, amores de una poesía
que cuajaba en lo blando de la tierra
inmortalidad del momento que finiquitas
la canción soñada, haz que tu compositor
siga emitiendo melódicas y acompasadas
fugas, entrégale la tonalidad que se merece
ayúdale a defender su verdad
con buenos versos
un taburete al pie de un árbol milenario
mi árbol está lejos y ni el licor serena
la sitibunda ausencia, ciudad grande
y fría donde el progreso miente
cemento y sonidos de
horizontal encierro, sin embargo
mi guitarra se asoma a la ventana
una canción se atreve en lo alto
a desafiar la noche, la voz me sale
de alguna vieja calma del destino
y fluye, fluye alejándose hacia su
eterna muerte:
… y si tuviera alguna luz
que a veces cante para mí
no padeciera tanto afán en esta vida,
pero la brisa del Sinú
a veces me hace tan feliz
que pareciera que este mal al fin termina…
compositor amigo, compositor que lloras
cuando tu flor trasciende, no importa
qué tan pobre sea la vida que te espera
la riqueza que cantas desciende
de otros cielos, y en sus milagrosas nubes
te escucha el universo
CANTANDO VERSOS
cantando versos terribles
miserables
soportando locuras imposibles
ancestrales
cantando versos totales
inservibles
respirando premuras tropicales
increíbles
cantando versos nerviosos
penitentes
habitando universos oprobiosos
convincentes
cantando versos decentes
rigurosos
presagiando sonidos inclementes
milagrosos
cantando versos perdidos
altaneros
detentando poderes confundidos
embusteros
cantando versos arteros
tan queridos
reciclando saberes pendencieros
aburridos
cantando versos felices
musicales
y por si las moscas
cumpliendo cada que puedo
con mis males
MADRE MÍA
patrona de mis dudas
confín de mis desvelos
no sé cómo expresarte
esta suerte que tengo
cuando pienso en mi vida
y no encuentro tus besos
no sé cómo librarme
de la muerte tranquila
cuando tú vigilas mis sueños ebrios
no sé cómo mirarte
en los días felices
de fugaces lamentos
y sobre todo
no sé cómo quererte
cuando crece en mi pecho
el desconsuelo
CUANDO PIENSO EN MI HERMANO
oigo tantas voces
veo tantos cielos
pienso en la justa paciencia
y en mi fugitiva calma
cuando pienso en mi hermano
no hay presencia vaga
el vientre del hilo
favorece la humedad
de aquel Sol que nerviosamente
nos deshoja
la vida de Occidente
nos impone el desorden
la sangre nos depara
una gran felicidad
el río de la ausencia
se sale con la suya
y yo, cantando en mi pueblo
he de morir en él
sin aliento de patria,
cuando pienso en mi hermano
oigo tantos cielos
veo tantas voces
COTIDIANO
noches que podrían ser estrellas
si yo no viviera
perdido en tus senos
mares que podrían ser viento
si yo no estuviera
escondido en tu pelo
ríos que podrían ser árbol
si yo no siguiera
ceñido a tu cuerpo
lluvias que podrían ser barcos
si yo no doblara
papeles en vano
miedos que podrían ser sabios
si yo no dejara
mi vida en tus besos
sueños que podrían ser buenos
si yo no entregara
mi fértil tristeza
cantos que podrían ser bellos
si yo no encendiera
mis grandes silencios
dichas que podrían ser negras
si no me encantara
tu frágil borrasca
y amor que podría ser amor
si yo no te amara
muriendo por ti
SI SUPIERAS AMAR
me darías tu vida
de una forma tan clara
que estorbaran las flores
se vendrían las noches
con estrellas caídas
y luceros eternos
en las tardes traidoras
si supieras amar
me darías tu muerte
de una forma tan plena
que sobraran amores
se vendrían los días
con sopores tremendos
y calores lluviosos
en las noches malignas
si supieras amar
otro cuento sería
otra luz otra sombra
el amor
cantaría
UNIVERSIDAD – para José Luis Garcés González, absolutamente fieles a la vida verdadera…
Qué es la universidad
si no ese bello río
donde a veces respiro
donde a veces me calmo
donde a veces recuerdo
qué es la universidad
si no ese fértil valle
donde siempre me encierro
donde siempre me hundo
donde siempre me duermo
qué es la universidad
si no ese claro cielo
carente de mil cosas
carente de mis versos
carente de mis fuegos
qué es la universidad
si no ese viejo pueblo
cansado del olvido
cansado del engaño
cansado del silencio
qué es la universidad
si no esa suave brisa
que lleva lo que canto
que clama por la vida
que vive sin ser viento
qué es la universidad
si no ese opaco río
donde a veces comienzo
donde a veces existo
donde siempre me muero
MI CASA
único sitio del mundo
donde suena la música que me gusta
señero lugar por donde transita
la ausencia de mí mismo
mi casa son razones y olvidos
hábitat del amor
donde vive una reina
con un rey en desuso
que jamás la abandona
musa de un compositor
inusitado, foráneo
conflictual
sangre de un hombre
que ya casi no sangra
por la herida
mi casa en fin
toda una vida
dedicada al estropicio
rincón inasible para cuerpos y almas
que no entienden de tedios
ruta de la finitud contra poetas inocuos
que brillan por doquier
en festivales
Mi casa es el único sitio del mundo
donde vivo mis tardes
al compás de canciones capitales
hasta que llega la noche
y la música desciende
por mandato vecino
y es entonces mi casa
un lugar como todos,
de silencios horribles
increíbles discordias,
donde vuelve la nada
a anclar sus esperanzas
la nada que una reina
decora con esmero
para un rey en desuso
que aun, perdiéndola, canta…
HAMACA
te debo tanto y nada a la vez hamaca mía
horas eternas de un tranquilo pensar que me
desdobla, noches que nunca duermen, pedacitos
de vidas que acostumbro sopesar rítmicamente
viviendo la nostalgia feliz de tu flotante espera
te debo nada y tanto a la vez hamaca mía
que es preciso que sepas que tu luz me deslumbra
y un suspiro de amor es posible en tu cuerpo
cuando mi corazón se siente cansado
o sin abrigo
te debo todo lo que no soy y soy o habiendo
sido aprendí en tu remanso a revelar de
nuevo, porque hay vientos y fracasos que es
mejor revivirlos, trastocarles el tiempo como
a grandes temores mientras un alma inclemente
se acuerda de mis odios
te debo tanto y nada a la vez hamaca mía
ruta tuya, nave del cantador, hamaca
del destiempo
donde quiera que voy van tus hicos y argollas
donde quiera que vas van mis cantos y versos
DÓNDE ESTÁS VEJEZ QUE NO TE VEO
sé que llegaste ya, de noche me supongo
te aprovechaste de que mi maldad dormía,
desarmado no me era posible
defenderme.
Pero no veo aún tus físicas secuelas
sigo haciendo ejercicios in extremis,
qué te han hecho vejez que no apareces
¿dónde te escondes malvada hipocresía?
Alérgico a las fotos te miro en las ajenas
y sí, has ido demoliendo a esos sujetos
que a lo mejor no han sido perdedores,
te has ido apoderando lentamente
de esos cuerpos de otrora lozanía.
Aquí estoy, vejez, me he puesto en guardia
revisaré este poema diariamente porque
quiero notar cuando te asomes,
en el puro espejar de la metáfora o
en el óptimo ritmo de sus versos.
Experto como soy en ruidos y agujeros
tengo listo un buen plan de escapatoria,
conozco cada vivir de los esconces
sé regresar al punto de partida…
Llevas las de perder conmigo socarrona
y por eso rondas mi cuerpo con sigilo
en espera de un descuido que te salve,
te he sentido siguiéndome en las calles
ocupándote en múltiples oficios
a veces complaciéndome a deshoras, otras
veces vendiéndome ilusiones, te atraviesas
pidiéndome disculpas y a través de
jovencitas tentadoras llamándome
señor te haces la loca.
La noche al parecer no te conviene.
Has decidido atacarme a pleno sol,
atareado me expongo a ser vestido
por el manso arrugar de tu nevasca.
¿Dónde estás vejez que no te veo?,
¿dónde te metes cuando estoy al tanto?
EL ABORTADO PROYECTO DE SU VIDA
reposa en el anaquel del soñador
la democracia aflora corrompiendo sentidos
las calles desiertas sirven para pastar
y renacer
puede cuando quiera
emprender su más humillante retirada
botafuego con causas infinitas
místico, poeta, criminal
desparrama una calamidad de sumos dones,
trinidad de amor
odio y justicia
hace de su cantar otra ilusión
contra la muerte sabe inocular el veneno
de la vida
contra la vida sabe incorporar el antídoto
de la muerte
El abortado proyecto de su vida
pervive en la liviandad del bebedor
TENGO MÁS BIEN POCO DE BOHEMIO
y sin embargo podría referir muchas historias
de tabernas,
la bohemia no surte mis efectos
ni en lo convencional apuro mi existencia,
un cementerio por dentro me dicen que poseo
y cómo negarlo si en mis libros la muerte
tranquila se pasea, destruye las telarañas
de la falsa vida y en los auténticos lupanares
se sabe indestructible…
VIVO CANTANDO
porque cantando despierto
porque cantando vuelvo a morir,
vivo cantando como si de cantar
dependiera
seguir vivo;
me subo a tarimas de pueblo
confiando en mis canciones
y al final, cuando pierdo
en mi mayor prosigo
el círculo vicioso:
vivo cantando
porque cantando me duermo
porque cantando vuelvo a vivir
vivo cantando como si de cantar
dependiera
seguir muerto
CANCIÓN DEL PRIMER OTOÑO
Días de otoño más
Días de otoño menos
Deviene aconsejable decir por ejemplo
“todo tiempo pasado fue peor”
o “todo tiempo futuro será igual”
Menos dramático
Escuchar las nuevas canciones de Joan Manuel
Atreverse a olvidar las clásicas tonadas de Diomedes
Encontrar en otras latitudes melodías
Meritorio sí,
Continuar perdiendo el amor de los amores
Luchando en solitario por causas absolutas
Sabedor de que a la pobre razón le queda vida
Y al corazón menos cruces que llorar
Mi primera canción del residuo
Advierte que jamás me haré a un lado
Para mejorar entretenidamente la poesía
Siempre estaré ahí
Pendiente de sus miedos como
De los míos propios
Consciente o inconsciente
De los muchos vientos
Que la arredran
La poesía y sus rebumbios
Única manera de brindarle
A este primer otoño
Luces de desesperanza y soledad,
Para que el placer que me pervierte
No brille tristemente
Por su ausencia
JUSTO Y NECESARIO
Vivimos al mismo tiempo y nada hacemos
para advertirnos mutuamente este
suceso,
deberíamos celebrarnos
día por día tan
laudable coincidencia, solidarizarnos
en pro de la vida compartida,
decirnos puntualmente:
qué bien, felicidades, otro día más
con vida, qué maravilloso privilegio
pero nos alejamos sin motivo alguno
para algún tiempo después ojear vejeces
enterarnos de qué muertos nuevos
se nutren las familias, qué enfermedades
combaten los amigos, cuánto ha pasado
el tiempo sin nosotros
qué inhumanas maneras tenemos de
querernos, qué ingratos somos
con la vida ajena,
hasta con seres excepcionales o famosos
se ensaña macabro nuestro olvido;
justo y necesario es entonces darnos
recíproca importancia
recobrar las tascas de los grandes días
la paciencia febril de lo absoluto
perder el tiempo ganando
lo imposible
vivimos simultáneamente
lo sabemos, pero preferimos ignorar
que nos morimos todos los días
a fuerza de silencios,
nadie repara, asombrado, en las estrellas
ni siquiera en los cálidos
destellos, mucho menos en la
oscura falta, y es peor cuando
se vive cerca
qué estupendas canciones se quedan
enjauladas, qué injustos somos
con la vida propia
FBA – DERECHOS RESERVADOS
martes, 12 de abril de 2011
SEGUIMOS CON EL HOMENAJE AL POETA H. GALO VURGOS P. http://pleamareditorial.free.fr/nectarioymieldeabeja.html Saludo cordial, FBA
sábado, 2 de abril de 2011
HOMENAJE AL POETA H. GALO VURGOS P. El poeta H. GALO VURGOS P., quien nació un 14 de febrero de 1920 en Ciénaga de Oro-Córdoba (Colombia) y murió en su pueblo natal el 31 de marzo de 2011 luego de 91 años ininterrumpidos de vivir en él, es homenajeado por su sobrino ENÁN BURGOS ARANGO, poeta y pintor radicado en Francia. Me sumo a tan bello y merecido acto de fe en el amor, la vida y la poesía, y los invito a visitar, con similar espíritu, el siguiente enlace: http://pleamareditorial.free.fr/galovurgos.html Saludo cordial, FBA
domingo, 20 de marzo de 2011
Del CAPÍTULO 2 de CANTANDO A DESTIEMPO (Sobre amores y resquemores), 7 textos:
UN DOLOR ETERNO
Hay ciertos dolores que deben escribirse
no para exorcizarlos
sino para que sigan doliendo poderosamente
bien guardados por dentro -donde sea que vivan-
única manera de evitar que hagan daño
más allá de límites precavidos;
al fin y al cabo,
¿qué sería de la vida sin ellos?
