VOLVIÓ EL FESTIVAL (PASEO)
Letra y Música: FBA
Enlace:
https://www.youtube.com/watch?v=iaRvJ1z-bgQ
Saludos desde el Sinú-Colombia.
FBA
ESCONCES Y DESTIEMPOS
(más vale nunca que tarde)
sábado, 2 de marzo de 2019
viernes, 3 de agosto de 2018
INVECTIVA
EN Mi Menor (Em)
Mi
Menor (Em): 11:15 de la
noche, domingo. Pienso en la poesía. Soliloquiar funciona a veces, así que a
dar lora, no importa la hora, me animo cacofónico. Más que pensar en la poesía
pienso en los libros de poesía (al menos en los que, en verdad, de alguna
manera la contienen). Recuerdo una conversación meses atrás durante una feria
de libros. No es buen negocio para editoriales, me cuenta la mujer que atiende
el estand de la suya, explorando yo la posibilidad de publicar con ellos alguno
de los míos. ¿Cuántos tiene?, ¿son todos poemarios?, pregunta ella interesada.
Respondo resignado y con algo de vergüenza irresponsable: ocho, son ocho
libracos inéditos que se suman a cuatro que medio autopubliqué hace tiempo, con
bastante intervalo entre uno y otro. Que si son poemarios (dudo en
admitirlo)..., ¡pues sí!, aunque hay dos que podrían calificar como poema en
prosa, o más bien, son prosas que juegan a ratos a ser poemas, una especie de
diario de calles y tiendas de esquina con ribetes hasta novelescos. ¿Y qué
piensa hacer con todo eso?, me pregunta no tan interesada. No sé, supongo que
quemarlo, lo que en versión menos romántica significa aplicarle el delete informático.
Si
Siete (B7): 11:50. Caigo en
la cuenta de que ni yo mismo (que intento con insistencia escribirla) soy
lector-consumidor de poesía. Lo fui alguna vez, en mis tiempos de estudiante de
Derecho, cuando frecuentaba no librerías jurídicas sino la “Continental” en
Medellín (la de la cuadra Primero de Mayo con Palacé, lindante con la Plazuela
Nutibara), hoy extinta, y siempre salía con otro libro de versos en el sobaco.
Recuerdo uno, de Leonard Cohen, que inconscientemente guardé para leerlo
treinta años después, y cuando, en efecto, lo hice, verifiqué que hay libros que
no deben leerse de inmediato, hay que darles tiempo, esperarlos o que nos
esperen, pues a ese coitar de infidelidad también le llega su momento. La Caja de especias de la tierra es uno
de ellos, jamás hubiera descubierto su estética de tempo lento y profundo
treinta años atrás. A Flores para Hitler,
adquirido también en aquellas
calendas, no le ha llegado todavía su hora. Maravilloso saber que Leonard murió
en 2016, activo, octogenario, y canciones y libros suyos continúan viviendo sin
él como si nada.
La
Menor (Am): lunes de
desvelos, deben ser como las dos de la mañana, qué me estará pasando, ni pizca
de sueño, me acuerdo de un libro de Carlos Castaneda (¿será cierto eso de que
mutó de Castañeda a Castaneda porque su máquina de escribir no tenía eñe?), Relatos de poder, que enseñaba a detener
el diálogo interno y a evaporar personas (sobre todo enemigas; con este método,
a una horrible y acosadora jefe de oficina logré desaparecerla de mi vista), al
igual que de unos ejercicios mágicos, los pases de la tensegridad que, con
garras de águila, practiqué fructíferamente durante los años que viví en La
Caterva. ¡Ni modo!, hoy no me sirven de mucho, me sigue la pensadera, despiertos como están ahora en mi cabeza los festivales
literarios, en especial los de poesía, en auge por estos meses, con todo el
amiguismo que los caracteriza. Pero en lo que realmente pienso es en los pobres
muchachos de secundaria obligados por sus profesores a asistir a esas lecturas
poéticas por lo general intrincadas y tediosas, de gente adulta y extravagante
(pésimos lectores de poesía casi todos) a la que tienen que escuchar impelidos
hasta por notas y tareas. Entre esto y lo de aquel cura pando del colegio
abiótico, despótico y traumático en el que estudié primaria y bachillerato no hay
mucha diferencia. Misa a cada momento y en pie, en el amplio salón donde, vaya
paradoja, también se hacían los recreos. ¿Misa y poesía será que son lo mismo?
No decía acaso un premiado poeta colombiano que la poesía, para no ser
retórica, debe ser una oración... Hago un gesto de nahual y espanto este
pecado. Me perdono por tener que preguntarme entonces qué sería de esos
festivales y del dinero estatal que se destina, vía concertación, a ellos, sin
ese público juvenil que sirve para cumplir requisitos y con el que, a falta de
presos y de ancianos, se llenan o rellenan los espacios culturales. Esto del
registro fotográfico se presta para todo. Hace un tiempo fui con mi compañera
de enredos sentimentales a un evento literario en condición, ambos, de asistentes.
Ella, que detesta las fotos más que yo, fue pillada por una cámara al servicio
de estas exigencias oficiales, y tres o cuatro años más tarde vimos la
susodicha foto divulgada como prueba de un evento posterior del mismo círculo.
