martes, 15 de abril de 2014

A PROPÓSITO DE LA PRESELECCIÓN DE CANCIONES INÉDITAS
EN EL 47° FESTIVAL VALLENATO (2014)

Para tantos amigos que no me preguntan por qué no he vuelto a inscribir canciones en el Festival Vallenato, permítanme manifestarme lo que ya saben y comprendo que no les interesa: la música vallenata y su pomposo y engañoso festival no son ya temas que me trasnochen. Pero ante lo publicado recientemente por el Rey Vallenato de la Canción Vallenata Inédita versión Festival Vallenato 2011, Adrián Pablo Villamizar Zapata, en su cuenta de Facebook, el tema vallenato me ha vuelto a dar papaya para expresar algunas inquietudes de antes y de ahora que  justifican mi sinuana intromisión.
 
Veamos qué dijo el Rey (transcribo apartes): “Para tantos amigos que me preguntan por qué no he vuelto a concursar en el Festival Vallenato –ausente desde el 2013-, miren cómo tratan a dos Reyes como los maestros William Klinger y Germán Villa Acosta, quienes no superaron el corte de la preselección. ¿Será que estos dos Maestros -Klinger y Villa-, curtidos en la vallenatía, no tuvieron argumentos convincentes para los otros cinco maestros que solo seleccionaron 50 canciones? O, ¿sería tanto el tedio de tres días oyendo 200 canciones de Ay Cacique por qué te fuiste y nos dejaste solos que ya al final Beto Daza y Juan Segundo Lagos -dos grandes compositores que sirvieron de jurados- ya ni recordaban sus propios nombres, mucho menos el de Klinger y Villa para prestarles la merecida atención?”. Y agrega el Rey: “Mientras la canción inédita siga siendo la convidada de piedra del Gran Festival, mientras los compositores y Reyes Ganadores sigan siendo secundarios para los que organizan el evento, mientras que 200 canciones tengan que ser escogidas en solo tres días y que un compositor finalista no tenga derecho a que a su esposa le den una silla allá lejos en la tribuna -no en VIP, ni soñemos- para que lo pueda ver y escuchar en directo, será muy difícil que me vuelvan a ver por allá. Ganamos en el 2011 porque fue un mandato de Dios y nosotros su instrumento pero al menos para el Vicepresidente del Festival, el ‘Mono’ Quintero, esa victoria de Dios hecha canto es una afrenta a su visión festivalera y vaya a saber de quién más en el sanedrín. Al año siguiente -2012-, cuando llevamos el merengue ‘Caja de mi corazón’, no tuvo otra ocurrencia en un almuerzo en el Club Valledupar que decir –sic-: ‘este mancito (o sea yo) cree que porque el año pasado trajo dos ciegos y ganó, este año va a ganar porque trae a Rodolfo –Castilla-’. Apague y vámonos si eso es lo que baja desde la Vicepresidencia”.
 
Y remata el Rey: “Yo sinceramente dudo que entre 50, no haya lugar para al menos unos de estos dos maestros. Eso es como que Brasil no clasifique al mundial porque en las eliminatorias tres partidos los perdió por penaltis dudosos. Mi comentario no va por los que entraron, que tendrán sus méritos, sino por los que no pasaron el corte. La gente, el pueblo no tiene la culpa y se hace necesario al menos intentar llevar un mensaje al corazón de la gente. Lo que se torna complejo es luchar contra asuntos no artísticos, no folclóricos que se atraviesan para que ese mismo pueblo no tenga la oportunidad de escuchar las propuestas distintas. Hicimos el curso, nos graduamos y cuando queríamos seguir aportando, quienes mandan allí se expresan de la obra de uno con las vísceras y no con la mente crítica, mucho menos con el corazón. Sí, es un verdadero dilema decidir si compartir o no con la gente cuando dependes de lo que otros decidan. Tengo claro que para un grupo importante de líderes de la Junta Directiva de la Fundación no les soy grato y para ellos no vale la propuesta artística o poética, ellos cobran por ventanilla sus odios y sus amores y ahora menos cuando hice parte de un grupo que lideró la Patrimonialización de la Música Vallenata Tradicional para que fuese inscrita en la lista representativa de la Nación y luego de la Humanidad a través de la UNESCO en un trabajo en el que ellos, la FFLV, decidieron no participar, a pesar de que yo mismo fui a hablar con Rodolfo Molina y otros directivos en tres ocasiones, invitándolos, actualizándolos y mostrándoles los alcances de esa gesta. Hoy por hoy me relacionan y me igualan con al menos tres del grupo de seis personalidades que trabajamos casi cuatro años en esto, a quienes ellos califican como enemigos del Festival…”.
 
Principio del formularioHasta aquí lo dicho por el Rey Vallenato 2011. Y punto seguido, entra en la escena este personaje nefasto que soy yo, que no es Rey Vallenato (ni de nada) ni aspira a serlo nunca. ¡Dios me libre (tanto el de arriba como el de abajo que, a la postre, deben ser el mismo) de rutilar en semejante e inmerecido sainete! Admiro la obra poética y musical del amigo y cantautor Adrián Villamizar, y él lo sabe, hasta tal punto que en ocasiones me ha reclamado más crítica y menos tratamiento elogioso. Pero no por eso, o mejor, precisamente por eso, debo pronunciarme ante afirmaciones que me parecen bastante desafortunadas. Pero antes diré algunas cosas más sobre el Festival Vallenato de la Ciudad de Los Santos Reyes, Valledupar, no sin recordar que sobre música vallenata y sobre su más importante festival, hay ya bastante tela expuesta en diversas entradas de este blog.
 