¿qué sería de la dicha sin sus juegos?
Hay por ejemplo ciertas distancias familiares
gestos maternos desagradables
que es preciso denunciar valientemente
ante el dios del destiempo y de la nada,
tantos errores y silencios
tantas bondades aparentes
muchos imperdonables sacrificios
Pero hay por supuesto mundos concretos
donde uno como hijo aprende a camuflar
su propia desgracia
y luego como padre entiende
la tremenda necesidad
de no repetir los desaciertos
Hay ciertas verdades complicadas
que hay que escribirlas por más que duelan
y mueran
casi de inmediato
las palabras
DE LA FATAL FELICIDAD
Tantas mujeres que hay en el mundo
Y tenías que resultarme monteriana
No entiendo por qué
Yo que cargo un amor
De lógicas y fuegos
De dudas y obsesiones
Vine a fijar mis ojos
En tu ombligo
De un continente distinto, no sé
Esperaba que fueras, por ejemplo, africana
O de un planeta de poderosos vientos
Como Neptuno
Pero monteriana… De la misma condición que mis recuerdos…
Bueno
Dicen por ahí que cada velero
Lleva su naufragio
Y a estas alturas de la vida
No sé si todavía quererte o despreciarte
Mas tú sabes cuánto me gusta
Esa manera tuya de quererme
Tan contundente
Tan extraña
Tan musical
Tan complicada a veces
Tantas mujeres que hay en el mundo
Y no me imagino ya mi vida
En un territorio de imprecisa belleza
Que no sea el de tu contradictoria y tibia
Insoportablemente cierta
Bondadosa desnudez
De monteriana
OTRA FLOR
Expuesta a las morales fastidiosas
Brinda su pictórica herida al visitante
Sabe de murmuraciones y conjuros
De lenguas largas con falaz escrúpulo
Escandalosa habitante de la sala
Arde y mira la órbita que pasa
Despierta sus pétalos hambrientos
Tras un poco de mugre mañanera
Pide amor a cambio de suplicio
Corola en pos parece contenerse
Recuerda a su pintor quien la bendijo
Bajo el cuidado de un hermano menor
Que la consiente
La otra flor
Enmarcada en rojas ataduras
Muestra su opaco sol al comerciante
Sangra sin darse cuenta de la sangre
Huele a fimo de ausencia su pistilo
Azul de Prusia al fin
Es nuestro infierno
Ay poderosa expresión que prefiguras
Tiembla a tu alrededor y tú tranquila
En un penúltimo panel te acomodas
Cual si fueras la virtud y no la muerte
Arriba de tu botón apetecido
La maleza protege tu esperanza:
La soledad pueril de quien no sueña
Esos sépalos mustios que te apagan
Ese cáliz de olvido que no implora
Ya llegará tu día compañera
El estambre febril que se arrodille
El polen animal
Ése atrevido
Yo lloraré ese día tu partida
Hacia aquel viejo mar
De las traiciones
Y él
Tu pintor convaleciente
Pájaro como es
Marchará libre
Pasará por entre gallos de pelea
Palomas sin mensajes descarados
Te llevará tan lejos de esta sala
De esta casa de pueblo que hoy te anida
Tú
Mi otra flor
La amada brecha
El lánguido trepidar
De mi destino
TERRUÑO AZUL
El amor que guardo por mi tierra
Es un amor de oscuras sensaciones
En veces desespera
En otras tranquiliza
Es un amor tan raro que vaga por las calles
De comerciales soles
Henchidos de verano
Y un invierno profuso
Que corre con mi sangre
Libera las dolencias
Del tiempo que perdí
Es un amor tan duro éste mi amor cobarde
Que cuando acude a muros
Pintando soledades
Encuentra un buen motivo
En barrios olvidados
Y un silencio de ruido
Me vuelve a estremecer
El amor
Es como una quimera boba
Capaz de enamorarme
Y mi ciudad lo sabe
Seguro que lo sabe
Si no, no me llevara al borde de su río
Con la misma rutina de la vida que llevo
Ni me amara en las noches
Cuando imploro sus besos
Y me muero cantando
Bajo un cielo infantil
VIENDO LLOVER EN EL SINÚ
el alma se remonta hasta la infancia frente al río
un niño de cuatro años descorre el velo
de la tarde, su ímpetu nocturno desborda
el fiel recuerdo y la foto se atraviesa
dañando aquel instante, umbral
del desamparo
viendo llover en el Sinú
el hombre se sostiene con lo nunca vivido
la trampa del destino se apiada de su suerte
un dicen que no eres empaña el firmamento
su piel no tiene heridas, viendo caer
imágenes se alegra sin remedio
se alegra, se enternece
y la tierra es lo de siempre, un utópico
abril corriendo como el río
lluvia del Sinú que riegas la tristeza
la indómita que canta, el solar de placeres
donde crecieron sombras
agua misteriosa que
se quedó sin cauce
SURCANDO AFECTOS
heridas mudas recuerdan lo invisible
fisuras ocasionando grandes
desangramientos, ilusión y martirio
besos borrachos en extremo dañosos
truncas
distantes
aturdidas caricias
conste que las malas canciones aletearon
temprano
colgándose del viento quisieron
ayudarse
afectos trasnochados impidieron
su vuelo
nadie sabía de sueños ni de negras esencias
sola quedó la vida
mutis hizo el silencio
parca siguió luciendo su múltiple fractura
víctima de un amor gigantesco
alérgico al abrazo
AVEMONTERÍA
Dios te salve Montería
Llena eres de savia
El silencio es contigo
En tus pechos se bebe
El mejor de los placeres
Y bendito es el llanto
De tu valle, Sinú
Cruenta Montería
Tierra de bien,
Brega por nosotros tus soñadores
Ahora y en memoria de los ausentes
Amén
FBA – DERECHOS RESERVADOS
UN DOLOR ETERNO
Hay ciertos dolores que deben escribirse
no para exorcizarlos
sino para que sigan doliendo poderosamente
bien guardados por dentro -donde sea que vivan-
única manera de evitar que hagan daño
más allá de límites precavidos;
al fin y al cabo,
¿qué sería de la vida sin ellos?
¿qué sería de la dicha sin sus juegos?
Hay por ejemplo ciertas distancias familiares
gestos maternos desagradables
que es preciso denunciar valientemente
ante el dios del destiempo y de la nada,
tantos errores y silencios
tantas bondades aparentes
muchos imperdonables sacrificios
Pero hay por supuesto mundos concretos
donde uno como hijo aprende a camuflar
su propia desgracia
y luego como padre entiende
la tremenda necesidad
de no repetir los desaciertos
Hay ciertas verdades complicadas
que hay que escribirlas por más que duelan
y mueran
casi de inmediato
las palabras
DE LA FATAL FELICIDAD
Tantas mujeres que hay en el mundo
Y tenías que resultarme monteriana
No entiendo por qué
Yo que cargo un amor
De lógicas y fuegos
De dudas y obsesiones
Vine a fijar mis ojos
En tu ombligo
De un continente distinto, no sé
Esperaba que fueras, por ejemplo, africana
O de un planeta de poderosos vientos
Como Neptuno
Pero monteriana… De la misma condición que mis recuerdos…
Bueno
Dicen por ahí que cada velero
Lleva su naufragio
Y a estas alturas de la vida
No sé si todavía quererte o despreciarte
Mas tú sabes cuánto me gusta
Esa manera tuya de quererme
Tan contundente
Tan extraña
Tan musical
Tan complicada a veces
Tantas mujeres que hay en el mundo
Y no me imagino ya mi vida
En un territorio de imprecisa belleza
Que no sea el de tu contradictoria y tibia
Insoportablemente cierta
Bondadosa desnudez
De monteriana
OTRA FLOR
Expuesta a las morales fastidiosas
Brinda su pictórica herida al visitante
Sabe de murmuraciones y conjuros
De lenguas largas con falaz escrúpulo
Escandalosa habitante de la sala
Arde y mira la órbita que pasa
Despierta sus pétalos hambrientos
Tras un poco de mugre mañanera
Pide amor a cambio de suplicio
Corola en pos parece contenerse
Recuerda a su pintor quien la bendijo
Bajo el cuidado de un hermano menor
Que la consiente
La otra flor
Enmarcada en rojas ataduras
Muestra su opaco sol al comerciante
Sangra sin darse cuenta de la sangre
Huele a fimo de ausencia su pistilo
Azul de Prusia al fin
Es nuestro infierno
Ay poderosa expresión que prefiguras
Tiembla a tu alrededor y tú tranquila
En un penúltimo panel te acomodas
Cual si fueras la virtud y no la muerte
Arriba de tu botón apetecido
La maleza protege tu esperanza:
La soledad pueril de quien no sueña
Esos sépalos mustios que te apagan
Ese cáliz de olvido que no implora
Ya llegará tu día compañera
El estambre febril que se arrodille
El polen animal
Ése atrevido
Yo lloraré ese día tu partida
Hacia aquel viejo mar
De las traiciones
Y él
Tu pintor convaleciente
Pájaro como es
Marchará libre
Pasará por entre gallos de pelea
Palomas sin mensajes descarados
Te llevará tan lejos de esta sala
De esta casa de pueblo que hoy te anida
Tú
Mi otra flor
La amada brecha
El lánguido trepidar
De mi destino
TERRUÑO AZUL
El amor que guardo por mi tierra
Es un amor de oscuras sensaciones
En veces desespera
En otras tranquiliza
Es un amor tan raro que vaga por las calles
De comerciales soles
Henchidos de verano
Y un invierno profuso
Que corre con mi sangre
Libera las dolencias
Del tiempo que perdí
Es un amor tan duro éste mi amor cobarde
Que cuando acude a muros
Pintando soledades
Encuentra un buen motivo
En barrios olvidados
Y un silencio de ruido
Me vuelve a estremecer
El amor
Es como una quimera boba
Capaz de enamorarme
Y mi ciudad lo sabe
Seguro que lo sabe
Si no, no me llevara al borde de su río
Con la misma rutina de la vida que llevo
Ni me amara en las noches
Cuando imploro sus besos
Y me muero cantando
Bajo un cielo infantil
VIENDO LLOVER EN EL SINÚ
el alma se remonta hasta la infancia frente al río
un niño de cuatro años descorre el velo
de la tarde, su ímpetu nocturno desborda
el fiel recuerdo y la foto se atraviesa
dañando aquel instante, umbral
del desamparo
viendo llover en el Sinú
el hombre se sostiene con lo nunca vivido
la trampa del destino se apiada de su suerte
un dicen que no eres empaña el firmamento
su piel no tiene heridas, viendo caer
imágenes se alegra sin remedio
se alegra, se enternece
y la tierra es lo de siempre, un utópico
abril corriendo como el río
lluvia del Sinú que riegas la tristeza
la indómita que canta, el solar de placeres
donde crecieron sombras
agua misteriosa que
se quedó sin cauce
SURCANDO AFECTOS
heridas mudas recuerdan lo invisible
fisuras ocasionando grandes
desangramientos, ilusión y martirio
besos borrachos en extremo dañosos
truncas
distantes
aturdidas caricias
conste que las malas canciones aletearon
temprano
colgándose del viento quisieron
ayudarse
afectos trasnochados impidieron
su vuelo
nadie sabía de sueños ni de negras esencias
sola quedó la vida
mutis hizo el silencio
parca siguió luciendo su múltiple fractura
víctima de un amor gigantesco
alérgico al abrazo
AVEMONTERÍA
Dios te salve Montería
Llena eres de savia
El silencio es contigo
En tus pechos se bebe
El mejor de los placeres
Y bendito es el llanto
De tu valle, Sinú
Cruenta Montería
Tierra de bien,
Brega por nosotros tus soñadores
Ahora y en memoria de los ausentes
Amén
FBA – DERECHOS RESERVADOS
lunes, 7 de marzo de 2011
PUBLICO, A PARTIR DE LA FECHA, ALGUNOS POEMAS DE “CANTANDO A DESTIEMPO” (poemario de mi autoría publicado en junio de 2010). De su Capítulo Uno, “De límites y contrastes”, dejo en esta primera entrega nueve (9) textos.
Entre tanto, continúo escribiendo, a paso de tortuga, los poemas del siguiente poemario, que se agruparán bajo el título (tentativo) de “Poemas para después del olvido”. Ante el fracaso económico que conlleva el publicar poesía sin apoyo de ningún tipo, y en un país como Colombia (¿sólo en Colombia?) donde la “plaga de poetas” es inversamente proporcional a la escasez de lectores de poesía y entre los lectores, de seres capaces de valorar como se debe este esfuerzo de la imaginación (entiéndase por eso el asunto sobre todo en términos de “mercado real”), ignoro si llegará a convertirse en libro físico. Bueno, el cuento es terminarlo. Ya se verá posteriormente qué camino o qué forma otorgarle. Al fin y al cabo no deja de ser cierto (y hasta consolador) lo que sostuvo William Ospina en “La palabra y el bronce”: “Los saberes que otorga el arte por fortuna pertenecen a la humanidad entera, y me siento tentado a decir que tal vez una de las razones por las cuales la poesía es tan mal negocio es porque la humanidad considera, con razón, que la poesía debería ser gratuita, como todavía lo son el aire y las estrellas”.