Do
Mayor (C): 3:17 a.m.,
buena hora para leer a Leopardi (¡sí!, mentí, todavía leo poesía). Lo hago
ahora en un juguetico nuevo, una Kindle paperwhite de Amazon para leer libros
electrónicos. Toca modernizarse un poco, pues las librerías (como ocurrió con
los almacenes de casetes, elepés y compactos) van en descenso, y la oferta de
Internet (quitando la basura, que es mucha) supera en todo caso el inventario
de las que han sobrevivido a la era digital (al menos en este calamitoso país
de la felicidad en el que habito). El mundo virtual llegó para quedarse. Eso
creo, aunque a estas alturas de la noche conviene no creer en nada, el mundo
virtual también desaparecerá, mucho más rápido que su opuesto, y quién sabe en
qué comunidad primitiva terminará sus días la especie humana creyéndose con el
derecho de subsistencia ni en qué planeta deshabitado podrá otra vez
multiplicarse. ¿Qué haces, luna, en el
cielo? Dime, ¿qué haces silenciosa luna? Minado por distintas enfermedades
desde niño, y aquí está otra vez Leopardi advirtiéndonos que es funesto a quien nace el nacimiento. ¿Habrá
luna en dos mil años más?, le pregunto al poeta, pero ni él ni la luna me
responden, y esta, cabeceando en el cielo, parece haber sido tocada por la
naturaleza mortal que nos consume.
Re
Mayor (D): cuatro y doce,
un libro real, físico, de papel, quizá ayude a conciliar el sueño. Ojalá un
libro duro, cortante, peligroso, en el que la soledad y el desarraigo conversen
con la muerte (Lejos de Roma valdría
la pena releerlo, si no fuera porque otro escritor atípico, Mario Levrero, me
dispensa desde hace días una luminosa vacuidad). No tengo remedio: lo alegre me
deprime, lo triste me da aliento. Algo debo tener por dentro (algún circuito
defectuoso) que no he logrado nunca que funcione bien. Pizarnik, Bolaño, Auster
y Beckett están también al alcance de la hamaca, de este lecho colgante donde
duermo (dormir es un decir), aunque velar es otra forma de dormir, quien piense
lo contrario no sabe ni un ápice de estas cosas, no ha pasado largas noches de
insomnio contemplando los poderes secretos de la oscurana, elijo al azar,
prendo la lámpara de pie (me tropiezo de refilón con Felisberto Hernández,
nadie encendía las suyas me recuerda) y las cinco historias de música y
crepúsculo de Ishiguro terminan en mis manos. La música, siempre la música. Mi
compañera de miedos duerme con placidez en su cama individual, dormir separados
a lo mejor nos ayude a sofocar, tarde o temprano, ausencias dolorosas…
Sol
Mayor (G): amanece, y un
pensamiento trasnochado anda a la deriva. Pienso de nuevo en la poesía, o más
bien en esos extraños estudiantes que sí podrían sentirse receptores, no
justifica ello sin embargo el querer embutir poesía a diestra y siniestra
accionando su pompa sin reparos, ese cuento absurdo de dizque democratizarla y
expandirla, esos festivales debieran acabarse, lo mejor que puede pasar con la
poesía es dejarla quieta, lejana y en silencio, permitirle copular intranquila
con sus perversos amantes solitarios. Su mejor público se parece bastante al de
aquel lugar vacío, en una universidad del Caribe, donde Aníbal Tobón y yo
estuvimos, y en el que gracias a la desprogramación del evento nos salvamos de
leer nuestras penurias. ¿Vestirse de poeta tendrá alguna justificación? La
poesía es sencilla (entiéndase, por favor, sencilla)
y cotidiana, y el poeta no necesita disfrazarse de poeta para serlo, eso me
digo mientras llegan a mi mente ciertas vestes, sombreros, túnicas, barbas y
ademanes, algún día me vestiré como tal, eso supongo, es posible que ya lo haya
hecho y no me acuerdo, si bien mis pintas poemáticas, el pelo largo y otras
rebeldías, me asemejan más al sol de la insurgencia. Y no estoy pensando en
esta naranja que ya veo, que empieza a castigar desde el oriente la piel de mi
ventana. Para mí el sol es oscuro y tormentoso. No podía faltar la estólida
pregunta: ¿la poesía sirve para algo? ¡Sí!, si sirve. ¿Para qué? No sé. Y
punto. No jodan más con eso.
Si
Siete (B7): 10:40 a.m.;
acorde transitorio para irme levantando. Debo despertar lo antes posible de
esta vigilia sospechosa, sobre todo porque aún no salgo de este cuarto a
degustar el tinto mañanero.
Mi
Menor (Em): postmeridiano;
en definitiva, este aparatico electrónico me tiene sorprendido, liviano y
funcional, hasta permite resaltes, subrayados, recortes y anotaciones. Pero un
primer problema se aproxima: ¿cómo reemplazar la figura del ojo y el número
variable de pestañas con que registro mi paso por las frases que considero
importantes en los libros? No me desanimo, un emoticono debe haber por ahí para
ese uso. Quiero, además, seguir leyendo libros de carne y hueso que se puedan
violar o consentir. Y es cuando salgo de la hamaca maldiciendo a mis ocho
poemarios digitados, con la intención de preservar al mundo de las flores
amargas que contienen.