A las obsesivas y aburridas rutinas de acordeón que poco o nada le aportan al alma y a la creatividad futura de la verdadera música -en las que se han vuelto expertos muchos digitadores de este instrumento, jóvenes en especial, que ven en la velocidad y en las filigranas la mejor forma de impresionar con botones y pitos-, se suma un concurso de canción vallenata inédita que no es ya ni la sombra de aquellos gloriosos tiempos en que se destacaron canciones como “Rumores de viejas voces”, “El indio desventurado”, “No vuelvo a Patillal”, “Yo soy vallenato”, “Voz de acordeones”, “Paisaje de sol”, “Con el alma en la mano” y “Valledupar del alma”, entre otras. Y uno de sus grandes lunares es la preselección de canciones para Primera Ronda. Poco a poco fue haciendo carrera que la mayor parte de las canciones inscritas tuvieran como tema la interminable ponderación de las bellezas del Valle, cuando no que ensalzaran al homenajeado de turno o se valieran del lema del momento, y el Festival, a través de sus doctos jurados, todos, por lo que sé, pertenecientes al cerrado mundo de la élite vallenata, fue también cayendo en esa triste y demoledora realidad. De ahí que la víctima de tan brutal y monotemática avalancha folclórica sea hoy nada menos que el gran Cacique de La Junta. Antes que ofendida, la Dinastía López debe sentirse agradecida por haberse salvado de tan tremenda desgracia.
 
Trátese de jurados idóneos o no, lo cierto es que año tras año se comprueba la dudosa calidad de buena parte de las canciones que se escenifican en Primera Ronda, sobre lo cual locutores y comentaristas del mismo Valle, que transmiten el evento desde antaño, no se cansan de expresar su bien fundamentada inconformidad. Es entonces cuando surge la pregunta inevitable: o el estado musical de las canciones inscritas que no son preseleccionadas está en peor condición o intervienen en dicha preselección factores no musicales que terminan definiendo el grupo de privilegiados (50, 60 o 75 canciones, entre 300 que, en promedio, se inscriben). Lamentablemente, esto último es lo que todos los años vuelve a quedar en evidencia porque es lo que, sin lugar a dudas y duélale a quien le duela, ocurre en realidad. Habrá excepciones, por supuesto, compositores que entran al convite sin apalancarse y después de muchos años intentándolo, bien por cosas del azar o por la calidad extraordinaria de sus obras, y gracias en este último caso a algún jurado con idoneidad moral que hace valer su criterio y su dignidad.
 
Pero, en términos generales, factores como la cercanía afectiva y política con  dueños y organizadores del magno evento, amiguismos, compadrazgos, jurados que califican a familiares, dinastías, compositores que ya han ganado o han sido premiados, recorrido festivalero (entiéndase habilidad para saber enroscarse), renombre lírico, consagración en el mercado discográfico, tráfico de influencias de todo tipo, intrigas de politicastros, alguna que otra recomendación non sancta, atenciones ilimitadas, etc., etc., hacen de las suyas en un festival que dice defender lo que no muestra, al contratar para shows centrales a costosos artistas internacionales. El gran turismo bendice por esos días a una Valledupar cuyo pueblo se ve desplazado por la demencia del poder, por la arbitrariedad del dinero, siendo, además, una verdad de a puño que la mayor parte de los visitantes acude a Valledupar motivada por lo que el Parque de la Leyenda ofrece y no por el desarrollo de los distintos concursos, mucho menos preocupada por salvaguardar la esencia de una música vallenata que, debido al pobre criterio comercial imperante hoy día, está condenada a desaparecer. No hay que hacer muchos esfuerzos para descubrir quiénes gozan, año tras año, del beneficio de la preselección correspondiente. Ahí están los listados, para que verifiquemos que  muchos nombres y apellidos se repiten sin solución de continuidad.
 
Derroche de fino whisky, reencuentros sublimes, paisajes de ensueño, paraíso añorado, emoción de parrandas infinitas e inolvidables, todo eso y mucho más engrandece el abril tan esperado de los vallenatos. Pero no tanto como para ocultar que pervive en Valledupar y sus alrededores gente también conocedora del tema vallenato a la que en verdad le duele la suerte de su entrañable música, que se preocupa por dignificar su presente y por potenciar correctamente su futuro no sin echar mano del rescate angustioso de portentosas expresiones del pasado que aún resisten por ahí. Y fueron ellos mismos, los vallenatos, quienes, al margen del Festival Vallenato y con apoyo de perilustres guajiros, levantaron la bandera del Plan Especial de Salvaguarda del Vallenato Tradicional como proyecto de patrimonio ante el Ministerio de Cultura, ya en camino de Declaratoria por parte de la UNESCO. A este respecto, no faltan los enemigos del proyecto que ven con malos ojos que se hable de decadencia y de imprescindible protección en tiempos en que el vallenato dizque se ha fortalecido expandiéndose tanto nacional como internacionalmente, y cuando dizque se vende y se proyecta cada vez mejor hacia otros mercados que, por supuesto, adoran sus peligrosas fusiones sentimentales.
 
Evolución y confusión, dos armas mortales de las que se lucran hoy, con copiosa irresponsabilidad, los grandes cantantes del momento. Lo he dicho sin temor y sin rodeos: lo que se expande, lo que se vende, lo que hoy se muestra al mundo como vallenato no es vallenato, al menos no se compadece para nada con el sentido tradicional, narrativo, costumbrista, lírico y poético que conocí y disfruté hasta hace unos años, cuando me vi obligado a desertar hacia otros géneros musicales hastiado ya de comprobar, disco tras disco, cómo los mercachifles del pendejismo, la patología sensiblera, el desbarajuste rítmico, la fiesta sin gracia y el llantico tontarrón se apoderaron de una música otrora dueña y señora de las más connotadas dimensiones y profundidades de la vida y de la muerte. Y no faltan tampoco los que piensan que lo de la UNESCO servirá, por el contrario, para que el vallenato entre en crisis, creyendo quizá que el “folclor” (o lo que quede de él) se defiende solo.
 