Así pues, si optar entre publicar o no es un dilema tremendo, optar por vender poesía de manera ambulante es una mayúscula estupidez, y conociendo cómo opera el negocio de la cultura en mi país lo mejor es irse acostumbrando a la idea de publicar (no hay duda de que pertenezco a la legión de los infectados por este leve prurito de la vanidad) con pérdida segura. A la postre, no creo que el destino de la literatura sea el de enriquecerse con ella. Planteárselo como tal es atentar contra su dimensión trágica, rebelde, conflictiva, turbulenta y (de algún modo) poderosamente, extrañamente transformadora. De ahí que no me resulte tan convincente aquello de “hago lo que me gusta y si me va bien económicamente haciéndolo mucho mejor”. Alcanzar en vida la gloria literaria (o artística) no es algo que se compagine fácilmente con la historia de la literatura (ni con la del arte) universal. Los tiempos cambian, es cierto, como lo es también que grandes escritores supérstites han logrado fama y éxito. ¿Pero cuando se escribe de verdad se escribe para eso? En absoluto. Básicamente –y es esto un lugar común–, se escribe por necesidad. Con algunas importantes excepciones pienso, además, que el escritor que triunfa de alguna manera se traiciona, escupe sobre el dolor que lo potencia y acaricia. El avance científico y tecnológico, sobre todo en materia de comunicaciones, contribuye al logro de tempranos u oportunos reconocimientos pero comporta asimismo el grave riesgo de poder cumplirle (bueno, eso creen) a infinidad de sujetos el sueño de ser artista. Y es entonces cuando la incredulidad virtual también se masifica, y lo que era una virtud del progreso opera como auténtico y doloroso descalabro.
“Plaga de poetas”, dije al principio. En efecto, malos o buenos (cada quien sacará sus conclusiones), pululan ahora en la Red con causa exornada en expansión y mostrándose con orgullosa pinta. Sólo que la poesía lo que tiene de tesoro lo tiene también de maldición. Bastante tiene un poeta con cargar la angustia de serlo como para tener que lucir como tal, ser aplaudido y festejado, matricularse en tertulias regionales y hasta posar con pomposos versos en reuniones sociales de alto nivel. Para no hablar de los festivales de poesía, tan trillados y bendecidos hoy día como los reinados de belleza. Ser poeta es algo que uno debiera esconder, de lo cual no hay por qué sentirse orgulloso. El mexicano Jaime Sabines sí que lo supo expresar con lenguaje sencillo y claridad meridiana, y sin temer relacionar la poesía con la prosa, en aquel inolvidable “Peatón” cuya evidencia lo tranquilizó un buen día. Por supuesto, ser poeta es contar también con la ventaja del peligro, con la luz prodigiosa de un aislamiento que produce vértigo y confort al mismo tiempo, razón de más para no exponer la poesía a cotidianos asaltos y para asumir el paso de la vida con el poeta bien guardado, en secreto y profundamente a salvo, aunque haciendo como nunca de las suyas.
Andrés Neuman, escritor y mozuelo argentino radicado en España que goza del privilegio de los premios y del aval de casas editoras de renombre, dice de sí mismo, en un saludo para www.descargacultura.unam, cosas como las siguientes: “… empecé a publicar joven y me preguntaban por qué. La verdad es que no sé. Pero una posible razón es que muy pronto descubrí el placer de escribir y sobre todo lo que se parece la literatura a un salvavidas… Toda la literatura es de autoayuda. En ese sentido la literatura de autoayuda es una redundancia, porque todos leemos y escribimos para ayudarnos pero hay libros que nos ayudan con más inteligencia que otros… uno poco a poco trata de ir encontrándose con esos libros que te ayudan de forma divertida y de forma sugerente… No tengan miedo de imitar. A veces te dicen, bueno, qué vas a decir, qué puede escribir uno estando Cervantes, o Kafka, o Bolaño o el que sea. Después de ellos qué queda por decir. Y bueno: una de dos. O guardamos todos silencio a la vez o aceptamos que uno a veces empieza aprendiendo de los maestros y de pronto uno empieza a encontrar o no una voz más personal, unas historias más originales. Pero eso sucede de forma natural, o sea que la mejor manera que uno encuentra de aprender a escribir es viendo cómo escriben los demás. Y esa labor de espionaje se hace leyendo”. Neuman –de quien acabo de leer su poemario “Mística abajo” encontrando en él cuidadosa factura y largo aliento– podría considerarse un caso interesante en medio del “boom” poético (y también narrativo) que la era de la sobreinformación nos trajo.
Desconozco qué tipo de lectores alimentan diariamente el contador y gastan su tiempo leyendo, sin hacer comentarios, las entradas de un blog abierto únicamente para conversar conmigo mismo con la mira quizá puesta (ingenuamente, pues la vida estilo Twitter, en tiempos de saturación informativa, es poco esperanzadora para una literatura golpeada ya por la cortedad y el facilismo) en los siglos venideros y donde temas aparentemente opuestos se disputan el predominio de lo divulgado sin solución de continuidad. En todo caso, es preferible este silencio a recibir elogios desmesurados o críticas malsanas. Tengo sí muy en claro que el escritor labra en soledad los duros avatares de su oficio, que puede o no gustar lo que escribe pero el “cumplimiento de su misión” no depende del beneplácito ni del desacuerdo de sus lectores. Por eso, quien llega a este sitio es bienvenido pero se puede evaporar tranquilo y sin discusiones. Le agradezco no obstante ese acompañamiento existencial sin el cual vivir sería tal vez más desapacible. Fama post mórtem no es tampoco el escenario futuro que me vislumbro: ¡no faltaba más!; a lo sumo el interés cabizbajo de algún lejanísimo pariente, la curiosidad de algún muchacho perdido, la complejidad de un destino y de un testimonio bañados por similares y caóticas experiencias.
Ahora sí, transcribo los poemas arriba mencionados:
DICE EL LIBRO:
cuando acabes de leerme
ciérrame con fuerza
verás caer mis letras
como frutas de un árbol
picadas por pájaros
terrestres
agáchate
recógelas: crea
tu propia destrucción
HAY TANTO POETA SUELTO EN TAN POCO MUNDO
Le he huido al término como quien se aleja de una peste
he sembrado mis flores incoloras
en la vernácula manera de soñar el mismo sueño
he sido, sin quererlo, un extraordinario hombre del montón
he vivido, sin saberlo, en un peñasco de sumo privilegio
¿Tanta aversión a qué se deberá?
Sólo el silencio lo sabe
el averno se encargará de descifrar mi Tiempo
Por Dios (qué digo…)
hay tanto poeta suelto en esta ciudad
que difícilmente sería eficaz la cuarentena
más bien habremos de salir
los abanderados del odio a la poesía
una minoría selecta
incapaz de morfina y de hipersensibilidad
Nadie podrá argumentar discriminación alguna
se marcharán los cobardes del mundo de la vida
y la simpleza o la indignidad no florecerán más
en el desierto
Nos iremos sangrantes de la muerte
a disfrutar de paraísos menos naturales
lo artificial
lo abstracto
carecerán igualmente de espacios consabidos
Hay tanto poeta suelto en esta ciudad
que es peligroso seguir habitando
transitando
concitando una vida normal
común y corriente
colmada de carencias
y maldades
Sin saber demasiado o ignorándolo poco
hay tanto poeta suelto en este pedazo de mundo
que es mejor partir como se pueda
antes de que otro Festival de Poesía
acabe de amansarnos
por completo
ENTRE DESGARRADURAS Y VACUIDADES
PERO,
¿por qué no escribir más poesía desgarrada?
¿Acaso los súbditos de la tristeza
afectos fácilmente a una mediocre felicidad
merecen semejante consideración?
¿Por qué no defecar más
a fuerza de palabras
en la mesa celestial de los humanos?
¿Soy yo acaso
el redentor de lo imposible?
Enemigo del logos neutral
suelto mis amarras con tal de encasillarme
este yo desnudo
feo y torpe
no merece compasión alguna
Pero…
¿por qué parar el tiempo
si el tiempo no es el dueño de la nada?,
¿acaso en contravía es viable
escapar de la hecatombe?
Preferible es entonces
destapar cañerías
burlas y sinsabores
del plácido encierro
Entre la vacuidad y el desgarro
liberar el desorden
de palabras agrestes henchir la poesía
de aparatosas palabras
con sopores corrientes
complicar la existencia
Entonces sí
luego de tanta ajena y propia fetidez
gracias a tanta vida cruel
colocarte poesía
al borde del paraíso demencial
A MÍ ME GUSTARÍA SABER…
qué hacer después que la palabra sola
sin el yo putrefacto o enfermizo
logre para el poema la estancia perfecta
donde el arte aflore por la propia dinámica del verso
qué hacer, por supuesto y sin supuestos
cuando el alma limpiamente descentrada
se arroje a la mar de otras pasiones
sin más universo que una musa inefable
incapaz de llorar siquiera su grave paradoja
qué hacer desde la ignorancia de estos versos
para no comprender jamás el brillo que se asoma
en cada lírica sombra ahíta de vocablos
repletas fríamente de sabias hemorragias
Dime, por favor
hermano mío
qué hacer para que el dolor que te profeso
deje a flote su amor y su tristeza
con verdades tan negras y mediocres
que hasta la tragedia más dulce
resulte preferible
pero sobre todo
a mí me gustaría saber
qué hacer cuando al final del día
suelte la noche sus traspiés de siempre
y la muerte soleada no perdone
y la vida poderosa la secunde
qué hacer cuando después de todo
la imagen acorrale a la palabra
el ritmo a la indecencia
la fuerza a la costumbre
y aún así
a salvo de eslabones (libre de peldaños)
vuelva la sordidez del hombre a revelarse
su infesta necesidad de desperdicio
la calma cotidiana que acribilla
el viento inevitable
del pasado
QUÉ ASOMBRO NI QUÉ DESGARRAMIENTO:
poesía es mi sangre
mi silenciosa espera sin llegada
mi nerviosa llegada sin espera
la soledad desilusionada
esta senda estrecha y
este dolor fortificante,
qué asombro
ni qué nada
qué nada ni qué
desgarramiento,
poesía es el ser anónimo
y su realidad desubicada
pretérito candil de un testimonio
una muerte lejana para una
vida próxima al destierro
poesía son muchos años de
tímida verdad hospitalaria
avanzando sin pálpitos ni metas
contrarios a toda empresa constructiva
negados para la magia y el dinero
fregados por una pésima amargura
qué asombro ni qué desgarramiento:
poesía es el pálido misterio,
el arma fiel de quien
pasa de largo
y nunca
mata
LO QUE ESCRIBO
escribo bombas sin tiempo
que parecen poemas
cuando tecleo noche sale de
inmediato el sol, y si la lluvia
es demasiado impetuosa no saco
mi paraguas
suprimo la tarde para no tener
problemas con la muerte, corto
y pego la vida en duro territorio
copio la soledad que me conviene
escribo poemas de sangre
que explotan en las manos
del temor
¡CÉSAR VALLEJO HA VUELTO!
No fue un jueves, sino un viernes
aunque sí ocurrió en París con aguacero,
partió sin más enfermedades que
las dolorosas miserias de su tiempo
no sé en fin si morirme es lo que anhelo
no postergarme más la cita consabida,
ya ni el sólito calor me satisface
sólo sé que el afán cobra su precio;
si pudiera la cabeza sacudirme
y que resbalen las ideas nauseabundas,
si supiera desprender mis eslabones
y arrojarme liberado a un gran vacío
pero no,
sigo encontrando triunfadores que saludan
restregándonos sus fáciles conquistas,
sigo alistando profundos malestares
por si acaso el silencio sobreviene,
sigo alegrándome a expensas de mí mismo
gracias a una deformación intermitente;
son testigos los días lunes, martes
miércoles, sábados, domingos y
algunos viernes opacos y lluviosos;
los jueves, en cambio, continúan
incólumes, flagrantes, impertérritos
celebrando, piedra sobre piedra,
la enorme soledad de
la poesía
PREOCUPACIÓN
Si aceptara salir de mi reducto
Mis poemas podrían resentirse,
No me imagino viviendo en otro suelo
Que no sea el de mis pasos
Solitarios.
El aislamiento es la fuente
De donde brotan tranquilos
Los versos que me colman.
Ni siquiera cuando por grandes causas
Denigré de la poesía ésta dejó de
Habitar en mis rincones,
Como cuando cambié lo
Poéticamente triste por lo
Políticamente alegre
Y terminé nerviosamente
Derrotado.
De no haber sido por la soledad
Y el afán pensativo que me rondan
Jamás la poesía hubiera advertido
Mi presencia.
Me preocupa entonces salir de mi
Agujero, abandonar la poca gracia
Que me queda.
¿Qué haría con el reconocimiento
Y el afecto a estas alturas de la
Ansiedad que bebo?
No se secará mi verbo mientras
La rutina me siga consumiendo,
Ni seré un profesional de la poesía
Alejado de la fiebre que me inspira.
Misántropo atravieso en libertad
El universo. Magnánimo eyaculo
La savia que me surca.