FRANCISCO
BURGOS ARANGO
(FBA)
martes, 23 de enero de 2018
DILEMA moral, amoral y hasta contra la
moral si así lo prefiere alguien definir. Pero dilema al fin y al cabo. Como
para meterse en camisa de once varas. ¿Qué es lo que se elegirá en Colombia el
11 de marzo de 2018? Nada más y nada menos que a un puñado de colombianos (268)
que aspiran a ganarse más de treinta millones de pesos mensuales entre sueldo
básico (faltando incremento salarial 2018), gastos de representación y prima
técnica, y acceder también a privilegiados beneficios como: primas especiales
de julio y diciembre, prima de localización, régimen excepcional de
prestaciones y de pensiones, planes de telefonía móvil, camionetas blindadas,
transporte regional, pasajes aéreos nacionales en clase ejecutiva, contratación
de asesores, turismo internacional, vigilancia policiva, escoltas por cuenta
igualmente del erario, cuantiosa incidencia en melosas inversiones, maniobras
clientelistas y no sé qué otras perlitas del país corrupto que nos gastamos.
Y los colombianos somos tan pendejos que los elegimos para
eso. El solo aspirar me parece de una indignidad absoluta si nos acordamos de
la iniquidad que pesa en muchos aspectos sobre una república que en realidad
nunca se independizó ni ha sido capaz de superar sus sociales contradicciones y
violencias enfermizas.
En lo particular (para no mencionar casos mucho más
aberrantes y masivos pegados al desempleo, a la informalidad, al rebusque, al
salario mínimo que ni siquiera es mínimo y al tener que trabajar incluso a
cambio de salarios irrisorios y humillantes), recuerdo que a los funcionarios
del Ministerio del Trabajo (la casa del trabajo dizque digno y decente, el “ejemplo
por seguir”) les tocó acudir el año pasado a un paro de 42 días para medio
empezar a dignificar los salarios de inspectores y demás funcionarios de otros
niveles mal remunerados, y todavía es la hora que ni la astuta Ministra ni el
dichoso Congreso les han cumplido a los trabajadores de la citada entidad. Lo
que debía empezar en enero quedó pendiente a ver si en marzo, “en pleno ajetreo
electoral”, se puede por fin aprobar, incluyendo los micos propios de las
trapisondas politiqueras que le colgaron al proyecto. Y hay sindicatos torpes e
ilusos que les creen.
Sabemos que nada va a cambiar por más que queramos apoyar a
alguien capaz y honesto que consideremos podría merecerse nuestro voto. A lo
sumo le ayudaríamos a esa persona a mejorar (en forma ostensible, mucho más de
lo ética y comparativamente aceptable) su situación económica. En el utópico
caso de salir electo, ¿qué podría lograr un sujeto así en un escenario como
ese, en el que imperan las oscuras mayorías y las bancadas totalitarias? O se
aísla para preservarse o se corrompe para lo mismo, y cuando más, en el primer
caso, lo veríamos flameando uno que otro discurso televisado para ganar
opinión, a sabiendas de su esterilidad en términos prácticos. Quizá le sirva
para reelegirse más tarde. En todo caso, más grave sería votar para pagar
favores o por pretenderlos. Y mucho peor si se termina votando por aspirantes
de extensa fortuna y con apellidos de esos que han dominado a este país durante
siglos. Verdad de Perogrullo agregar que las mafias electoreras y los
liderazgos barriales que mueven los votos a punta de billete sí que saben hacer
sus cosas, se trata de un malvado sistema que funciona casi a la perfección y
los que tienen con qué aceitarlo van a la fija. Porque no es cualquier cosa lo
que persiguen. Llegar al Congreso y sostenerse en el negocio de lo público
garantiza no solo poder recuperar con creces lo invertido vía reposición de
votos y a través de otras actuaciones non sanctas, sino acumular, además, mayor
riqueza afianzándola en el sector privado.
Así pues, ¿qué hacer entonces? ¿Algún Lenin por aquí?
Digamos, para no ser del todo pesimistas (pesimismo que tal vez sirva, por
fuerza de paradoja, para que la gente reaccione siquiera contra él, mucho más
que si optáramos por predicar ilusorios avances de cultura política y
ciudadana), que por algo se empieza, que habría que intentar llevar al Congreso
a personas con sólidos principios y visiones distintas, que hay valiosas
excepciones, que no votar tampoco conduce a nada…
Solo que el dilema persiste y debe resolverse en función de coherencia
y dignidad. No solo por lo nugatorio de tal propósito en un país que ha viciado
tanto la democracia como el nuestro, sino porque habría que implementar primero
reformas profundas y radicales que reduzcan el poder legislativo a sus justas
proporciones. Votar, en las actuales condiciones, por alguien (por muy bien
intencionado que se muestre) que en caso de ganar legitimará, quiéralo o no, el
vil desequilibrio reinante, me parece (para el caso del voto limpio, libre, autónomo,
de opinión y sin militancias partidistas) estúpido y contradictorio.
A menos que el voto en blanco, de opinión o de castigo nos
depare sorpresas agradables, el 11 de marzo por la noche presenciaremos el sainete
mil veces repetido. El monstruo sabe asegurar su supervivencia, sabe
mimetizarse y renovarse de mentira. Hasta fraguarse oposiciones para impedir
que verdaderas oposiciones puedan pelechar. A estas últimas, si no se las
traga, las neutraliza.