Lo que yo creo es que si queremos de verdad fortalecer la magia de esta bella música, hay que empezar por aceptar la degeneración existente y por comprender que no basta, para contrarrestarla, con anclarnos en el pasado; de ahí la importancia, la urgencia incluso, de que sea a través de ensayar textos alternativos en las canciones que bien podría enriquecerse la literatura histórica de la canción vernácula del Valle de Upar, textos o letras cercanas lo más que se pueda al acento prosódico, a la sintaxis y a la gramática en general. Contextos geográficos y humanos que impidan tal derrotero, lo que demuestran es la imposibilidad de que el canto perdure en tiempos y espacios inevitablemente cambiantes, negándose con ello el carácter universal que toda buena música lleva consigo. Esos elementos universales que estuvieron presentes y aún se asoman tímidamente en la música vallenata son los que deben preservarse, ampliarse y profundizarse. Me niego a pensar que la música popular es enemiga del buen uso del lenguaje. Sin intelectualizarla, aunque sin temerle a las excentricidades del entendimiento, es perfectamente posible inyectarle nuevos bríos racionales e intuitivos que, en suma, la saquen a flote en un contexto vital de mayor alcance. Lo que he denominado “sinuanato”, en relación con mi quehacer musical, pretende, mal que bien, ser una respuesta a dicho reto. Y para los que creen que la música vallenata es ajena a interrogarse en torno a lo mismo, pregúntenle a Juancho Polo Valencia cómo lo logró cuando estuvo en lo Infinito.
 
Dicho lo anterior, vuelvo a nuestro Rey Vallenato de Canción Inédita 2011, Adrián Pablo Villamizar Zapata, para, a partir del examen cuidadoso de sus palabras, culminar esta nueva intervención mía en este embrollo en el que, sin pretenderlo, me volvieron (me volví) a meter. Sabedores como somos todos los que nos movemos en ambientes festivaleros de cómo se hace la preselección de canciones en el Festival Vallenato (cabe anotar aquí que la corrupción no es exclusiva del mundo vallenato y que en festivales sabaneros se dan prácticas similares, prácticas malsanas que continúan y se intensifican a medida que van avanzando los concursos), solo la idoneidad ética y la valentía inusitada de los jurados designados para preseleccionar canciones podrían garantizarles cierta tranquilidad a los aspirantes a concursar, a fin de que todas las canciones inscritas sean objetivamente escuchadas, estudiadas y debatidas durante todo el tiempo que se requiera (este año tenían más tiempo, pues las inscripciones se cerraron un mes antes, y, sin embargo, solo se tomaron dos días, unas cuantas horas para preseleccionar 50 de 238 canciones), y sobre todo que sus decisiones, aunque no infalibles tomadas sí de buena fe, sean incondicionalmente respetadas.
 
Sin esos dos requisitos, cualquier sapiencia se vuelve nugatoria. Y si a esos dos requisitos les sumamos compromisos previos de silencio y discreción so pena de sanciones económicas o simbólicas; uso de seudónimos para que se enfrenten a cada canción sin conocer el nombre del respectivo autor; nombramiento de jurados provenientes de diversas regiones donde la música de acordeón tiene asiento y vigencia; apertura conceptual a nuevos tejidos literarios, a propuestas melódicas innovadoras, a discursos musicales distintos, muy probablemente otro gallo estaría cantando en el gran gallinero vallenato. Y si, además, evitamos que las canciones, ya en tarima y concursando, no pierdan protagonismo en favor de sus intérpretes o de una puesta en escena truculenta, con más fuerza lo escucharíamos desordenar la madrugada. Es que un festival que recibe tantas canciones está en el deber de implementar medidas que permitan, por respeto a los aspirantes inscritos (a todos, no a unos cuantos), garantizar transparencia, competencia integral y honestidad.
 
Pero no, nada o muy poco de eso se da, y prima lo ya dicho: el negocio, la trampa, el acomodo, la llamadita, el servilismo, la componenda, la palanca, la abyección, la doble moral y demás plagas por el estilo. Y así lo pude confirmar recientemente en torno a la preselección 2014, en la que sé, de buena fuente, que un par de canciones favorecidas fueron debidamente recomendadas a uno de los jurados. Y que conste que quienes me contaron el milagro me contaron también el santo, pues sabían, con antelación, que su benefactor iba a estar presente y sería, como en efecto lo fue, determinante. Por eso, me extraña sobremanera que un cantautor de las calidades del amigo Adrián Villamizar, que ha estado -como él mismo lo dijo en su momento- en el corazón del monstruo, que hizo el curso, que fue al principio ignorado pero que supo persistir hasta conquistar (como haya sido; me aferro fervientemente al poder de sus maravillosas obras musicales) el máximo galardón, se exprese ahora condenando el actuar de una Fundación que, al menos en años anteriores, en los años en que él y el chocoano William Klinger y el bogotano Germán Villa Acosta gozaron del beneficio de las preselecciones hasta coronar finalmente, cada uno, su sueño festivalero, no fue ajena a tenerlos entre sus más apreciados concursantes, así no les hubiera regalado nunca una bolsa de agua o una entrada para sus respectivas consortes en las finales donde triunfaron.
 