DESPUÉS DE UN FESTIVAL DE POESÍA
el poeta no sabe si seguir de largo
o volver raudamente a la vida normal
el poeta se pregunta una y mil veces
mientras viene de regreso
cómo hacer para guardar su poeta en el ropero
y ponerse de nuevo la miserable
pinta de oficina
El poeta se pregunta y se pregunta
a sabiendas de que su pregunta
carece de respuesta,
a no ser que la respuesta
sea la tierra que lo habita
la tarde soleada de viernes
donde suele alegrar
el pensamiento
Entre poetas es más fácil vivir
pero sin duda
mucho más complicado desprenderse
Después de leer sus poemas
en un festival de loas y de embrujos
el poeta retorna indefectiblemente
a su guarida, se acomoda la amada
soledad de siempre y vuelve
a respirar tranquilo los días
que no necesitan sufrimientos
las noches que no requieren desafueros
el río y el mar que jamás copularán
un verso
Sabe el poeta que una gracia finita
lo sacude, que la vida normal
alienta su poesía, y diciéndose
esta plácida mentira sale otra vez a la calle
vestido de amistad irreparable
a abrazarse profundamente
con la nada
FBA – DERECHOS RESERVADOS
Entre tanto, continúo escribiendo, a paso de tortuga, los poemas del siguiente poemario, que se agruparán bajo el título (tentativo) de “Poemas para después del olvido”. Ante el fracaso económico que conlleva el publicar poesía sin apoyo de ningún tipo, y en un país como Colombia (¿sólo en Colombia?) donde la “plaga de poetas” es inversamente proporcional a la escasez de lectores de poesía y entre los lectores, de seres capaces de valorar como se debe este esfuerzo de la imaginación (entiéndase por eso el asunto sobre todo en términos de “mercado real”), ignoro si llegará a convertirse en libro físico. Bueno, el cuento es terminarlo. Ya se verá posteriormente qué camino o qué forma otorgarle. Al fin y al cabo no deja de ser cierto (y hasta consolador) lo que sostuvo William Ospina en “La palabra y el bronce”: “Los saberes que otorga el arte por fortuna pertenecen a la humanidad entera, y me siento tentado a decir que tal vez una de las razones por las cuales la poesía es tan mal negocio es porque la humanidad considera, con razón, que la poesía debería ser gratuita, como todavía lo son el aire y las estrellas”.
Así pues, si optar entre publicar o no es un dilema tremendo, optar por vender poesía de manera ambulante es una mayúscula estupidez, y conociendo cómo opera el negocio de la cultura en mi país lo mejor es irse acostumbrando a la idea de publicar (no hay duda de que pertenezco a la legión de los infectados por este leve prurito de la vanidad) con pérdida segura. A la postre, no creo que el destino de la literatura sea el de enriquecerse con ella. Planteárselo como tal es atentar contra su dimensión trágica, rebelde, conflictiva, turbulenta y (de algún modo) poderosamente, extrañamente transformadora. De ahí que no me resulte tan convincente aquello de “hago lo que me gusta y si me va bien económicamente haciéndolo mucho mejor”. Alcanzar en vida la gloria literaria (o artística) no es algo que se compagine fácilmente con la historia de la literatura (ni con la del arte) universal. Los tiempos cambian, es cierto, como lo es también que grandes escritores supérstites han logrado fama y éxito. ¿Pero cuando se escribe de verdad se escribe para eso? En absoluto. Básicamente –y es esto un lugar común–, se escribe por necesidad. Con algunas importantes excepciones pienso, además, que el escritor que triunfa de alguna manera se traiciona, escupe sobre el dolor que lo potencia y acaricia. El avance científico y tecnológico, sobre todo en materia de comunicaciones, contribuye al logro de tempranos u oportunos reconocimientos pero comporta asimismo el grave riesgo de poder cumplirle (bueno, eso creen) a infinidad de sujetos el sueño de ser artista. Y es entonces cuando la incredulidad virtual también se masifica, y lo que era una virtud del progreso opera como auténtico y doloroso descalabro.
“Plaga de poetas”, dije al principio. En efecto, malos o buenos (cada quien sacará sus conclusiones), pululan ahora en la Red con causa exornada en expansión y mostrándose con orgullosa pinta. Sólo que la poesía lo que tiene de tesoro lo tiene también de maldición. Bastante tiene un poeta con cargar la angustia de serlo como para tener que lucir como tal, ser aplaudido y festejado, matricularse en tertulias regionales y hasta posar con pomposos versos en reuniones sociales de alto nivel. Para no hablar de los festivales de poesía, tan trillados y bendecidos hoy día como los reinados de belleza. Ser poeta es algo que uno debiera esconder, de lo cual no hay por qué sentirse orgulloso. El mexicano Jaime Sabines sí que lo supo expresar con lenguaje sencillo y claridad meridiana, y sin temer relacionar la poesía con la prosa, en aquel inolvidable “Peatón” cuya evidencia lo tranquilizó un buen día. Por supuesto, ser poeta es contar también con la ventaja del peligro, con la luz prodigiosa de un aislamiento que produce vértigo y confort al mismo tiempo, razón de más para no exponer la poesía a cotidianos asaltos y para asumir el paso de la vida con el poeta bien guardado, en secreto y profundamente a salvo, aunque haciendo como nunca de las suyas.
Andrés Neuman, escritor y mozuelo argentino radicado en España que goza del privilegio de los premios y del aval de casas editoras de renombre, dice de sí mismo, en un saludo para www.descargacultura.unam, cosas como las siguientes: “… empecé a publicar joven y me preguntaban por qué. La verdad es que no sé. Pero una posible razón es que muy pronto descubrí el placer de escribir y sobre todo lo que se parece la literatura a un salvavidas… Toda la literatura es de autoayuda. En ese sentido la literatura de autoayuda es una redundancia, porque todos leemos y escribimos para ayudarnos pero hay libros que nos ayudan con más inteligencia que otros… uno poco a poco trata de ir encontrándose con esos libros que te ayudan de forma divertida y de forma sugerente… No tengan miedo de imitar. A veces te dicen, bueno, qué vas a decir, qué puede escribir uno estando Cervantes, o Kafka, o Bolaño o el que sea. Después de ellos qué queda por decir. Y bueno: una de dos. O guardamos todos silencio a la vez o aceptamos que uno a veces empieza aprendiendo de los maestros y de pronto uno empieza a encontrar o no una voz más personal, unas historias más originales. Pero eso sucede de forma natural, o sea que la mejor manera que uno encuentra de aprender a escribir es viendo cómo escriben los demás. Y esa labor de espionaje se hace leyendo”. Neuman –de quien acabo de leer su poemario “Mística abajo” encontrando en él cuidadosa factura y largo aliento– podría considerarse un caso interesante en medio del “boom” poético (y también narrativo) que la era de la sobreinformación nos trajo.
Desconozco qué tipo de lectores alimentan diariamente el contador y gastan su tiempo leyendo, sin hacer comentarios, las entradas de un blog abierto únicamente para conversar conmigo mismo con la mira quizá puesta (ingenuamente, pues la vida estilo Twitter, en tiempos de saturación informativa, es poco esperanzadora para una literatura golpeada ya por la cortedad y el facilismo) en los siglos venideros y donde temas aparentemente opuestos se disputan el predominio de lo divulgado sin solución de continuidad. En todo caso, es preferible este silencio a recibir elogios desmesurados o críticas malsanas. Tengo sí muy en claro que el escritor labra en soledad los duros avatares de su oficio, que puede o no gustar lo que escribe pero el “cumplimiento de su misión” no depende del beneplácito ni del desacuerdo de sus lectores. Por eso, quien llega a este sitio es bienvenido pero se puede evaporar tranquilo y sin discusiones. Le agradezco no obstante ese acompañamiento existencial sin el cual vivir sería tal vez más desapacible. Fama post mórtem no es tampoco el escenario futuro que me vislumbro: ¡no faltaba más!; a lo sumo el interés cabizbajo de algún lejanísimo pariente, la curiosidad de algún muchacho perdido, la complejidad de un destino y de un testimonio bañados por similares y caóticas experiencias.
Ahora sí, transcribo los poemas arriba mencionados:
DICE EL LIBRO:
cuando acabes de leerme
ciérrame con fuerza
verás caer mis letras
como frutas de un árbol
picadas por pájaros
terrestres
agáchate
recógelas: crea
tu propia destrucción
HAY TANTO POETA SUELTO EN TAN POCO MUNDO
Le he huido al término como quien se aleja de una peste
he sembrado mis flores incoloras
en la vernácula manera de soñar el mismo sueño
he sido, sin quererlo, un extraordinario hombre del montón
he vivido, sin saberlo, en un peñasco de sumo privilegio
¿Tanta aversión a qué se deberá?
Sólo el silencio lo sabe
el averno se encargará de descifrar mi Tiempo
Por Dios (qué digo…)
hay tanto poeta suelto en esta ciudad
que difícilmente sería eficaz la cuarentena
más bien habremos de salir
los abanderados del odio a la poesía
una minoría selecta
incapaz de morfina y de hipersensibilidad
Nadie podrá argumentar discriminación alguna
se marcharán los cobardes del mundo de la vida
y la simpleza o la indignidad no florecerán más
en el desierto
Nos iremos sangrantes de la muerte
a disfrutar de paraísos menos naturales
lo artificial
lo abstracto
carecerán igualmente de espacios consabidos
Hay tanto poeta suelto en esta ciudad
que es peligroso seguir habitando
transitando
concitando una vida normal
común y corriente
colmada de carencias
y maldades
Sin saber demasiado o ignorándolo poco
hay tanto poeta suelto en este pedazo de mundo
que es mejor partir como se pueda
antes de que otro Festival de Poesía
acabe de amansarnos
por completo
ENTRE DESGARRADURAS Y VACUIDADES
PERO,
¿por qué no escribir más poesía desgarrada?
¿Acaso los súbditos de la tristeza
afectos fácilmente a una mediocre felicidad
merecen semejante consideración?
¿Por qué no defecar más
a fuerza de palabras
en la mesa celestial de los humanos?
¿Soy yo acaso
el redentor de lo imposible?
Enemigo del logos neutral
suelto mis amarras con tal de encasillarme
este yo desnudo
feo y torpe
no merece compasión alguna
Pero…
¿por qué parar el tiempo
si el tiempo no es el dueño de la nada?,
¿acaso en contravía es viable
escapar de la hecatombe?
Preferible es entonces
destapar cañerías
burlas y sinsabores
del plácido encierro
Entre la vacuidad y el desgarro
liberar el desorden
de palabras agrestes henchir la poesía
de aparatosas palabras
con sopores corrientes
complicar la existencia
Entonces sí
luego de tanta ajena y propia fetidez
gracias a tanta vida cruel
colocarte poesía
al borde del paraíso demencial
A MÍ ME GUSTARÍA SABER…
qué hacer después que la palabra sola
sin el yo putrefacto o enfermizo
logre para el poema la estancia perfecta
donde el arte aflore por la propia dinámica del verso
qué hacer, por supuesto y sin supuestos
cuando el alma limpiamente descentrada
se arroje a la mar de otras pasiones
sin más universo que una musa inefable
incapaz de llorar siquiera su grave paradoja
qué hacer desde la ignorancia de estos versos
para no comprender jamás el brillo que se asoma
en cada lírica sombra ahíta de vocablos
repletas fríamente de sabias hemorragias
Dime, por favor
hermano mío
qué hacer para que el dolor que te profeso
deje a flote su amor y su tristeza
con verdades tan negras y mediocres
que hasta la tragedia más dulce
resulte preferible
pero sobre todo
a mí me gustaría saber
qué hacer cuando al final del día
suelte la noche sus traspiés de siempre
y la muerte soleada no perdone
y la vida poderosa la secunde
qué hacer cuando después de todo
la imagen acorrale a la palabra
el ritmo a la indecencia
la fuerza a la costumbre
y aún así
a salvo de eslabones (libre de peldaños)
vuelva la sordidez del hombre a revelarse
su infesta necesidad de desperdicio
la calma cotidiana que acribilla
el viento inevitable
del pasado
QUÉ ASOMBRO NI QUÉ DESGARRAMIENTO:
poesía es mi sangre
mi silenciosa espera sin llegada
mi nerviosa llegada sin espera
la soledad desilusionada
esta senda estrecha y
este dolor fortificante,
qué asombro
ni qué nada
qué nada ni qué
desgarramiento,
poesía es el ser anónimo
y su realidad desubicada
pretérito candil de un testimonio
una muerte lejana para una
vida próxima al destierro
poesía son muchos años de
tímida verdad hospitalaria
avanzando sin pálpitos ni metas
contrarios a toda empresa constructiva
negados para la magia y el dinero
fregados por una pésima amargura
qué asombro ni qué desgarramiento:
poesía es el pálido misterio,
el arma fiel de quien
pasa de largo
y nunca
mata
LO QUE ESCRIBO
escribo bombas sin tiempo
que parecen poemas
cuando tecleo noche sale de
inmediato el sol, y si la lluvia
es demasiado impetuosa no saco
mi paraguas
suprimo la tarde para no tener
problemas con la muerte, corto
y pego la vida en duro territorio
copio la soledad que me conviene
escribo poemas de sangre
que explotan en las manos
del temor
¡CÉSAR VALLEJO HA VUELTO!