Cuestionable resulta igualmente (y no por las razones ya
manidas de la extrema derecha colombiana, experta en meter miedos baratos para
que nada cambie, así hablen de crisis y de cambios para medio justificarse) que
la cúpula fariana termine
regodeándose en lo mismo, y sin depender en su estreno institucional de
votación alguna. Entiendo por supuesto la dinámica de los procesos políticos y
de solución de conflictos armados como el que aún se vive en Colombia, pero no
habla muy bien de quienes argumentan vías de cambio social significativo el acabar
conformando una corporación desprestigiada y repleta de privilegios, de esos
que, como diría mi padre en un poema memorable, “desbordan al peatón y fertilizan
sus angustias”. Tantos años de lucha, tantos muertos para eso… Inaceptable, y
lo digo desde el corazón de lo perdido.
Respeto y aprecio el valor de algunas candidaturas, sé que es
preferible que en un Congreso como el colombiano existan voces disonantes a que
todos hablen el mismo lenguaje de continuidad y cinismo. El problema es que el
solo hecho de aspirar me parece, como ya lo dije, oprobioso. Son tan
conscientes algunos de ellos de la magnitud injusta y exagerada de los beneficios
que implica, que han prometido desprenderse de unos cuantos en caso de ser
elegidos. Me parece bien. Pero mejor sería no estar en la contienda electoral
ni afincarse en partidos y movimientos de historia dudosa, sospechoso presente
y desesperanzador futuro. Por otra parte, desconsuela también saber que en
listas como la de la decencia hay reconocidas indecencias. Estamos jodidos por
todos lados. Ni derecha. Ni izquierda. Ni los centros que pretenden acercarlas
a través de mañosas coaliciones. Y los pueblos feriando el poder del voto sin remordimiento
y sin escrúpulos.
Las Presidenciales pintan un tanto diferente. Hay algo en el
ambiente que las está moviendo de manera extraña. Habrá que estar muy
pendientes de lo que acontezca de aquí a mayo. De pronto, ¡esta vez sí!,
nuestro voto se necesite y pueda ser determinante.
Por lo pronto, finalizan treinta días por fuera de lo laboral
que he aprovechado para hacerme acompañar de música universal como la del
yarumaleño Carlos Palacio, y de libros como: las conferencias sobre el tango de
Borges, Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas, la trilogía de Escenas de
una vida de provincias de Coetzee, la poesía completa de Pizarnik y el
Otromundo de Gelman, El maestro de esgrima de Arturo Pérez-Reverte, El año de
la muerte de Ricardo Reis de Saramago y Lejos de Roma de Pablo Montoya (que
terminé de leer anoche, ¡tremendo libro!; prosa poética, más que novela, en la
que la mitología, la historia, la poesía, la imaginación, el amor y el
desarraigo se entrelazan bellamente). Días que alcanzaron hasta para empezar a
recorrer La ciudad antigua de Fustel de Coulanges y aproximarme a Los Celtas de
Henri Hubert. Cuatro libros más espero
tener pronto en lista de lectura: El pintor de batallas de Arturo
Pérez-Reverte, Una casa para siempre de Enrique Vila-Matas, Los derrotados de
Pablo Montoya y La lluvia en el desierto de Eduardo García. Difíciles de
conseguir, pero voy tras ellos.
Me excuso por la impertinencia de relucir lo anterior, empleado
solo para preguntar qué sería del mundo sin música y sin libros. Volveré, pues,
a los rigores mal retribuidos del ruido del trabajo, con la esperanza de sacar
tiempo para proseguir la escritura de mis propios libros e intentar publicar
alguno de ellos antes de que se vaya este año que ya cogió carretera.
Tiempo de elecciones. Tiempo de repensar la vida y el país en
que callamos. De atrevernos a sopesar las verdades de un mejor destino, de dejar
atrás un parlamento de sinsabores, de abandonar el absurdo partidismo, de
torcer el curso de una tragedia que se creyó demócrata y republicana. Para que,
en lugar de patria te adoro en mi
silencio mudo y temo profanar tu nombre santo, decir como Ovidio, lejos de
Roma, que la patria es una aldea desolada
sobre la cual gira un viento sin nombre y sin rumbo. Y acunarlo de tan hiriente
forma que sea posible aprender a transformarla.
Me despido. Y por favor: si votan, que, al menos… ¡no sea tan
mal!
FBA
lunes, 8 de enero de 2018
HAY MUERTES ajenas que terminan doliendo
como propias. En especial, si se trata de un poeta (de uno bueno) y si te
enteras de su prematura muerte la tarde de un pesado y silencioso domingo de
enero: un año, ocho meses y diecinueve días después…
Aunque lo
tenía de algún modo olvidado –luego de haberlo leído con relativa abundancia–,
algo que estaba leyendo de Enrique Vila-Matas sobre el síndrome de Bartleby me
llevó hoy a pasar de nuevo por su Web, en pos de noticias alentadoras, pues
hasta hace solo ciento ochenta minutos este poeta de origen brasileño, de
padres españoles, radicado desde niño en España, seguía, para gloria de mi
ignorancia, vivo, ¡muy vivo! Y es cuando me entero de que el poeta EDUARDO GARCÍA murió en
Córdoba-Andalucía-España el 19 de abril de 2016, debido a un cáncer de páncreas
que interrumpió su fértil arribo a los 51 años.