Que las circunstancias hayan cambiado para él (tal como lo deja apreciar claramente en lo que quedó transcrito arriba) es otra cosa. Escribí en 2011 sobre la victoria de “Ciegos Nosotros” y quien quiera husmear al respecto, en entradas anteriores de la ventana “Vallenateando” puede encontrar el artículo. Quise resaltar cómo obras suyas de mayor valor artístico no fueron, en circunstancias distintas, justamente premiadas y cómo, por tanto, cuando las “cosas se le dieron”, no fue en virtud de un mandato divino que ellos -él y sus talentosos acompañantes- se limitaron a ejecutar. Sé de la riqueza espiritual del amigo Adrián, pero sé también que el Dios en el que poderosamente creo no interviene en esos embelecos del folclor vallenato. Saldría huyendo despavorido de la majestuosa tarima del Parque apenas olfateara las atrocidades que se cocinan a su alrededor. Que conspiraron a favor ensayos, cosas bien planificadas, que había que cambiar de estrategia, que la canción tenía un atractivo innegable, un sello inconfundible, que la puesta en escena fue la adecuada, todo eso era y sigue siendo válido. Y es respetable. Como no me cabe tampoco duda de que Adrián Villamizar es uno de los reyes vallenatos de canción inédita que más se han merecido alcanzar dicha distinción. Pero que Dios, así como así, “en medio de la adversidad”, haya logrado, por sí solo, el milagro, no lo creo, y me temo que nunca lo creeré. Es que siempre me ha parecido que utilizar a Dios para estas cosas no deja de faltarle a la humildad que en su nombre se predica. Quizá Rilke y sus “Historias del Buen Dios” tengan mucho que ver con estas impertinencias terribles que me gasto. Así que mis amigos, si lo son de verdad, me sabrán entender y perdonar.
 
Debo, pues, decir que no tiene presentación alguna que nuestro admirado Adrián Villamizar salga en defensa de dos maestros (como los llama), Klinger y Villa, que, según sus palabras, por ser Reyes Vallenatos, debieron tener preferencia y atención (no recuerdo que haya protestado igual cuando, en años recientes, no preseleccionaron en Valledupar al insigne compositor sabanero Adolfo Pacheco Anillo). Esas no son palabras del Ángel Bohemio cuyo poético vuelo acostumbro siempre mirar para no perder la ruta. ¿Qué pensará de esto nuestro amigo Joaquín Rodríguez Martínez, quien luego de haber amenizado el concurso de canción vallenata inédita del Festival Vallenato por allá en los años ochenta del siglo pasado, hasta lograr un segundo puesto con una canción injustamente destronada que aún se recuerda en el Valle, no ha vuelto a ser admitido en preselecciones estilo siglo XXI? Para no hablar de lo que pensaría yo mismo y concluirían tantos otros aspirantes cuyas canciones (ahora sí que lo comprendo mucho mejor) no han sido ni siquiera escuchadas o escuchadas “con atención” por provenir de seres desconocidos que, como en mi caso, no movemos una sola paja en pro de que nuestros cantos (ciertos y sinceros) reciban siquiera un empujoncito. Gracias Rey, gracias mil por aclararnos, ¡por fin!, a los simples mortales, compositores del común y hermanos de infortunio, que el Festival Vallenato, cuando olímpicamente nos ha discriminado lo que ha hecho es darnos el trato oprobioso que nosotros sí nos merecemos. Comprender desde hace algo más de tres años que en el Festival Vallenato no cabe hablar de ingenuidades, mucho menos de bondadosas y desinteresadas contribuciones al arte musical, me llevó a tomar la sabia decisión de nunca más inscribir una canción de mi autoría en sus apetecidas triquiñuelas, al menos no mientras permanezca intocable el statu quo que lo gobierna. ¿Las mismas reglas para todos? ¿Igualdad de Condiciones? ¿Jurados imparciales? Que responda, como sabe hacerlo, el senador Horacio Serpa…
 
Con tanta corrupción triunfando por ahí, es mejor ser Rey de la Nada en el Sinú que Rey en el marco de un Festival en el que pululan sabiondos engreídos, parranderos insufribles y poetas fraudulentos, y que no hace honor a la maravillosa tierra que lo cobija, como tampoco a auténticos artistas vallenatos que, más allá de la mediocridad del ego regional, sí le aportan a un folclor que aman, no sin reparos y siempre con soledad creativa y dolor existencial. ¿Cómo competir en igualdad de condiciones con “maestros” que se han especializado en ser convenientes y desmedidos anfitriones capitalinos del caché vallenato, como también en extremar la adulación hasta el punto de que terminan en “sus canciones” (evito explicar las comillas para no meterme en líos) siendo más vallenatos que los vallenatos, más villanueveros que los villanueveros, más patillaleros que los patillaleros, más sanjuaneros que los sanjuaneros, y así sucesivamente, dependiendo del lugar donde se encuentren? ¿Qué esperar de títulos como “Nace la leyenda” y “Que no se apague su canto”? ¿Más oportunismo rampante?, ¿más de lo mismo? ¿Cuándo se le cantará al Valle que no se conoce? ¿Cuándo carajo se cantarán sus miserias, sus contrastes, esa otra cara eterna y desapacible de la parranda vallenata? Y no solo ellos emplean la consabida fórmula: por desgracia, hay compositores sabaneros que, cuando piensan en términos de Festival Vallenato, apelan a idéntico facilismo.
 
De veras, ignoro qué habrá pasado con los susodichos “maestros”, qué circunstancias habrán sido modificadas para que los dejaran esta vez por fuera, pero… ¡ya estaba bueno! ¡Qué gran acierto el de los Daza (Edilberto y Juvenal),  Norberto Romero y Juan Segundo Lagos! No escatimo aplausos para agradecerlo en nombre de tantos compositores vilmente sacrificados durante tantos años. ¿Maestros? Recomiendo leer al escritor Fernando Vallejo en “El don de la vida” para que elijamos, en adelante, desechar la utilización de tan desprestigiado término, que lo está tanto como el de “Poeta”. En efecto, se acostumbra decirle poeta a todo compositor medianamente lírico que no trasciende el contexto romántico que lo carcome, como también a compositores comerciales que mezclan "palabras bonitas" en empalagosas melodías para enamoriscar a incautos.
 