No fue un jueves, sino un viernes
aunque sí ocurrió en París con aguacero,
partió sin más enfermedades que
las dolorosas miserias de su tiempo
no sé en fin si morirme es lo que anhelo
no postergarme más la cita consabida,
ya ni el sólito calor me satisface
sólo sé que el afán cobra su precio;
si pudiera la cabeza sacudirme
y que resbalen las ideas nauseabundas,
si supiera desprender mis eslabones
y arrojarme liberado a un gran vacío
pero no,
sigo encontrando triunfadores que saludan
restregándonos sus fáciles conquistas,
sigo alistando profundos malestares
por si acaso el silencio sobreviene,
sigo alegrándome a expensas de mí mismo
gracias a una deformación intermitente;
son testigos los días lunes, martes
miércoles, sábados, domingos y
algunos viernes opacos y lluviosos;
los jueves, en cambio, continúan
incólumes, flagrantes, impertérritos
celebrando, piedra sobre piedra,
la enorme soledad de
la poesía
PREOCUPACIÓN
Si aceptara salir de mi reducto
Mis poemas podrían resentirse,
No me imagino viviendo en otro suelo
Que no sea el de mis pasos
Solitarios.
El aislamiento es la fuente
De donde brotan tranquilos
Los versos que me colman.
Ni siquiera cuando por grandes causas
Denigré de la poesía ésta dejó de
Habitar en mis rincones,
Como cuando cambié lo
Poéticamente triste por lo
Políticamente alegre
Y terminé nerviosamente
Derrotado.
De no haber sido por la soledad
Y el afán pensativo que me rondan
Jamás la poesía hubiera advertido
Mi presencia.
Me preocupa entonces salir de mi
Agujero, abandonar la poca gracia
Que me queda.
¿Qué haría con el reconocimiento
Y el afecto a estas alturas de la
Ansiedad que bebo?
No se secará mi verbo mientras
La rutina me siga consumiendo,
Ni seré un profesional de la poesía
Alejado de la fiebre que me inspira.
Misántropo atravieso en libertad
El universo. Magnánimo eyaculo
La savia que me surca.
DESPUÉS DE UN FESTIVAL DE POESÍA
el poeta no sabe si seguir de largo
o volver raudamente a la vida normal
el poeta se pregunta una y mil veces
mientras viene de regreso
cómo hacer para guardar su poeta en el ropero
y ponerse de nuevo la miserable
pinta de oficina
El poeta se pregunta y se pregunta
a sabiendas de que su pregunta
carece de respuesta,
a no ser que la respuesta
sea la tierra que lo habita
la tarde soleada de viernes
donde suele alegrar
el pensamiento
Entre poetas es más fácil vivir
pero sin duda
mucho más complicado desprenderse
Después de leer sus poemas
en un festival de loas y de embrujos
el poeta retorna indefectiblemente
a su guarida, se acomoda la amada
soledad de siempre y vuelve
a respirar tranquilo los días
que no necesitan sufrimientos
las noches que no requieren desafueros
el río y el mar que jamás copularán
un verso
Sabe el poeta que una gracia finita
lo sacude, que la vida normal
alienta su poesía, y diciéndose
esta plácida mentira sale otra vez a la calle
vestido de amistad irreparable
a abrazarse profundamente
con la nada
FBA – DERECHOS RESERVADOS
sábado, 26 de febrero de 2011
BRISAS DEL MÁS ALLÁ
(cuento de FBA)
(cuento de FBA)
“Morir lejos. No aquí.
Morir donde nadie nos espere,
donde haya lugar para morir”.
ROBERTO JUARROZ
Primero se murió mi papá. Yo sí sabía que la muerte, en traje corriente y sin guadaña, me enfrentaría muy pronto a esa realidad terrible que desde temprana edad me convirtió en su amante. Lo que nunca supe fue que yo, siendo su fiel compañero de juegos, no estaría en la primera banca de la fiesta. En efecto, desde que empecé a vivir bajo su extraordinario influjo me imaginé mil veces llevado de la mano por tan calurosa amiga (de tarde en tarde, de crepúsculo en crepúsculo, de árbol en árbol, comiendo guayabas, mangos, peras y mamones del gran patio de la infancia) cuando llegara el momento de llorar nuestra primera pérdida familiar. Una vez vi a mi papá levantarse con enorme dificultad luego de buscar infructuosamente una antología de Juan Ramón Jiménez que, según sus cálculos, reposaba en el primer estante de la biblioteca, cerca del piso. Lo percibí viejo, cansado y compungido, pensé que el fin se aproximaba y sentí que una angustiosa culpa me comía por dentro. Desde ese rítmico y hermético los años no vienen solos que le escuché en silencio, pasaron doce años para que el desenlace fatal nos visitara.
Y ahora…, ahora que tengo la misma edad que él tenía cuando el autor de Animal de fondo y Ríos que se van se le perdió con destino conocido (sí, debe estar aún entre el rimero de libros de mi cuarto), recuerdo unos versos del único libro que mi papa publicó en vida: Los hijos crecen con gran rapidez, / se pasan a un torrente de inquietud, / y nos llevan, con prisa, a la vejez. Así decía (dice todavía, y cada vez con más rotunda crueldad) ese terceto que no ha dejado nunca de perseguirme, ni siquiera porque me llegó el turno de ser la víctima directa de su cuchillo atormentado. En cuanto a lo de mi torrentosa inquietud, por supuesto, no sólo dejé de ser feliz antes de tiempo, sino que, además, acabé con la posibilidad de que mi papá lo fuera cuando él aún estaba a tiempo de vivir. Mi papá… Un par de hijos adolescentes me indica a las claras que mi propio final está por comenzar.
Sin embargo, con la misma absurda seguridad de creerme cerca de la tragedia paterna pero lejos de la mía, creo también hoy –treinta y cinco años después de haber visto a mi papá padecer al pie de su biblioteca– que mi partir sigue lejano. Y si no, pregúntenle a mi muerte, a esa muerte llena de amor y de poesía en cuya victoria aprendí desde muy joven el fatuo, anodino, placentero y desesperante oficio de vivir. Entonces, no faltará quien me critique: claro, pobre papá, lo envejecí creciendo, sufrí por ello, abracé la desazón, omití su vitalidad, estuve en su entierro, sobreviví a su falta… Sí, pobre papá, pero también pobre muchacho que cargó desde siempre un miedo vivificante a la vejez, y que con Andrés Caicedo punzando en su cerebro no dejó de pensar jamás en la vida indigna que viviría luego de alcanzar dos decenios y medio de recorrido. Pobre muchacho que pasó sin éxito esta literaria barrera, que nunca quiso envejecer a nadie, que ni siquiera supo alguna vez ser joven.
Tenía veinticinco años cuando mi papá murió. Me encontraba, pues, en el difícil y zozobrante límite, pero fue su vida la que, seis meses antes, nos advirtió el macabro temporal que se acercaba. Ocultó su cáncer todo lo que pudo, muchos años resistiéndolo callado, convencido de que someterlo a tratamiento sería peor. Así fue, su muerte se alegró cuando desatendimos el clamor de su enemiga. Se lo llevaron tras una esperanza inútil, lo vi por última vez al menos simulando vigor y cuando volví a verlo días antes de su deceso, al regresar yo de mis estudios y él de su viaje deshonroso, ya era un cadáver sin víspera, un esqueleto artificialmente dotado de respiración. Entonces llegó el día mil veces imaginado y una extensa familia se agolpó en derredor de su féretro. Ayudé a cargarlo sólo una cuadra camino de la iglesia, me ubiqué a un costado, algo distante, del ceremonial y recibí cada discurso de reconocimiento y despedida como una puñalada en el alma. Puñaladas traperas que agonizaron rápidamente en mi rabia seca y pensativa. Se fue mi papá antes del tiempo por él naturalmente previsto y yo, su máximo sufridor, me tragué mis palabras, recordé cada rincón de mi dolor adolescente, la precocidad de una niñez sin rumbo, salvo por esta extraña vocación de absoluto que me ha acompañado desde siempre.
Después, veintitrés años después, murió mi mamá. Y esta vez las cosas fueron diferentes. No capté que la muerte me permitiría, ¡por fin!, graduarme con honores en el otro gran evento de nuestro derrumbe consanguíneo. Esta vez ni siquiera me lo había propuesto, aquella larga irreverencia que mi corazón rebelde escribió para ser pronunciada durante el sepelio de mi abuela paterna y que se quedó en el anonimato por una timidez incurable, aquellos versos profanos que tiré al olvido el día del entierro de mi padre sintiéndome perverso y relegado, todo aquello yacía muy lejos de mi actual horizonte. Había aprendido, cercano ya a mi cincuentenario, que sólo pasando inadvertido encontraba inspiración y tranquilidad.
Pero la muerte ha sido una cómplice poderosa y yo su incondicional aliado. Estaba, pues, en mora de concederme un impensable privilegio. Una matrona que no era de mi agrado (ni yo del de ella) candidateó mi nombre para homenajear en la iglesia a mi mamá. La muerte se vale de seres repugnantes para organizar el esplendor de su espectáculo. Conozco bien su oficio como ella conoce mi desgracia. Mi experiencia política, y no mi universo poético, inclinó la balanza a mi favor. Me preocupé. Las lágrimas, pocas pero cortantes, complemento de otras que por más que quise e intenté no pude derramar cuando murió mi papá, se calmaron en función de una abrumadora sospecha. Algo se traía entre manos esta odiosa mujer. No aseguré nada y salí de la funeraria bajo el residuo de una lluvia pertinaz que poco antes del amanecer nos había anunciado el fallecimiento solitario de mi mamá… la lluvia y también su reloj de pared, el cual se detuvo en ese mismo instante dejando sin más segundos y minutos el rodar de su próximo recuerdo. Llegué a casa y con el canto apagado de un turpial herido bosquejé mi proclama.
Cuando llegó mi turno, el hijo que soy había desaparecido. Un artista descomunal se pensó solo y montó su parafernalia, un actor prepotente coadyuvó en la trama, un poeta sin escrúpulos aprovechó para lucirse. Ego fétido, morbo satisfecho, un canto a la vida y a la alegría dejó a la muerte estupefacta; así ofendida, me castigaría prontamente con toda la fiereza de su bondad. Ya se sabe: somos amantes, y amantes extraordinarios no pueden darse el lujo de la más insignificante traición. Aplausos y felicitaciones por doquier, abrazos de sombras conmovidas, digno hijo de su padre alcancé a escuchar, y de mi madre replicó de inmediato el podrido corazón de un hijo que empezaba, poco a poco, a volver a la absurda realidad. La cotidiana flor de una terraza inamovible me recibió cuando volví del cementerio aún con el eco de Te amo, danza de Jorge Añez que acunó durante sus últimos días a mi mamá y con la cual un hermano cantor la homenajeó al pie de su última morada de manera más limpia y sentida que mi despreciable (deplorable) obra de teatro. Ni tan insignificante, me imagino que se diría la muerte en el instante de comprenderse vilipendiada por mi triunfo, quizá olvidando que siempre que verseo lo hago pensando en el revés. Pero ese instante de rabieta ella me lo cobraría sin contemplación alguna. La hamaca que armoniza mi tránsito a la vejez no tardaría en recibir el zarpazo de mi inseparable amiga, chorros de un dolor confuso empezaron a salirme por los ojos. Desde entonces lluevo a cántaros, tanto que hasta la misma muerte se ha visto inundada por mi copiosa lástima, y a aquella sociedad que fundamos con el fin de otorgarnos fortaleza hoy, aunque sin solución de continuidad, la advertimos profundamente desvencijada. He visto a mi muerte llorar en secreto, arrepentida por haber herido con delicada vida a uno de sus más sensibles partidarios. Pero como dije, no puedo ignorar que gracias a ella, solo gracias a ella, mi partir continúa siendo una (algo) lejana solución.
Madre mía. Madre nuestra…; cómo pagarte los días y las noches, las eternas noches…; cómo aproximarme a tu infinita bondad... No hay tampoco palabras que puedan reemplazar la caricia de mis lágrimas. ¡Todos nos vamos algún día pero nadie como tú para honrar la vida! (esto la debió indignar)… como te prometo también que voy a convertir mi dolor en alegría… Bueno, esto último, de no haber sido por su aturdimiento pasajero, la hubiera por el contrario alegrado, al saberme poseedor y excelso practicante de una de sus más portentosas enseñanzas. ¿Y si todo no fue más que una trampa urdida y tendida por aquella perversa mujer? ¿Habrá la muerte notado o previsto que el personaje por ella escogido para señalarme tuviera la capacidad de enemistarnos? Aproveché entonces esta escampada mental para, tres días después del entierro de mi mamá, ir al centro de la ciudad en procura de que sus calles ruidosas y soleadas me ayudaran a contrarrestar la venganza de la muerte resentida. En ésas estaba cuando una mano tocó en mi espalda para ofrecerme, con voz de entresueño, un impresionante sortilegio: ahí estaban, en un billete de lotería, los cuatro dígitos de la placa del último automóvil de mi papá, coincidentes las tres últimas cifras con el mes y el día en que cumplía años mi mamá.