En
realidad, qué ajeno va a ser un poeta que logra en verso y en prosa horadar virtualmente
el alma de eventuales y desconocidos lectores que, allende fronteras,
terminan acomodándolos (versos y prosas) en el rincón más apreciado de lo
ignoto. Una amistad como esa, sin apretón de manos, sin abrazos
convencionales, sin saludos académicos, sin contextos físicos, sin conversaciones
rutinarias, llega a ser más poderosa que cualquiera de las que el mundo real
prodiga tanto como cercena. Difícilmente morirá de veras un poeta que queda tan
arraigado en el acervo de nuestras preferencias poéticas y literarias. Solo
que cuando un gran poeta muere, algo igualmente grande perece en quienes
cifran la seguridad de su existencia en la necesaria inmortalidad de quien la
nutre.
Aún conservo su cálida respuesta a
un correo electrónico que, sin esperanza de ser atendido, le envié el 25 de
diciembre de 2008, solicitándole información sobre su libro “Escribir un
poema”, interesado como me encontraba (y me encuentro todavía) en adquirir un
ejemplar del mismo. Otro domingo, el 28 de diciembre de 2008, recibí su
epístola electrónica: “Estimado amigo: Muchas gracias por el aliento. Se
agradece que alguien al otro lado del mar se interese por mi obra. Esta
complicidad entre distantes desconocidos es un don que hay que agradecerle a
la poesía… Es un modo, precisamente, de ‘saltar el charco’. Soy
latinoamericano de nacimiento y siento el océano como una brecha editorial
–rara vez nuestros libros logran llegar a los lectores del otro lado– que
Internet nos permite salvar. Un cómplice saludo”.
Y casualmente, otro domingo, el 4
de octubre de 2009, divulgué en mi blog Esconces y Destiempos su poema “Al
fondo de la escena”, bastante cercano a mis textos sobre rituales hogareños.
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AL FONDO DE LA ESCENA
He cruzado el umbral. Estoy en casa.
Después del frío, el viento y los veranos
he venido. Saludo a los objetos
con un suspiro grave y respetuoso.
La sala decorada con flores que parecen
desplomarse carnívoras sobre los comensales.
He ocupado mi silla. Alguien comenta
el precio escaso de la vida humana
en un país remoto y las noticias
dejan caer promesas de un futuro
que merezca la pena. La mujer
me sirve una sonrisa.
El hombre habla con ella como quien acaricia
un sueño que se hiciera cotidiano.
Bajo el mantel los niños se pelean.
La sal. El pan. La mesa como siempre:
cada cual en su sitio, absorto en la tarea
de ser el personaje que la trama
dispone.
Así, ya ves, somos felices.
Ignoramos que un día la ausencia de la madre,
esa silla vacía, inconcebible,
hará que el niño aquél –al fondo de la escena–
escriba estas palabras.
He cruzado el umbral. Estoy en casa.
Después del frío, el viento y los veranos
he venido. Saludo a los objetos
con un suspiro grave y respetuoso.
La sala decorada con flores que parecen
desplomarse carnívoras sobre los comensales.
He ocupado mi silla. Alguien comenta
el precio escaso de la vida humana
en un país remoto y las noticias
dejan caer promesas de un futuro
que merezca la pena. La mujer
me sirve una sonrisa.
El hombre habla con ella como quien acaricia
un sueño que se hiciera cotidiano.
Bajo el mantel los niños se pelean.
La sal. El pan. La mesa como siempre:
cada cual en su sitio, absorto en la tarea
de ser el personaje que la trama
dispone.
Así, ya ves, somos felices.
Ignoramos que un día la ausencia de la madre,
esa silla vacía, inconcebible,
hará que el niño aquél –al fondo de la escena–
escriba estas palabras.
EG
Pues
bien, me entero también hoy, este domingo de abulias y quimeras en el que
estreno la noticia de su muerte, que un libro con toda su obra poética,
titulado “La lluvia en el desierto”, se encuentra circulando desde marzo de
2017. En medio de todo, no deja de ser admirable que lo que has escrito durante
veintiún años (1995-2016) llegue, después de tu muerte, a prolongar tus días… Seguramente,
él mismo lo hubiera hecho, de haber podido acumular más años.
Así que
si alguien viaja a Sevilla o a Madrid, por favor avísenme, a ver si puedo
conseguir todavía, en El Olivo Azul, “Escribir un poema”, y obtener, además,
con ayuda dadivosa y terrígena, “La lluvia en el desierto”.
En junio de 2010, en mi libro “Cantando a Destiempo”, incorporé el siguiente texto dedicado al poeta Eduardo García… Nunca se lo mandé. Pero debe estar leyéndolo ahora, en ese lugar privilegiado donde la nada del mundo se reencuentra con su otra mitad.
Voy
hacia ti. Si algo de verdad me espera
Ahí
llegaré. No seré el primero ni el
Segundo
pero tampoco el último.