¿Poetas? Poetas... Esenin, Mayakovsky, Rimbaud, Mallarmé, Hölderlin, René Char, Cohen, Novalis, Keats, Eliot, Juarroz, Pessoa, Cernuda, Vallejo, Sabines, Silva, Barba Jacob, Valente, José Emilio Pacheco, y hasta el ya citado Juancho Polo Valencia cuando (volvamos a decirlo) estuvo en lo Infinito. Autodenominarse como tal y fachendear en redes sociales son señales inequívocas de pandemia. Y así como difícilmente con espectáculos caros y lujosos -ajenos al mundo vallenato- se podrá salvaguardar la tradición, ni con canciones falsas y rutinas sin alma se podrán corregir los desafueros, ni con parrandas elitistas se podrá repotenciar el folclor ni únicamente en la tradición podrá explayarse la poesía, así tampoco se podrá evitar -mientras el gran engaño siga incólume su camino- que se siga confundiendo esta con cuanto cantico amartelado y pendejo se atraviese por ahí. Si el gran Festival que sabemos sirviera para algo, no estuviera el hermano musical en cuidados intensivos camino de la UNESCO. Y esto, en vez de representarle hoy a Adrián Villamizar el menosprecio de un sector de la Fundación que organiza y lidera el Festival Vallenato, debería significarle el profundo agradecimiento de una región a la que quiere inmensamente, y a la que él, quijote incansable de excelsa condición artística, le ha dado la brillantez de sus mejores años. En esto y en la unidad de investigación cultural “Placeres Tengo” está su más valioso y contundente aporte al campo de la “vallenatología”.
 
Ya el rey Germán Villa Acosta anunció que no se inscribirá más en el Festival Vallenato y que aguardará el Rey de Reyes para concursar por derecho propio. Buen ejemplo. Digno de imitar. Porque si la preselección de cada año debe reservarse para favorecer a reyes consagrados, a ilustres apellidos y a los treinta privilegiados que, por lo general, siempre repiten, habría que hacer entonces dos concursos de canción inédita cada año: uno para ellos, para los duros, para los pesos pesados del folclor, independiente de la buena o mala calidad de sus canciones, y otro para los sin tierra, para los desplazados de siempre, para los malos del paseo, donde me atrevo a vaticinar se encontrarían, no obstante, las canciones que hacen falta para oxigenar la flama de este malogrado folclor. De esta forma, las cosas estarían bien claras desde el principio y nadie se sentiría defraudado o pisoteado porque se le permite enlistarse mentirosamente en un concurso que no está diseñado para él, sino para quienes se consideran dueños absolutos de la verdad estética y poseedores sempiternos del mejor canto vallenato. En todo caso, piensa bien Germán Villa, eso sí es valorarse y permitir, además, que nuevos compositores puedan encontrar espacios expeditos para continuar esta dura e incomprensible tarea de vivir y de morir cantando. Ojalá cumpla su palabra, y que otros ganadores de años anteriores entiendan que es esta la verdadera razón para, CON GRANDEZA, no volver a llover sobre mojado.
 
Cierro entonces este nuevo y sombrío capítulo de mi decurso vallenato con el fragmento inicial de “Una estrella, una guitarra”, canción (sinuanato) de mi autoría que fuera finalista (quinto puesto) en el XXVIII Festival de Acordeoneros y Compositores de Chinú-Córdoba (noviembre de 2012).
 
Sin resentimientos, por favor.
 
“Adiós, adiós
Valledupar
todos los cantos con versos tallados 
que puso en tus manos      
la voz de mi tierra,
los despreció
tu Festival,
yo no te culpo pues sé que has llorado
porque le han sembrado
lucro a tu leyenda;
me voy, me voy
debo olvidar
no volverás a tener mi regalo
en cielo vallenato
no verás mi estrella,
he decidido dejarla en mi pueblo
luciendo abarcas, mochila y sombrero
ver su reflejo en cantos de verdad”.



FRANCISCO BURGOS A (FBA)
Abril 15 de 2014
 
ADENDA: Luis Alberto Prado Rengifo, compositor sahagunense, estará concursando a fines de mes en Valledupar (su canción “El valor de un artista” se encuentra entre las preseleccionadas). Como Rey del Festival Sabanero 2014 y ganador de muchos otros festivales, sabe bien donde ponen las garzas y qué hay que hacer para meterse en el cuento. Pero lleva, en todo caso, un buen canto, nada adulón y digno de su exitoso periplo festivalero. Cantar la triste realidad del compositor colombiano, al que ni siquiera la sociedad que dice protegerlo lo tiene en cuenta, le ha dado muy buenos resultados en distintos festivales. Para él, mi saludo y mi deseo de que le vaya bien en el Valle.             

miércoles, 26 de marzo de 2014


Ana Lucía Montoya Rendón
Hace 11 horas · Editado
CANTACLARO INVITA

TODOS INVITADOS, SERÁ UN GRAN PLACER SU COMPAÑÍA

Hoy, miércoles 26 de marzo de 2014,
...
Desde la ciudad de Montería, Departamento de Córdoba, costa norte de Colombia, invitados:

Los cantautores:

Joaquin Rodriguez Martinez,

Francisco Burgos A,

Daudet Salgado Brun

y, con ellos, ¡EL SINUANATO!

Éste, su programa "Cantaclaro Invita", de la Emisora el Mundo en Voz, es emitido a las 9:00 p.m., de Buenos Aires.

Horarios correspondientes en algunos países:

21 horas de Buenos Aires, Argentina.

7:30 p.m, en Venezuela

7:00 p.m. en Colombia

8:00 p.m. en Estados Unidos hora del Este.

6:00 p.m. en México.

El link de la radio es:http://www.elmundoenvoz.com.ar/

En la parte superior de la radio, deben elegir el sistema de reproducción que convenga a cada uno de ustedes:

- Winamp,
- Windows Media Player,
- Real Player,
- Quicktme,

NOTA:

Buscar en Google "hora actual en..." para ubicar el horario que corresponde al país en que estemos para hacer la relación con las 9 de la noche de Argentina.

https://www.facebook.com/events/607563209326631/
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CANTACLARO INVITA

TODOS INVITADOS, SERÁ UN GRAN PLACER SU COMPAÑÍA

Hoy, miércoles 26 de marzo de 2014,
...
Desde la ciudad de Montería, Departamento de Córdoba, costa norte de Colombia, invitados:

Los cantautores:

Joaquin Rodriguez Martinez,

Francisco Burgos A,

Daudet Salgado Brun

y con ellos, ¡EL SINUANATO!