Pagué a la oferente –una anciana que se desapareció tan repentinamente como vino– el valor de una fracción, dejándome en el acto la sensación de que alguien del más allá la había enviado a socorrerme. Un mensaje de ultratumba que no sólo me tranquilizó por varias horas sino que me permitió experimentar también que, por obra y magia de no sé quién, había entrado por un instante en otro ámbito, quedando todo a mi alrededor en silencio y desolado. Al salir supe enseguida que el mundo de los hombres volvía a funcionar como de costumbre. ¿Había encontrado acaso la clave de la existencia?, un botón que operaba a la manera de pausa sobrenatural para ir y volver cada que mi corazón, ansioso y perturbado, lo necesitara… Jugué durante muchos días el número familiar sin obtener el premio pero manteniendo una inquietante cercanía, hasta que un viernes, estando de paso en el suelo natal de mi mamá, lejos de mi secuenciada vida, vi de nuevo los cuatro dígitos, en el mismo orden, ahincados en otro billete de lotería expuesto en una hilera de mesas que atravesaba un pasaje comercial. Increíble que se me ocurriera precisamente ojear números cuando pasé por el frente de la mesa donde se encontraba el llamativo pariente. Esa noche me costó bastante superar el impacto que me sobrevino al percatarme de que, sin ganar, las tres últimas cifras del premio gordo coincidían con el cumpleaños de mi madre. Supe así que la intención de quien me enviaba semejantes destellos de felicidad no era ayudarme a superar la esclavitud laboral de una vida económicamente estricta, sino la de propiciarme un puente entre el más acá y el más allá de la muerte alumbrado con sorprendentes revelaciones. Pero, ¿esperaba la muerte que yo fuese el afortunado receptor de este regalo transmundano? ¿No sería ella misma la donante compasiva de este merecidísimo beneficio? En todo caso, ese interruptor, esos apagones posibles y deseables dejaban muchas interrogaciones por resolver, entre ellas, la más relevante tenía que ver con la capacidad o no de detener el tiempo y el enigma consiguiente de pretender o no la inmortalidad. O la más simple de todas: ¿podría finalmente la miserable condición humana extirpar el carcinoma de su peculiar insatisfacción?
Meses después, con más precisa orfandad, escribí un poema de cierre lleno de lodo y grama, un huraco invencible a la espera del siguiente eslabón del exterminio: flores extrañas de destino ambiguo / entre mausoleos hierbas del más allá confirman el futuro / pronto serán morada de nuevas pestilencias / flores que se abrazan con restos de sonrisas / sepulcro donde duermen padres / llora la vida su apuntalar temible / hueco vecino, verde resistencia, cuánto duelen las horas que faltan para amarnos… Ahí estaba, sin duda, el quid de la cuestión… Ahí permanecía la idea de la muerte rondándome ya con menos distancia, todo se revolvía otra vez hacia el examen de los afectos familiares, esa fractura inexplicable que se produce en algún momento de la vida, la ruptura al interior de un mundo consanguíneo sin inocentes ni culpables donde los abrazos desaparecen o, en el mejor de los casos, se convierten en aberración. Y cuando me disponía esta mañana a retomar, por primera vez en mucho tiempo, el curso de lo que estaba a punto de considerar normal y perecedero, sentí de nuevo, esta vez sin botón redentor, las brisas conmovedoras de la infancia, aquéllas que se extraviaron cuando, terminando adolescencia y bachillerato, me vi abruptamente arrancado para ir a estudiar una carrera de mierda en un mundo extraño e igualmente compulsivo, las mismas brisas que desde que regresé siendo un profesional inocuo no habían vuelto a entristecerme. Eran brisas del más allá pero al mismo tiempo brisas enfermas, inficionadas, ateridas, como si un rumor de padres amorosos y preocupados regresara removiéndome, con afecto y suavidad, el sentido trágico que tuve siempre, con la inequívoca determinación de ayudarme a morir.
Entonces moriré yo y no habrá pasado nada importante ni tendrá mi muerte ninguna utilidad para el futuro. Nada se detendrá ni dejará de ser cuando me vaya. O mejor. Cuando me muera. Irme me suena a viaje esperanzador… Tal vez venga algún loquito sin oficio ni beneficio a llenar de datos la que fuera una historia rica en tormentos y desparpajos, a lo mejor se aparezca una antigua amante a cumplirme un ebrio deseo y haga sonar una endecha durante las oquedades de mi entierro. Pero nada de lo aquí escrito servirá para explicarme ni para sobrevivirme y puede, en cambio, ser usado justicieramente en mi contra, pues, a la postre, fui yo el real y único responsable de esta debacle a la que lenta pero seguramente se fue acomodando mi pundonorosa vida. Y que conste: nada más alejado de la literatura que estas líneas moribundas sin goce personal alguno y, por lo tanto, incapaces de valerse de la ficción para poder ejercer la crueldad. A lo sumo, amor dolido, renglones vanos, verdades espantosas, brisas de infancia, ayudas proverbiales, las mismas que un novelista y pintor de noventa y nueve años continúa esperando en una localidad de la aglomerada Provincia de Buenos Aires.
Primero se murió mi papá. Yo sí sabía que la muerte, en traje corriente y sin guadaña, me enfrentaría muy pronto a esa realidad terrible que desde temprana edad me convirtió en su amante. Pero lo que no sabía era que yo tuviera un lugar para morir y que éste se pareciera tanto al de mi caudalosa inexistencia, como tampoco que una brisa juguetona que creía perdida vendría a ponerme punto final sin discusiones, escribiendo también por mí estas ultimidades que la vida calla.
Montería-Córdoba (Colombia), agosto de 2010
FBA – DERECHOS RESERVADOS
Y ahora…, ahora que tengo la misma edad que él tenía cuando el autor de Animal de fondo y Ríos que se van se le perdió con destino conocido (sí, debe estar aún entre el rimero de libros de mi cuarto), recuerdo unos versos del único libro que mi papa publicó en vida: Los hijos crecen con gran rapidez, / se pasan a un torrente de inquietud, / y nos llevan, con prisa, a la vejez. Así decía (dice todavía, y cada vez con más rotunda crueldad) ese terceto que no ha dejado nunca de perseguirme, ni siquiera porque me llegó el turno de ser la víctima directa de su cuchillo atormentado. En cuanto a lo de mi torrentosa inquietud, por supuesto, no sólo dejé de ser feliz antes de tiempo, sino que, además, acabé con la posibilidad de que mi papá lo fuera cuando él aún estaba a tiempo de vivir. Mi papá… Un par de hijos adolescentes me indica a las claras que mi propio final está por comenzar.
Sin embargo, con la misma absurda seguridad de creerme cerca de la tragedia paterna pero lejos de la mía, creo también hoy –treinta y cinco años después de haber visto a mi papá padecer al pie de su biblioteca– que mi partir sigue lejano. Y si no, pregúntenle a mi muerte, a esa muerte llena de amor y de poesía en cuya victoria aprendí desde muy joven el fatuo, anodino, placentero y desesperante oficio de vivir. Entonces, no faltará quien me critique: claro, pobre papá, lo envejecí creciendo, sufrí por ello, abracé la desazón, omití su vitalidad, estuve en su entierro, sobreviví a su falta… Sí, pobre papá, pero también pobre muchacho que cargó desde siempre un miedo vivificante a la vejez, y que con Andrés Caicedo punzando en su cerebro no dejó de pensar jamás en la vida indigna que viviría luego de alcanzar dos decenios y medio de recorrido. Pobre muchacho que pasó sin éxito esta literaria barrera, que nunca quiso envejecer a nadie, que ni siquiera supo alguna vez ser joven.
Tenía veinticinco años cuando mi papá murió. Me encontraba, pues, en el difícil y zozobrante límite, pero fue su vida la que, seis meses antes, nos advirtió el macabro temporal que se acercaba. Ocultó su cáncer todo lo que pudo, muchos años resistiéndolo callado, convencido de que someterlo a tratamiento sería peor. Así fue, su muerte se alegró cuando desatendimos el clamor de su enemiga. Se lo llevaron tras una esperanza inútil, lo vi por última vez al menos simulando vigor y cuando volví a verlo días antes de su deceso, al regresar yo de mis estudios y él de su viaje deshonroso, ya era un cadáver sin víspera, un esqueleto artificialmente dotado de respiración. Entonces llegó el día mil veces imaginado y una extensa familia se agolpó en derredor de su féretro. Ayudé a cargarlo sólo una cuadra camino de la iglesia, me ubiqué a un costado, algo distante, del ceremonial y recibí cada discurso de reconocimiento y despedida como una puñalada en el alma. Puñaladas traperas que agonizaron rápidamente en mi rabia seca y pensativa. Se fue mi papá antes del tiempo por él naturalmente previsto y yo, su máximo sufridor, me tragué mis palabras, recordé cada rincón de mi dolor adolescente, la precocidad de una niñez sin rumbo, salvo por esta extraña vocación de absoluto que me ha acompañado desde siempre.
Después, veintitrés años después, murió mi mamá. Y esta vez las cosas fueron diferentes. No capté que la muerte me permitiría, ¡por fin!, graduarme con honores en el otro gran evento de nuestro derrumbe consanguíneo. Esta vez ni siquiera me lo había propuesto, aquella larga irreverencia que mi corazón rebelde escribió para ser pronunciada durante el sepelio de mi abuela paterna y que se quedó en el anonimato por una timidez incurable, aquellos versos profanos que tiré al olvido el día del entierro de mi padre sintiéndome perverso y relegado, todo aquello yacía muy lejos de mi actual horizonte. Había aprendido, cercano ya a mi cincuentenario, que sólo pasando inadvertido encontraba inspiración y tranquilidad.
Pero la muerte ha sido una cómplice poderosa y yo su incondicional aliado. Estaba, pues, en mora de concederme un impensable privilegio. Una matrona que no era de mi agrado (ni yo del de ella) candidateó mi nombre para homenajear en la iglesia a mi mamá. La muerte se vale de seres repugnantes para organizar el esplendor de su espectáculo. Conozco bien su oficio como ella conoce mi desgracia. Mi experiencia política, y no mi universo poético, inclinó la balanza a mi favor. Me preocupé. Las lágrimas, pocas pero cortantes, complemento de otras que por más que quise e intenté no pude derramar cuando murió mi papá, se calmaron en función de una abrumadora sospecha. Algo se traía entre manos esta odiosa mujer. No aseguré nada y salí de la funeraria bajo el residuo de una lluvia pertinaz que poco antes del amanecer nos había anunciado el fallecimiento solitario de mi mamá… la lluvia y también su reloj de pared, el cual se detuvo en ese mismo instante dejando sin más segundos y minutos el rodar de su próximo recuerdo. Llegué a casa y con el canto apagado de un turpial herido bosquejé mi proclama.
Cuando llegó mi turno, el hijo que soy había desaparecido. Un artista descomunal se pensó solo y montó su parafernalia, un actor prepotente coadyuvó en la trama, un poeta sin escrúpulos aprovechó para lucirse. Ego fétido, morbo satisfecho, un canto a la vida y a la alegría dejó a la muerte estupefacta; así ofendida, me castigaría prontamente con toda la fiereza de su bondad. Ya se sabe: somos amantes, y amantes extraordinarios no pueden darse el lujo de la más insignificante traición. Aplausos y felicitaciones por doquier, abrazos de sombras conmovidas, digno hijo de su padre alcancé a escuchar, y de mi madre replicó de inmediato el podrido corazón de un hijo que empezaba, poco a poco, a volver a la absurda realidad. La cotidiana flor de una terraza inamovible me recibió cuando volví del cementerio aún con el eco de Te amo, danza de Jorge Añez que acunó durante sus últimos días a mi mamá y con la cual un hermano cantor la homenajeó al pie de su última morada de manera más limpia y sentida que mi despreciable (deplorable) obra de teatro. Ni tan insignificante, me imagino que se diría la muerte en el instante de comprenderse vilipendiada por mi triunfo, quizá olvidando que siempre que verseo lo hago pensando en el revés. Pero ese instante de rabieta ella me lo cobraría sin contemplación alguna. La hamaca que armoniza mi tránsito a la vejez no tardaría en recibir el zarpazo de mi inseparable amiga, chorros de un dolor confuso empezaron a salirme por los ojos. Desde entonces lluevo a cántaros, tanto que hasta la misma muerte se ha visto inundada por mi copiosa lástima, y a aquella sociedad que fundamos con el fin de otorgarnos fortaleza hoy, aunque sin solución de continuidad, la advertimos profundamente desvencijada. He visto a mi muerte llorar en secreto, arrepentida por haber herido con delicada vida a uno de sus más sensibles partidarios. Pero como dije, no puedo ignorar que gracias a ella, solo gracias a ella, mi partir continúa siendo una (algo) lejana solución.