Hay
poetas al otro lado del mar
Que
me acompañan. Cada uno
En
lo suyo y en lo tuyo. A izar velas
Se
dijo. A empacar malestares
Por
si acaso.
Voy
hacia ti. Dejo distancias y temores
Del
pasado. Caminante sin rumbo
Recupero,
palmo a palmo, el horizonte:
Porto
algarabía sin el favor del viento.
Se
oyen cada vez más lejos las voces
Del
ocaso. Pero en las antípodas
Crece
la sed del todo, las palabras no se
Usarán
más nunca sin peligro.
Una
nueva vida nos espera llena de
Ritmo
y contundencia. El límite resbala.
La
agresividad no duerme. Voy hacia
Ti
soñando con muros de colores,
Destiempos
que se juntan. La emoción
Concita
rebeldías, la elegía recibe
Incandescencias.
El tiempo se apresta
A
consentirnos y hasta en las postrimerías
Se
advierte algún futuro.
Voy
hacia ti con mi cuota de nada
Y
de silencio, la elección del fracaso
En
la poesía, su inutilidad al servicio
De
la muerte. Si descendí a los infiernos
Tengo
derecho a retomar tu ruta
Romper
el verso con la belleza
A
cuestas, sin perfección ni formas
Loar
esta aventura.
Poetas
del futuro que reptan y develan
Con
los fusiles del canto. La intuición
Les
sirve de reflejo mientras Vallejo
Dispara.
La utilidad del verso se siente
En
las entrañas, entrañas que al dolor
No
alaban, melancolía donde el lenguaje
Empuja,
transformándose en luz
Y
salutación de la metáfora.
Voy
hacia ti imaginando prisiones
Y
revuelos. Hacia ti, vida que encantas
Pero
también doblegas, buscando tus
Imágenes
con ahínco, sembrando las
Utopías
del vértigo en tu ardor de
Periferia.
Simbolismos y visiones
Presuponen
la fiesta. Es hora de
Soñar
en voz alta dice el poeta y yo
Lo
sigo, lo sigo con mi escolta de
Sobras
y fantasmas.
FBA
Enlaces
para acceder a la Web del poeta Eduardo García y a dos de sus poemas en su voz:
martes, 3 de octubre de 2017
UN RÍO… CASI… DE
LO MISMO
Una
feria de la lectura en Montería será siempre una buena noticia. O eso todavía
creo. Asistí al lanzamiento de “Un río de libros 2017, II Feria de la Lectura
de Montería” con la esperanza de encontrar una programación oxigenada, que
girara alrededor de otras voces, de otros mundos, hermanada incluso con otras
desolaciones y tristezas.
Al
llegar al Salón Bombardino del hotel GHL la noche del 29 de septiembre de 2017
recibí el primer impacto de decepción. Una ojeada al programa de este año –que
me acababan de entregar– extirpó de inmediato mi optimismo.
Mientras
me sentaba al final de un auditorio concurrido la pregunta inevitable fue
acomodándose igualmente en mi atolondrada cabeza: ¿a qué juegan los gestores
culturales? Ir a la fija, repetir hasta la saciedad temas y personajes, ¿es eso
acaso “hacer cultura”?
Mi
buen amigo el escritor sahagunense Julio César Pérez Méndez decía hace unos
años que la cultura en Sahagún se encontraba secuestrada. Y eso ocurría en
Sahagún, nada menos que en la que se precia de ser la ciudad cultural del
departamento de Córdoba. Pues me temo que en Montería está pasando igual. Allá,
por obra de politicastros, contratistas y otras pestes; acá, por una mezcla de
discurso político machacado (el mismo que se avergonzaba de nuestro Pueblo Pescao cuando paseaba por lo que
hoy es la Plaza Cultural del Sinú con los turistas), elite que gusta de
frecuentar sitios elegantes o donde el arte escenifique su exquisita distancia,
y un puñado de creadores cordobeses al parecer inamovible.
Debo
mencionar (antes de que me lluevan dardos venenosos) que algunos de los
repitentes locales me merecen el mayor de los respetos; como, por ejemplo, el
doctor Álvaro Bustos González, a quien siempre será grato y edificante
escucharlo disertar o conversar. No menciono a nadie más de los cercanos para
evitarme líos (ni incluyo ni excluyo, y así cada quien sabrá dónde ubicarse).
Dejo, pues, la puerta abierta, caben en mi rincón del silencio otros nombres
que me simpatizan. Si son mis amigos o me aprecian (como yo a ellos), sabrán
perdonarme la omisión.
En
cuanto a los de afuera, voy al grano. ¿Cómo es posible que Alonso Sánchez
Baute, que protagonizó un pésimo y aburrido conversatorio con Carlos Marín
Calderín el año pasado (sobre cómo Ricardo Palmera y Rodrigo Tovar terminaron
convertidos en Simón Trinidad y Jorge Cuarenta, en el que desfilaron también
sus recuerdos amistosos en el Valle de Upar y su identidad sexual), vuelva a
esta segunda versión de “Un río de libros” con tres (3) presentaciones? Dizque
a tertuliar con estudiantes sobre el oficio de la escritura, de su relación con
la ficción, la realidad, los personajes y la lectura. ¿Más del mismo bodrio
acaso? Y horas después lo tendremos al lado de directores de bandas conversando
sobre el porro y sus amenazas, teniendo como telón de fondo su regularcita
telenovela “La luz de mis ojos”. Pero como si fuera poco, estará al día
siguiente dirigiendo un taller para jóvenes titulado “Escribir con las tripas”.