Éste, su programa "Cantaclaro Invita", de la Emisora el Mundo en Voz, es emitido a las 9:00 p.m., de Buenos Aires.

Horarios correspondientes en algunos países:

21 horas de Buenos Aires, Argentina.

7:30 p.m, en Venezuela

7:00 p.m. en Colombia

8:00 p.m. en Estados Unidos hora del Este.

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NOTA:

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miércoles, 5 de febrero de 2014

UNA APOLOGÍA SILENCIOSA...

 

Me gusta el ruido. Aborrezco, por consiguiente, esas reuniones aburridas de estirados que, con música de fondo o a bajo volumen, intelectualizan la vida asumiendo poses y finuras detestables, viajantes fachendosos que gustan de restregarle a nuestro pueblerino encierro su trasegar por mundos imposibles, las insulsas hazañas, las calles y lugares donde han “sobrevivido”, el gastronómico privilegio que jamás probaremos. Y hablan con tanta jactancia y sofisticación delante de la ignorancia silenciosa que, así minimizada, se limita a escucharlos, que dan ganas de aceitar la máquina atroz de la fugaz rebeldía para darles un contundente garrotazo. Mucho más merecido cuando no se acuerdan del saludable pasado en el que hirvieron. Pero el ruido que me gusta no es bulla escandalosa sino mezcla portentosa de música y poesía, saudade y emoción, coraje y optimismo. Por eso, huyo cuanto antes de los familiares convites que rayan en lo mismo, de los insufribles cócteles donde el Arte se pudre; y por eso también, cuando un sábado a las 10 a.m. recibo de una vecina lejana el irrespetuoso pedido de bajarle el volumen a mi llanto, se me encienden de inmediato las ancestrales furias y, armado de mi cerveza inseparable, le increpo al cielo el atreverse a torpedear los recitales del averno.

 

Me pregunto entonces: ¿Qué hacer con tanto intolerante que más que amar al silencio lo que hace es perturbar su creativo y mundanal sonido? Tolerantes somos, por el contrario, nosotros, los hijos del Gran Ruido, que soportamos pacientemente el estrépito pueril de la pomposidad que duerme. Tolerantes somos nosotros que, en lugar de inyectarle al laborioso descanso algún petardo vía anal, optamos, con sabia discreción, por subirle el volumen a la apacible muerte. Pero la doble moral campea también en Colombia por los lados de muchas leyes inefables. Como la reciente de tránsito, que nos emborrachó a todos y nos culpó a todos por igual. Un país que financia el sistema de salud con alcohol y juegos de azar, y en el que la inseguridad reina por doquier, expone a conductores de motos y vehículos a quedar a merced de su variada oferta de delitos. Y todo, por unos cuantos tragos… Escucho en este momento el palpitar de una sombra citadina, de taberna en taberna, sabiéndose beber la vida sin concitar peligro. ¡Malditos esos vientos infames que no saben cómo conspirar en la ebriedad eterna! Libación solitaria, salva a tus ruidosos de la torpe alegría, líbranos de este pecaminoso país de mojigatos.

 

A esa vecina de un barrio de soberbios y encopetados en el Sinú tendríamos que echarla hasta de cementerios o camposantos, pues, de seguro, ni ahí dejaría a los pobres huesos tratar de ser felices. Ni siquiera en cercanías de sitios como esos o similares (nosocomios, psiquiátricos, iglesias, asilos y demás habitáculos por el estilo que se asocian indefectiblemente a un mórbido reposo), debería permitirse que residan esos individuos perversos que maltratan nuestro ruido, pues, de igual o peor forma, afectarían los oídos del cantarín silencio. Al menos en Sahagún, por los lados de su cementerio principal –donde la fiesta se rehúsa a morir–, no son para nada bien llegados.

 

Vuelvo a cantar a destiempo para recordar la melódica consigna: “Ruidosos del mundo: cantemos de consuno por el bien del silencio”. Y hagámoslo con música, con MÚSICA a todo timbal, y que un nojoda milenario retumbe más allá del policivo control de las polillas. Así pues, fumiguemos con notas, compases, acordes y punzantes letras a todos esos bichos macabros que pretenden que apaguemos nuestro verso. Algún día contaré las peripecias que me ha tocado padecer en diferentes ciudades de Colombia cada vez que mudarme ha sido inevitable. Desde entonces, una labor casi de espionaje realizo siempre que tengo que trastearme, porque “Don Pacho”, mi irreparable equipo musical, es el primero que entra a posesionarse de la nueva casa. De ahí que no cambie ni cambiaré nunca una “parranda” por la tertulia creída que luce lo que se come en las redes sociales, ni por una reunión de bendecidos voraces que toman vino importado mientras una musiquita soporífera les sirve de telón de fondo para parlar a nombre de la falsa y superficial decencia.

 

Tal como lo escribí alguna vez en uno de mis cuentos, “la vida es la misma en cualquier parte, solo que hay sitios donde duele menos”. Pero en todos (exuberantes o no, con progreso o atraso, paradisíacos o desastrosos) nace la muerte, se afeita la vida, se multiplican miedos, sestea la amargura. Horas y horas, días y noches van acercándonos a todos, vivamos como vivamos, al frugal desenlace. Es cuando agradezco a escritores como Pamuk en “Estambul” o a Fernando Vallejo en “Los días azules” que se hayan atrevido a contar crudamente sus vidas, a hablar de sus lugares sin tapujos, desnudando unas cuantas verdades necesarias. Algún otro día haré lo propio con mi Sinú amado. Qué cuento ese el de que para procurar universalidad e inmortalidad hay que olvidarse de la infancia, del yo, de la familia, de las frescuras inauditas, de los sueños que abortamos, del espacio vital donde, mal que bien, destruimos nuestro mundo por muy minúsculo o intrascendente que haya sido o todavía sea. ¿Hay acaso alguna humana diferencia, más allá del obvio y físico contraste, entre caminar por Madrid o París que hacerlo en el centro de Montería y pararse en toda la esquina de la calle 35 con Carrera 2ª cuando altavoces, vocingleros y golondrinas hacen de las suyas? Qué majadería la del hombre que se cree más o mejor en la medida en que más se distancia de su vulgar terruño.