Madre mía. Madre nuestra…; cómo pagarte los días y las noches, las eternas noches…; cómo aproximarme a tu infinita bondad... No hay tampoco palabras que puedan reemplazar la caricia de mis lágrimas. ¡Todos nos vamos algún día pero nadie como tú para honrar la vida! (esto la debió indignar)… como te prometo también que voy a convertir mi dolor en alegría… Bueno, esto último, de no haber sido por su aturdimiento pasajero, la hubiera por el contrario alegrado, al saberme poseedor y excelso practicante de una de sus más portentosas enseñanzas. ¿Y si todo no fue más que una trampa urdida y tendida por aquella perversa mujer? ¿Habrá la muerte notado o previsto que el personaje por ella escogido para señalarme tuviera la capacidad de enemistarnos? Aproveché entonces esta escampada mental para, tres días después del entierro de mi mamá, ir al centro de la ciudad en procura de que sus calles ruidosas y soleadas me ayudaran a contrarrestar la venganza de la muerte resentida. En ésas estaba cuando una mano tocó en mi espalda para ofrecerme, con voz de entresueño, un impresionante sortilegio: ahí estaban, en un billete de lotería, los cuatro dígitos de la placa del último automóvil de mi papá, coincidentes las tres últimas cifras con el mes y el día en que cumplía años mi mamá.
Pagué a la oferente –una anciana que se desapareció tan repentinamente como vino– el valor de una fracción, dejándome en el acto la sensación de que alguien del más allá la había enviado a socorrerme. Un mensaje de ultratumba que no sólo me tranquilizó por varias horas sino que me permitió experimentar también que, por obra y magia de no sé quién, había entrado por un instante en otro ámbito, quedando todo a mi alrededor en silencio y desolado. Al salir supe enseguida que el mundo de los hombres volvía a funcionar como de costumbre. ¿Había encontrado acaso la clave de la existencia?, un botón que operaba a la manera de pausa sobrenatural para ir y volver cada que mi corazón, ansioso y perturbado, lo necesitara… Jugué durante muchos días el número familiar sin obtener el premio pero manteniendo una inquietante cercanía, hasta que un viernes, estando de paso en el suelo natal de mi mamá, lejos de mi secuenciada vida, vi de nuevo los cuatro dígitos, en el mismo orden, ahincados en otro billete de lotería expuesto en una hilera de mesas que atravesaba un pasaje comercial. Increíble que se me ocurriera precisamente ojear números cuando pasé por el frente de la mesa donde se encontraba el llamativo pariente. Esa noche me costó bastante superar el impacto que me sobrevino al percatarme de que, sin ganar, las tres últimas cifras del premio gordo coincidían con el cumpleaños de mi madre. Supe así que la intención de quien me enviaba semejantes destellos de felicidad no era ayudarme a superar la esclavitud laboral de una vida económicamente estricta, sino la de propiciarme un puente entre el más acá y el más allá de la muerte alumbrado con sorprendentes revelaciones. Pero, ¿esperaba la muerte que yo fuese el afortunado receptor de este regalo transmundano? ¿No sería ella misma la donante compasiva de este merecidísimo beneficio? En todo caso, ese interruptor, esos apagones posibles y deseables dejaban muchas interrogaciones por resolver, entre ellas, la más relevante tenía que ver con la capacidad o no de detener el tiempo y el enigma consiguiente de pretender o no la inmortalidad. O la más simple de todas: ¿podría finalmente la miserable condición humana extirpar el carcinoma de su peculiar insatisfacción?
Meses después, con más precisa orfandad, escribí un poema de cierre lleno de lodo y grama, un huraco invencible a la espera del siguiente eslabón del exterminio: flores extrañas de destino ambiguo / entre mausoleos hierbas del más allá confirman el futuro / pronto serán morada de nuevas pestilencias / flores que se abrazan con restos de sonrisas / sepulcro donde duermen padres / llora la vida su apuntalar temible / hueco vecino, verde resistencia, cuánto duelen las horas que faltan para amarnos… Ahí estaba, sin duda, el quid de la cuestión… Ahí permanecía la idea de la muerte rondándome ya con menos distancia, todo se revolvía otra vez hacia el examen de los afectos familiares, esa fractura inexplicable que se produce en algún momento de la vida, la ruptura al interior de un mundo consanguíneo sin inocentes ni culpables donde los abrazos desaparecen o, en el mejor de los casos, se convierten en aberración. Y cuando me disponía esta mañana a retomar, por primera vez en mucho tiempo, el curso de lo que estaba a punto de considerar normal y perecedero, sentí de nuevo, esta vez sin botón redentor, las brisas conmovedoras de la infancia, aquéllas que se extraviaron cuando, terminando adolescencia y bachillerato, me vi abruptamente arrancado para ir a estudiar una carrera de mierda en un mundo extraño e igualmente compulsivo, las mismas brisas que desde que regresé siendo un profesional inocuo no habían vuelto a entristecerme. Eran brisas del más allá pero al mismo tiempo brisas enfermas, inficionadas, ateridas, como si un rumor de padres amorosos y preocupados regresara removiéndome, con afecto y suavidad, el sentido trágico que tuve siempre, con la inequívoca determinación de ayudarme a morir.
Entonces moriré yo y no habrá pasado nada importante ni tendrá mi muerte ninguna utilidad para el futuro. Nada se detendrá ni dejará de ser cuando me vaya. O mejor. Cuando me muera. Irme me suena a viaje esperanzador… Tal vez venga algún loquito sin oficio ni beneficio a llenar de datos la que fuera una historia rica en tormentos y desparpajos, a lo mejor se aparezca una antigua amante a cumplirme un ebrio deseo y haga sonar una endecha durante las oquedades de mi entierro. Pero nada de lo aquí escrito servirá para explicarme ni para sobrevivirme y puede, en cambio, ser usado justicieramente en mi contra, pues, a la postre, fui yo el real y único responsable de esta debacle a la que lenta pero seguramente se fue acomodando mi pundonorosa vida. Y que conste: nada más alejado de la literatura que estas líneas moribundas sin goce personal alguno y, por lo tanto, incapaces de valerse de la ficción para poder ejercer la crueldad. A lo sumo, amor dolido, renglones vanos, verdades espantosas, brisas de infancia, ayudas proverbiales, las mismas que un novelista y pintor de noventa y nueve años continúa esperando en una localidad de la aglomerada Provincia de Buenos Aires.
Primero se murió mi papá. Yo sí sabía que la muerte, en traje corriente y sin guadaña, me enfrentaría muy pronto a esa realidad terrible que desde temprana edad me convirtió en su amante. Pero lo que no sabía era que yo tuviera un lugar para morir y que éste se pareciera tanto al de mi caudalosa inexistencia, como tampoco que una brisa juguetona que creía perdida vendría a ponerme punto final sin discusiones, escribiendo también por mí estas ultimidades que la vida calla.
Montería-Córdoba (Colombia), agosto de 2010
FBA – DERECHOS RESERVADOS
lunes, 14 de febrero de 2011
MÁS CLARO NO CANTA NI ALEJO...
Del cantautor Rioplatense-Guajiro-Vallenato ADRIÁN PABLO VILLAMIZAR ZAPATA, sobre el tema de la salvaguardia de "EL VALLENATO" por parte de la UNESCO (foro virtual). He aquí las palabras de "El Ángel Bohemio". En su esencia, tal como llegaron. Que disculpe la intromisión de FBA en cuestiones ortográficas y de estilo. Maniático que es uno. Pero no se preocupe compadre, siga escribiendo que yo le ayudo con el fardo de la gramática.
Dice APVZ:
"Buenos días a todos. Quiero referirme al tema de las amenazas que se ciernen sobre el Vallenato.
El haber tomado la decisión de 'nominar' al elemento que queremos postular ante la UNESCO como 'El Vallenato', fue la solución consensuada para saldar la discusión(ampliamente ilustrada) de 'qué era' lo que se quería postular para la protección del organismo rector de la salvaguarda cultural de la humanidad.
Sabíamos bien que al nominarlo de esta manera integrábamos el universo de la matriz cultural que lo origina y todo lo que como signo o síntoma el vocablo pudiera provocar en su asociación neuronal inmediata, algo parecido a lo que los publicistas llaman 'recordación y posicionamiento de marca'. En ese sentido, y con razón, muchos pueden plantear la duda de que el elemento cultural no se encuentre amenazado sino todo lo contrario, que goza de una extraordinaria aunque obesa salud.
Debido a esa amplia consideración que dentro de nosotros mismos podemos tener sobre algo que consideramos tan natural y propio, el comité asesor del MINCULTURA lo definió como 'un género musical tradicional cantado, nacido de la conjugación de tres expresiones culturales diferentes a partir de los cantos de vaquería de los campesinos y esclavos negros en las épocas de la colonización, la música y expresiones dancísticas de los indígenas nativos y el aporte de los instrumentos musicales europeos, que con la llegada del acordeón se consolidó con la guacharaca, de origen indígena, y con la caja, de origen africano, dando paso a la creación de cuatro aires como son el paseo, el merengue, la puya y el son, que con el paso del tiempo penetraron los altos estratos de la sociedad. Su mayor característica de autenticidad está dada por la letra de sus cantos de contenido narrativo y costumbrista expresados en un lenguaje elemental, los cuales, con la llegada de nuevas generaciones con vivencias culturales urbanas, se enriquecieron con contenidos de orden poético-romántico' (sic).
Sombreo lo que considero relevante dentro de la discusión de 'LAS AMENAZAS'.
Cuando un bien intangible es considerado Patrimonio es igual que nombrarlo TESORO. Los tesoros inmateriales, anteriormente conocidos como 'Obras Maestras de la Tradición Oral', son un elaborado producto de los tiempos dentro de una matriz cultural singular e irrepetible. Por razones propias y previsibles del movimiento perpetuo de esas matrices culturales, la 'fuerza' que generan los tesoros de la tradición oral tiende a disiparse y finalmente a perderse con el paso del tiempo y por el influjo constante de la modernidad con sus contracorrientes culturales. Estas últimas no son sino la versión contemporánea y feroz de las mismas corrientes que a su vez crearon el fenómeno o elemento que se pretende resguardar. El Vallenato no nació como lo cantó el Viejo Emiliano o como lo tocó Luis Enrique, muchas cosas fueron mutando hasta establecerse una 'forma' por todos reconocida, que no requiere exhaustivas explicaciones y menos para las comunidades implicadas en su desarrollo. Es ése el saber no sabido, no aprendido, que es la marca registrada de 'la cultura'.
Los movimientos y cambios que fueron asentándose con el tiempo y la aceptación popular para dar origen a esta hermosa musicalidad que nos convoca, actuaron igual que el proceso de selección natural con el que Darwin explica su teoría de la evolución de las especies. Fueron perdurando los elementos y la formas que el pueblo mismo fue seleccionando dentro de sus preferencias, y las preferencias generando estilos que determinaron escuelas y así hasta obtener esta hermosa acuarela de versos y melodías, rutinas y rebujes que constituyen el Vallenato. Lo que no iba gustando se iba perdiendo y luego olvidándose pero todo fue un producto de lo que el Pueblo-Pueblo, a través de su fascinación estética, logró escoger como su música representativa.
Al iniciar el influjo mediático su trepidante accionar sobre las masas -algo que se vuelve brutal desde mediados de los 80 hasta nuestros días- ya no es el pueblo el que escoge lo que debe perdurar dentro de su tradición sino los medios que, con su repetición y la estrategia preconcebida de determinados 'cliché' melódico-literarios, impactan el inconsciente colectivo y, por ende, el gusto popular; son ellos los que dominan, pues, el panorama. Nadie puede 'triunfar' sin pasar por su filtro y quienes fabrican la zaranda no necesariamente acreditan conocimiento o ascendentes dentro de la historia de nuestro canto vernáculo.
Las comunidades van adoptando los nuevos cantares a medida que la música se va pareciendo cada día más a sus propio estilo de vida: fácil, rápida, ligera, sin compromisos. No hay tiempo para nada, ni para dialogar, ni para contemplar la naturaleza ni para elaborar un romance. La sociedad se adapta a esa velocidad y así lo hace la cultura y con ella la música.
La nueva música de estos 25 años de influjo mediático convirtió al Vallenato-Folclor en Vallenato-Género, y por ser género, como el Rock, la Salsa, el Jazz, todo le cabe. Su adaptabilidad al momento social, su energía contagiosa, su musicalidad sencilla pero bonita, su función testimonial, lo hacen apetecido y apetecible por donde quiera que transita en las nuevas versiones. Una de ellas, que se desconecta de la realidad de la ancestral relación hombre/mujer y propone una inversión de roles en donde el hombre es victimizado por un ejército irregular de mujeres infieles y desagradecidas, ha transformado el romanticismo lírico pero viril en un discurso plañidero y genuflexo, propio de Corín Tellado, con sus respectivas excepciones; otra variante concentra su fuerza en el bailador, al que aleja de la cadencia y del contacto cercano del cuerpo de la pareja para montarlo en frenesí a un ritmo y a una percusión de baterías, que en determinadas ocasiones obligan a bailar sueltos y, por qué no, a saltar.
Ambas variantes del canto tradicional son las responsables de esa inmensa fiebre nacional e internacional del Vallenato, mas ninguna de ellas transmite la esencia con la cual fue gestada su música mentora. Antes, al oír un vallenato de Escalona, de Leandro, Marín o Namen, las personas podían plasmar en un lienzo nuestros paisajes, costumbres y anécdotas. ¿Qué podrán pensar de nosotros hoy en día quienes escuchen el vallenato moderno? ¿Pueden hacer una radiografía de nuestra sociedad o de nuestro entorno? Creo que nadie en este foro esté dispuesto a apostar por una respuesta afirmativa. El vallenato moderno se divorció de la tradición que lo formó, y mientras aquel fue producto de una evolución darwiniana, estas dos corrientes son mutaciones con deleciones y traslocaciones que cambiaron en forma abrupta el ADN del Vallenato. Cien (100) años contra veinticinco (25). Pelea de tigre con burro amarra'o...