¿Con las tripas? ¡Mierda!, qué vaina tan peligrosa en manos inadecuadas. Pobres
estudiantes, pobre porro, pobres jóvenes. Dioses tutelares del Sinú, líbrennos del bien (y de él) en “Un río
de palabras 2018” .
Observo luego, siguiendo la programación del evento, que Alberto Salcedo
Ramos volverá a hablarnos del Caribe. “¿De qué hablamos cuando hablamos del
Caribe?” es el título de su novedosa charla. Recuerdo entonces que el año
pasado se leyó poéticamente el Caribe, se señalaron las características
literarias del Caribe colombiano, y hasta el propio Salcedo Ramos, abordando
los universos de Diomedes Díaz y de Kid Pambelé, se refirió a la cultura
popular de nuestro Caribe tan cacareado. Como que no les bastó a los
organizadores. Llegué a pensar que contaríamos con Haruki Murakami en calidad
de contertulio, pero en su lugar, empeorando las cosas, otra pregunta
inquietante se enquistó peligrosamente en mi cerebro: ¿se programan estos
eventos en función de mantener vigentes ciertas chácharas y a los oficiantes
que viven o se lucran de ellas?
Y saltando de auditorio a pasillo, Alberto Salcedo Ramos conversará con
Adolfo Pacheco Anillo (que valga la rima). Show de cierre. Cuento, canto,
alguito del Gabo, las historias mil veces contadas en cuanto escenario se
atraviese. Pienso en algo tormentoso: si no es suficiente con escribir, cantar
y componer, si no es más importante el arte que el artista, si es necesario
soltar el mismo disco en todos lados… Mientras tanto, cancionistas de nuestro
Sinú menos privilegiados o con menos suerte (no menciono sus nombres para
evitarles molestias), con una carga lírica y poética de extraordinaria valía,
permanecen anclados en el olvido, no obstante mantener su capacidad creativa
intacta y contar con una obra inmensa en mora de ser conocida. ¡Cuántas canciones
inéditas, acopladas al arte y no al comercio, sufriendo el amargor del
abandono!
Me devuelvo en el programa y arribo a otro tema interesantísimo, nunca
antes visto: los 50 años de los “Cien años de soledad”, el Caribe de Gabriel
García Márquez. Más preguntas acechando: ¿es otro Caribe el de Gabo?, ¿hay
varios Caribes colombianos?, ¿se dirá algo distinto de lo ya expresado en un
Festival de Literatura reciente y en otros espacios similares? Sin demeritar el
peso de la efeméride, no dejo de pensar en que lo trillado termina por sepultar
lo pretendido. Su conferenciante, Alberto Abello Vives, sabe sin duda del tema
(lo recuerdo hablando de aspectos afines en un festival nacional de cultura de
Sahagún). Empero, ¿no ocurrirá lo mismo que con la conferencia de Pablo Montoya
el año pasado (“¿Para qué la literatura?”), quien leyó el misto texto leído en
la celebración del décimo aniversario del Programa de Literatura Virtual en la
Universidad Autónoma de Bucaramanga el 16 de mayo de 2016? Las mismas conferencias
cambiando de salones y paredes. ¿Será ese el destino de los escritores
exitosos? ¿Repetir y repetirse, con aire farandulero, en pos de aplausos,
dinero y felicidad?
El tema periodístico no podía faltar. Nombres y apellidos que estuvieron
en 2016 aflorando su preocupación por la crisis del periodismo y de los medios,
vuelven esta vez al mismo tema, en relación ya con las redes sociales. Dos de
sus conversadores en 2016 son hoy moderadores de eventos en la nueva
programación. Y al tema periodístico se le suma la “confesión” (así se publicita)
de un polémico periodista de la región en torno a asuntos íntimos, entre los
cuales se resalta uno socialmente urticante: su cercanía con Carlos Castaño.
Parece que no tuvimos tampoco suficiente con Ricardo Palmera y Rodrigo Tovar en
2016. Muy en la onda de permitir que se utilice la cultura para ensalzar
factores generadores de un dolor dolorosísimo que aún no logramos espantar.
¡Los espantos siguen haciendo de las suyas, y la cultura se presta para
adorarlos!
En fin… Refrescante sí que Miguel “Happy” Lora regrese, después de
muchos años, con sus fintas, risas y trompadas; que el humor y el deporte
igualmente se confabulen; que el arte contemporáneo asuma un interrogante
espinoso; que la historia del libro, al igual que la de nuestra ciudad, nunca
se acaben de contar, para que podamos ver también la Montería real, la que no
se refleja en la banalidad del físico progreso; que el Piero de “Juan Boliche”
y “Mi viejo” resucite también por aquí; que los libros y la lectura intenten
emularlo.
En lo musical, repite el porro y el lugar común de una discusión ya
trajinada en festivales, encuentros, foros y espacios académicos.