 

Me quedaré en el Sinú toda mi vida (o lo que me resta de ella) como Pamuk en su Estambul, y me quedaré como soy, como no soy, con mi ruido pensativo, con mi indeseable tristeza, y sobre todo, con la levedad imperturbable de mi canto.

 

FBA                   

 

 

viernes, 10 de enero de 2014

Buen viernes. Dejo aquí el enlace de mi poemario "Cantando a Destiempo", publicado por PLEAMAR en 2010, ahora en versión 2014 (pdf).

Cantando a Destiempo...

"Buen provecho".

Saludos,

fba


 


jueves, 5 de diciembre de 2013

LA POESÍA DEL PODER O EL PODER DE LA POESÍA
(ponencia; a manera de reflexión)

PARA: I CONGRESO INTERNACIONAL DE POETAS DEL CARIBE –CONPALABRA– BARRANQUILLA 2013 (octubre 25 al 29)

Ejes Temáticos: ¿Es posible una revolución poética en el Caribe? El papel de los poetas y su compromiso con la paz de los pueblos.

POR: FRANCISCO BURGOS ARANGO (FBA)
Montería – CÓRDOBA – COLOMBIA
Octubre 15 de 2013

***

Creo, poderosamente, en la Poesía, con la misma intensidad que descreo de los poetas (incluyéndome). No de todos, por supuesto. Descreo, en especial, de los que se mantienen cazando festivales para posar como tales, olvidándose de que la diosa que los anima, cuya emoción dicen transmitir, no admite el culto al espectáculo que hoy día prolifera como un espantoso mercado cultural de mutuo elogio y recíprocos favores.

Y a la postre, está bien que así sea, pues trátese de quien se trate, la palabra de un poeta no es de fiar. Y lo sé por experiencia propia, en la doble calidad de víctima y de victimario. Pero pongámonos serios para admitir, al menos por esta vez, la necesidad de que transitoriamente, para un fin sublime, sí lo sea, pues la búsqueda humanitaria de la paz, amarrada a la obligación moral de procurarla a través de ejercicios políticos inéditos desde lo que somos y hacemos, es, en verdad, inaplazable.

Aquello tan renombrado de Hamlet vuelve a cobrar, una y otra vez, patética vigencia: “Ser o no ser, de eso se trata: si para nuestro espíritu es más noble sufrir las pedradas y dardos de la atroz Fortuna o levantarse en armas contra un mar de aflicciones y oponiéndose a ellas darles fin”. Y de esto también se trata: seguimos citando frases por demostrar conocimiento e ilustración, o estamos dispuestos a llevarlas a la práctica como se pregona desde que apareció en el mundo el fantasma de un famoso Manifiesto…

Y es aquí cuando una valiente y dramática obra pone a pensar hasta qué punto puede un poeta cruzar las fronteras de la poesía, involucrarse en cambios políticos y sociales significativos, y seguir siendo después, bajo la égida del nuevo régimen, POETA en todo el sentido de la fatal palabra, y no sumiso militante. “A plena voz” lo expresó Vladimir Mayakovsky antes de evaporarse por su propia mano: “… partí al frente dejando atrás los jardines de la poesía / hembra caprichosa /… reprimí mi canto / pisoteé la garganta de mi propia canción /… Mi verso llegará por encima de los picos de los siglos / por encima de las cabezas de poetas y gobiernos /… aparecerá tangible / tosco / visible…”.

Ahora bien, ¿comporta la poesía algún poder asombroso que pueda “utilizarse” para romper esquemas? Una “revolución poética” debe, a mi juicio, abrir el debate en varios sentidos: el primero de ellos, encaminado a ponerla al servicio del cambio social, sintonizándose así con el importante transcurrir paradigmático de las ciencias sociales en el mundo; un segundo momento, obligaría a adoptar su mirada revolucionaria teniéndose ella misma como objetivo y no la sociedad que, mal que bien, generalmente la contextualiza. Pero un tercer camino, sin sucios eclecticismos, me lleva a pensar en la posibilidad de disparar “una poética de la transformación” en sentido integral. Eliot marcó en su época un claro y contundente derrotero al ubicar en el lenguaje propio el óptimo legado del poeta, a la par de plantearse como reto el encontrar posibilidades nuevas para la poesía.

Y en torno a la paz, ¿qué podríamos argüir desde el corazón incorregible y penumbroso de la poesía? ¿Somos realmente poetas de paz y por la paz? Pienso en un joven poeta nicaragüense, de Estelí, ajedrecista e hijo de carpintero y educadora, que murió a temprana edad desafiando a plomo el régimen somocista. ¿Cuántos Leonel Rugama quedan aún en este planeta triste de invivibles tiempos? En todo caso, invencible será siempre la poesía que, sin proponérselo, puede llegar a transmutar el orden preestablecido, ambientando caminos insospechados de liberación a partir de revolucionarse ella misma por dentro.