¿Qué pasó? ¿Se perdieron quienes son capaces de ser consecuentes con su entorno y expresarse en cantos que hablen de su acontecer y de su realidad? ¿Perdieron la habilidad de ver el paisaje y encontrar en él los símiles para concretar una idea poética?
NO, allí están y son los mismos que alimentan al animal hambriento que es el vallenato moderno. Esa habilidad del verso y la melodía, de soñar despiertos y cantar volando entre nubes sigue estando, aunque estén ahora trabajando para otro propósito. Solo que ni ellos ni los intérpretes están dispuestos a morirse de hambre tras la edificación del folclor. Es tanta la influencia de las corrientes que dan origen a la nueva música que ya ni pa'trás van a mirar. Solo les quedan los festivales para que vuelvan a rutinas fosilizadas, como dijo Durán Escalona, para que vuelvan a sentir el cuero-cuero de una caja o el corocito de la guacharaca. Solo les quedan los festivales para tratar de dejar 'algo' en el pensamiento de los espectadores con canciones que le apuesten a la estética existencial y a la memoria de los pueblos.
Allí sigue lo que nos queda de ADN y por eso es que trabaja este proyecto. Ya lo que fue fue y lo único que podemos hacer con la ayuda de todas las fuerzas vivas del folclor, bajo la batuta del Estado en plan especial de salvaguarda (PES), es enfriar un poco las aguas para que el iceberg del folclor no se derrita a este ritmo tan acelerado. Ver de qué manera congelamos para los tiempos la memoria de octogenarios que aún recuerdan versos nunca escritos, que llegaron de boca en boca a través de las generaciones. Para que los tataranietos de Toño Salas conozcan su pasado genético-musical en el intento de reactivar en ellos esta manera de 'contar la vida cantando' que es el Vallenato. Buscamos lugares y medios para que los que aún tienen la posibilidad de ser consecuentes con su entorno y las vivencias diarias de su comunidad, no escondan el deseo de cantarlas por la depreciación que han sufrido en los últimos años, sino que tengan una caja de resonancia multimedia que, además, les asegure algún ingreso y no piensen que solo el 'cacho' o la 'lujuria' son los motivos que tienen para cantar.
Donaldo: el vallenato sí está en riesgo; si no lo está, entonces no puede inscribirse como Patrimonio de la Humanidad ante la UNESCO. Son las reglas del juego.
Tengo muchísimas cosas más para contar, pero no soy escritor ni periodista, ni puedo ponerme a corregir estilo y ortografía; ruego me disculpen no solo mis torpezas sino también este cipote ladrillo que les acabo de tirar pero que -créanme- está hecho con el mismo adobe con el que hicieron la Casa de Alto Pino".
Hasta aquí lo de APVZ. Quienes han seguido de cerca este blog, en especial las distintas publicaciones en materia de crítica vallenata, comprenderán aún más la dimensión de la lucha que une a vallenatos, guajiros, sinuanos y sabaneros. Pocos. Pero con vuelo contundente.
Saludo sinuano.
FBA
Del cantautor Rioplatense-Guajiro-Vallenato ADRIÁN PABLO VILLAMIZAR ZAPATA, sobre el tema de la salvaguardia de "EL VALLENATO" por parte de la UNESCO (foro virtual). He aquí las palabras de "El Ángel Bohemio". En su esencia, tal como llegaron. Que disculpe la intromisión de FBA en cuestiones ortográficas y de estilo. Maniático que es uno. Pero no se preocupe compadre, siga escribiendo que yo le ayudo con el fardo de la gramática.
Dice APVZ:
"Buenos días a todos. Quiero referirme al tema de las amenazas que se ciernen sobre el Vallenato.
El haber tomado la decisión de 'nominar' al elemento que queremos postular ante la UNESCO como 'El Vallenato', fue la solución consensuada para saldar la discusión(ampliamente ilustrada) de 'qué era' lo que se quería postular para la protección del organismo rector de la salvaguarda cultural de la humanidad.
Sabíamos bien que al nominarlo de esta manera integrábamos el universo de la matriz cultural que lo origina y todo lo que como signo o síntoma el vocablo pudiera provocar en su asociación neuronal inmediata, algo parecido a lo que los publicistas llaman 'recordación y posicionamiento de marca'. En ese sentido, y con razón, muchos pueden plantear la duda de que el elemento cultural no se encuentre amenazado sino todo lo contrario, que goza de una extraordinaria aunque obesa salud.
Debido a esa amplia consideración que dentro de nosotros mismos podemos tener sobre algo que consideramos tan natural y propio, el comité asesor del MINCULTURA lo definió como 'un género musical tradicional cantado, nacido de la conjugación de tres expresiones culturales diferentes a partir de los cantos de vaquería de los campesinos y esclavos negros en las épocas de la colonización, la música y expresiones dancísticas de los indígenas nativos y el aporte de los instrumentos musicales europeos, que con la llegada del acordeón se consolidó con la guacharaca, de origen indígena, y con la caja, de origen africano, dando paso a la creación de cuatro aires como son el paseo, el merengue, la puya y el son, que con el paso del tiempo penetraron los altos estratos de la sociedad. Su mayor característica de autenticidad está dada por la letra de sus cantos de contenido narrativo y costumbrista expresados en un lenguaje elemental, los cuales, con la llegada de nuevas generaciones con vivencias culturales urbanas, se enriquecieron con contenidos de orden poético-romántico' (sic).
Sombreo lo que considero relevante dentro de la discusión de 'LAS AMENAZAS'.
Cuando un bien intangible es considerado Patrimonio es igual que nombrarlo TESORO. Los tesoros inmateriales, anteriormente conocidos como 'Obras Maestras de la Tradición Oral', son un elaborado producto de los tiempos dentro de una matriz cultural singular e irrepetible. Por razones propias y previsibles del movimiento perpetuo de esas matrices culturales, la 'fuerza' que generan los tesoros de la tradición oral tiende a disiparse y finalmente a perderse con el paso del tiempo y por el influjo constante de la modernidad con sus contracorrientes culturales. Estas últimas no son sino la versión contemporánea y feroz de las mismas corrientes que a su vez crearon el fenómeno o elemento que se pretende resguardar. El Vallenato no nació como lo cantó el Viejo Emiliano o como lo tocó Luis Enrique, muchas cosas fueron mutando hasta establecerse una 'forma' por todos reconocida, que no requiere exhaustivas explicaciones y menos para las comunidades implicadas en su desarrollo. Es ése el saber no sabido, no aprendido, que es la marca registrada de 'la cultura'.
Los movimientos y cambios que fueron asentándose con el tiempo y la aceptación popular para dar origen a esta hermosa musicalidad que nos convoca, actuaron igual que el proceso de selección natural con el que Darwin explica su teoría de la evolución de las especies. Fueron perdurando los elementos y la formas que el pueblo mismo fue seleccionando dentro de sus preferencias, y las preferencias generando estilos que determinaron escuelas y así hasta obtener esta hermosa acuarela de versos y melodías, rutinas y rebujes que constituyen el Vallenato. Lo que no iba gustando se iba perdiendo y luego olvidándose pero todo fue un producto de lo que el Pueblo-Pueblo, a través de su fascinación estética, logró escoger como su música representativa.
Al iniciar el influjo mediático su trepidante accionar sobre las masas -algo que se vuelve brutal desde mediados de los 80 hasta nuestros días- ya no es el pueblo el que escoge lo que debe perdurar dentro de su tradición sino los medios que, con su repetición y la estrategia preconcebida de determinados 'cliché' melódico-literarios, impactan el inconsciente colectivo y, por ende, el gusto popular; son ellos los que dominan, pues, el panorama. Nadie puede 'triunfar' sin pasar por su filtro y quienes fabrican la zaranda no necesariamente acreditan conocimiento o ascendentes dentro de la historia de nuestro canto vernáculo.
Las comunidades van adoptando los nuevos cantares a medida que la música se va pareciendo cada día más a sus propio estilo de vida: fácil, rápida, ligera, sin compromisos. No hay tiempo para nada, ni para dialogar, ni para contemplar la naturaleza ni para elaborar un romance. La sociedad se adapta a esa velocidad y así lo hace la cultura y con ella la música.
La nueva música de estos 25 años de influjo mediático convirtió al Vallenato-Folclor en Vallenato-Género, y por ser género, como el Rock, la Salsa, el Jazz, todo le cabe. Su adaptabilidad al momento social, su energía contagiosa, su musicalidad sencilla pero bonita, su función testimonial, lo hacen apetecido y apetecible por donde quiera que transita en las nuevas versiones. Una de ellas, que se desconecta de la realidad de la ancestral relación hombre/mujer y propone una inversión de roles en donde el hombre es victimizado por un ejército irregular de mujeres infieles y desagradecidas, ha transformado el romanticismo lírico pero viril en un discurso plañidero y genuflexo, propio de Corín Tellado, con sus respectivas excepciones; otra variante concentra su fuerza en el bailador, al que aleja de la cadencia y del contacto cercano del cuerpo de la pareja para montarlo en frenesí a un ritmo y a una percusión de baterías, que en determinadas ocasiones obligan a bailar sueltos y, por qué no, a saltar.
Ambas variantes del canto tradicional son las responsables de esa inmensa fiebre nacional e internacional del Vallenato, mas ninguna de ellas transmite la esencia con la cual fue gestada su música mentora. Antes, al oír un vallenato de Escalona, de Leandro, Marín o Namen, las personas podían plasmar en un lienzo nuestros paisajes, costumbres y anécdotas. ¿Qué podrán pensar de nosotros hoy en día quienes escuchen el vallenato moderno? ¿Pueden hacer una radiografía de nuestra sociedad o de nuestro entorno? Creo que nadie en este foro esté dispuesto a apostar por una respuesta afirmativa. El vallenato moderno se divorció de la tradición que lo formó, y mientras aquel fue producto de una evolución darwiniana, estas dos corrientes son mutaciones con deleciones y traslocaciones que cambiaron en forma abrupta el ADN del Vallenato. Cien (100) años contra veinticinco (25). Pelea de tigre con burro amarra'o...
¿Qué pasó? ¿Se perdieron quienes son capaces de ser consecuentes con su entorno y expresarse en cantos que hablen de su acontecer y de su realidad? ¿Perdieron la habilidad de ver el paisaje y encontrar en él los símiles para concretar una idea poética?
NO, allí están y son los mismos que alimentan al animal hambriento que es el vallenato moderno. Esa habilidad del verso y la melodía, de soñar despiertos y cantar volando entre nubes sigue estando, aunque estén ahora trabajando para otro propósito. Solo que ni ellos ni los intérpretes están dispuestos a morirse de hambre tras la edificación del folclor. Es tanta la influencia de las corrientes que dan origen a la nueva música que ya ni pa'trás van a mirar. Solo les quedan los festivales para que vuelvan a rutinas fosilizadas, como dijo Durán Escalona, para que vuelvan a sentir el cuero-cuero de una caja o el corocito de la guacharaca. Solo les quedan los festivales para tratar de dejar 'algo' en el pensamiento de los espectadores con canciones que le apuesten a la estética existencial y a la memoria de los pueblos.
Allí sigue lo que nos queda de ADN y por eso es que trabaja este proyecto. Ya lo que fue fue y lo único que podemos hacer con la ayuda de todas las fuerzas vivas del folclor, bajo la batuta del Estado en plan especial de salvaguarda (PES), es enfriar un poco las aguas para que el iceberg del folclor no se derrita a este ritmo tan acelerado. Ver de qué manera congelamos para los tiempos la memoria de octogenarios que aún recuerdan versos nunca escritos, que llegaron de boca en boca a través de las generaciones. Para que los tataranietos de Toño Salas conozcan su pasado genético-musical en el intento de reactivar en ellos esta manera de 'contar la vida cantando' que es el Vallenato. Buscamos lugares y medios para que los que aún tienen la posibilidad de ser consecuentes con su entorno y las vivencias diarias de su comunidad, no escondan el deseo de cantarlas por la depreciación que han sufrido en los últimos años, sino que tengan una caja de resonancia multimedia que, además, les asegure algún ingreso y no piensen que solo el 'cacho' o la 'lujuria' son los motivos que tienen para cantar.
Donaldo: el vallenato sí está en riesgo; si no lo está, entonces no puede inscribirse como Patrimonio de la Humanidad ante la UNESCO. Son las reglas del juego.
Tengo muchísimas cosas más para contar, pero no soy escritor ni periodista, ni puedo ponerme a corregir estilo y ortografía; ruego me disculpen no solo mis torpezas sino también este cipote ladrillo que les acabo de tirar pero que -créanme- está hecho con el mismo adobe con el que hicieron la Casa de Alto Pino".
Hasta aquí lo de APVZ. Quienes han seguido de cerca este blog, en especial las distintas publicaciones en materia de crítica vallenata, comprenderán aún más la dimensión de la lucha que une a vallenatos, guajiros, sinuanos y sabaneros. Pocos. Pero con vuelo contundente.
Saludo sinuano.
FBA
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