La paz de los poetas… Intentemos un microcuento de esos que gozan de tanto prestigio literario, tanto o más que el epigrama en la poesía. Supongamos que “paz” y “guerra” no son antónimas, sino que la una basa su existencia en las inconsistencias de la otra. Agreguemos un viceversa. Ambientemos entonces una rápida conflagración y pongámosle también un ruido hostil que no ocupe más de media línea. Por último, un invierno que acabe con todo, mientras el protagonista se disipa mediante alguna ilusa y truculenta martingala…

Mal intento, sin duda; pero algo dice, algo bien fuerte sugiere. En definitiva, pensemos mejor en una poesía que se acerque a la política sin dejar de ser poesía; o, en otras palabras, una política que se acerque a la poesía sin corromperla. Es la política la que tiene que ser instrumento de la poesía y no al contrario. La educación, por su parte, debería aclimatar tan necesario sendero. Solo que en países de profundos desequilibrios como Colombia, termina siendo pensable y deseable que la poesía, en determinadas circunstancias, opere al servicio de la política, sobre todo porque la educación y la cultura no constituyen ni constituirán jamás políticas serias en gobiernos “democráticos” que amarran lo social a la expansión de un modelo económico que se encarga, inexorablemente, de profundizar lo contrario. Así las cosas, no es la poesía la que propiamente transformaría, sino la política, aportando de todos modos la poesía un  grano de confusa e inesperada arena.

Y vale la pena aducir aquí que no se elige ser poeta, que ser poeta no es algo que deba lucirse sin bochorno. En verdad, los afanes de la poesía no deberían ir más allá de sus pálidos límites, como no es posible advertir en su itinerario existencial recetas milagrosas para curar los males de la humanidad. ¿Qué sentido tendría cantar con plenitud a la vida, marginando de tal encantamiento la estética de la muerte? Melodías, letras, armonías y ritmos complementarios que son, finalmente, los que permiten que la poesía pueda trazar un horizonte vital aunque siempre contradictorio, aunque siempre ligado a la fatalidad de un desabrochado individualismo antropológico.

Jorge Boccanera, poeta argentino, al presentar su compilación “El poeta y la muerte” aterriza una inextricable verdad: “Vida y Muerte –Eros y Tánatos–, caras de una misma moneda implacable y severa. Espacios vitales del devenir del hombre que constantemente se confunden, como aguas de dos océanos cuyos límites nadie ha podido fijar”. Suceso mítico e inexplicable, “extensa laguna negra” en la que los poetas han encontrado, además, un efecto de lucha social, lucha de clases que ve su fin ante la significación igualitaria de la Parca. Calixto Ochoa, autor de infinidad de canciones exitosas que han engalanado el género musical conocido como “vallenato”, lejos del Valle e imbuido de música sabanera lo cantó de manera inmejorable en el tema que, en aire de merengue, tituló “El Esqueleto”: “entonces por qué razón hay tantas personas que se imaginan ser más que otras, / siendo que en el cementerio, después de muertos, todos valemos la misma cosa. / Se acaba la vida / se acaba el misterio / se acaba el orgullo y también la ambición, / el día que lleguemos al descanso eterno, allí no hay ninguna discriminación”. Sabiduría popular. Poesía elemental y desafiante que ya no se cultiva en una música que atraviesa hoy una terrible crisis, adobada, como está, de elementos monotemáticos, romanticones y sensibleros.

La poesía del poder o el poder de la poesía… ¡Brújula que muestra a un tiempo claridad y neblina! Tema inagotable y muy discutible. Como para tertuliarlo sin boatos, sin acomodos, y sobre todo sin prevenciones. De panfletistas está lleno el club donde se relajan los poetas pulcros y virtuosos. Un inescrupuloso lugar común hace del arte supremo, escenario de élites cultivadas poco o nada interesadas en llevar a la práctica sus febriles “conclusiones”, las cuales contienen, no pocas veces, mensajes ambiciosamente revolucionarios.

Que la poesía nos libre entonces de tantos autodenominados poetas que promueven sus fragancias narcisistas en redes sociales condenando el caos, la maldad y la irreverencia para mostrarse superficiales, bonachones y esperanzados. Quedémonos más bien con el espíritu tabernario del Shakespeare que nos advirtió  cuando abrasa la sangre, con qué soltura el alma presta promesas a la lengua”, pero quedémonos también con el César Vallejo que nos enseñó a morir “de vida y no de tiempo”, a “cambiar de llanto”, no sin exigirle “otro poco de calma” al Camarada.

Una poética de la transformación en sentido integral nos llevaría a considerar alteridades, a asumir el logro de la paz en contextos materiales más que formales, a despojarse de la veste farandulera de poeta para descubrir y perfilar la poesía en la sencilla cotidianidad del hombre que, pese a todo, azacanea, acostumbrado como está a callejear por victorias y fracasos. Un anhelo furtivo, enrevesado y para nada inocuo lo trasciende y persiste gracias, sin duda, a la mágica detonación que combina universo y soledad, localidad y grandeza. Así pues, el poeta no debe perder nunca de vista la intrínseca destrucción que lo acompaña.

Recordemos a Chesterton: “El poeta tiene que andar descontento aun por las calles del cielo: el poeta es el sublevado sempiterno”. Abriguemos entonces la esperanza, la dura, seca y radical esperanza de que el legado de Martí, Lugones y Darío, entre otros modernistas –considerados por Borges como auténticos Libertadores–, contribuya de alguna manera a renovar imaginarios y a explorar nuevos caminos de oposición creativa.

Concebir lo que Heidegger denominó –buscando en Hölderlin la esencia de la poesía–, “verdaderamente”, el campo de acción de la poesía y a la misma poesía, confiando al cuidado de los poetas la instauración de lo permanente, es decir, la poesía entendida como “la instauración del ser con la palabra”, “por la palabra y en la palabra”, confiere un poder con múltiples y mayúsculos retos. La poesía no es, pues, un adorno ni un mero juego inofensivo, pues conlleva, para proyectarse debidamente, riesgo y hesitación. Expuesto como está entonces el poeta, según Heidegger, “a los relámpagos de Dios”, UN NUEVO TIEMPO se anticipa en el rol intermedio del poeta, como intérprete solitario que debe encaminar hacia la verdad la voz de su pueblo.

Y en efecto, finalizo con un ruido inédito de mi propia cosecha: “No soy trágico / soy peligroso”.
 
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