Paradójicamente, son las musas del vallenato las que hacen presencia en esta
segunda feria de la lectura de Montería. Distinguidos gestores, nosotros
también tenemos nuestras musas, no solo en el alma de las canciones famosas
podemos encontrarlas. Triste realidad la de estos gestores culturales que no
exploran más allá ni más acá de lo ya reconocido o afamado. Pero más triste aún
la de un público que tampoco se interesa en hacerlo y se deja llevar por lo que
se supone es per se muy bueno, en
consideración a la calidad de los participantes convocados. Supongo que un
programa en el que aparezcan nombres menos conocidos o ignotos estaría
condenado a fracasar, así contenga mucho más fondo y riqueza artística diversa
e innovadora. La música vallenata, por ejemplo (la que era en verdad música
vallenata, no la de los mercachifles del pendejismo de hoy día), contó en su
momento con difusión comercial logrando pelechar en muchas partes, por lo que
es obvio que sus canciones más representativas, las que, por fortuna, siguen
sonando, estimulan a quienes crecieron escuchándolas. La música de acordeón y
sabanera, no obstante estar a la altura de contextos más universales, no ha
resultado ser tan agraciada, su acervo no ha recibido la ventaja del bombardeo
mediático ni ha tenido con qué comprarlo, y es obvio que no sea atractiva para
quienes poco o nada la conocen. Pero es precisamente en esto donde un auténtico
gestor cultural debería desempeñar un rol determinante. Si hablamos de cultura,
cultura es también procurar que la calidad estética aún no apreciada pueda
llegar a serlo. ¿Por qué no hurgar en nuestros cantores ocultos y en sus musas?
¿Por qué no apostarle a la atipicidad y a esos brotes de extraña juventud que
chapalean en hoscos horizontes? Me imagino que un gestor cultural obedece
asimismo a relaciones de poder, a entrañables roscadas, que unos cuantos
acceden a su oído, recomendando esto y aquello, lo que explicaría que un
personaje de corto vuelo artístico se me aparezca otra vez (como lo hace en
todos lados, ¡y para todo!, para cualquier cosa) por aquí.
Liberado de semejante horror, me detuve brevemente en algunas
pretensiones temáticas que retornan este año. Veamos: para qué sirve el arte,
los libros que vale la pena volver a leer o que cambiaron su vida y su obra… Me
interrogué de inmediato sobre cuáles serían mis respuestas, y me quedé de
alguna manera en blanco, al borde del estupor. ¿Servirá para algo saber para
qué sirve el arte si es que en realidad sirve para algo? Un nuevo tema, no
digno en mi opinión de la magnitud de sus hablantes, se perfiló ante mis ojos:
en qué se parecen el amor y la lectura. Huelgan los comentarios. Y otro más
empañó abruptamente mi vista: cómo reconocer la buena poesía. ¡Diablos! Poner a
los poetas a pontificar sobre poesía, obligarlos a transitar el minado terreno
de la metapoesía… No quisiera estar en sus zapatos. Suficiente tiene un poeta
con serlo como para estar mostrándose como tal cabalgando sobre poemas propios
o ajenos que los hayan estremecido (pienso en escuálidas poéticas del seísmo),
y tener que explicar, además, por qué lo son: por qué sí son poemas y no otra
cosa que quizá, para ventura, pudieran mejor ser.
El segundo
y definitivo impacto de decepción me sobrevino cuando, dejando a un lado el
programa y dispuesto a presenciar el acto inaugural, el Alcalde de la ciudad
remachó un discurso reincidente, con carantoña y salva de aplausos para su
consorte. Pero faltaba lo peor: entrevistador e invitada, la poeta y novelista
Piedad Bonnett, cayeron una vez más en la flama de “Lo que no tiene nombre”.
¿Habrá lugar a intervenir?, sentí esa inquietud saltando en mi interior. Quería
preguntarle por qué seguir hablando de ello si quedó tan bien escrito y sopesado,
si se trata de un dolor supremo que debe más bien seguirse resistiendo como vital
y fielmente corresponde: en silenciosa soledad. El libro habla por sí solo; si consiguió
salvarse del morbo, con dificultad podrá lograrlo conversatorio tras
conversatorio, a menos que se circunscriba a su componente literario (pero, ¿a
cuál?, si literatura y vida parecen en este caso inseparables). Por suerte, no
hubo sección de preguntas y la misma Piedad Bonnett salió con inteligencia al
paso, prevenida tal vez por críticas mordaces recibidas, sacudiéndose (me dio esa
impresión) el espectro de un libro cuya gloria literaria debiera agobiarla sin
remedio. No debe ser fácil para madre y escritora asimilar su éxito comercial y
literario ni seguir encerrada en la publicidad de su derroche. Desde su
presentación por Héctor Abad en marzo de 2013 ha caído mucha agua informática sobre
este libro, hasta figurar en el intríngulis de premios literarios como el Rómulo
Gallegos de 2015 entre las novelas finalistas. Hablo de esto porque no lo había hecho en Montería, pero en Bogotá no
lo haré más, fueron más o menos sus palabras. Creería yo que no lo debería
hacer más en ningún lado, que la valentía que la ayudó a escribirlo debería
servirle ahora para dejarlo descansar en paz. Tarea de buenos lectores será la
de no permitir que su grandeza muera.
Me
parece que estuvo bien Carlos Marín en su papel de entrevistador, se notó la
elección cuidadosa de cada vocablo, sobriedad recíproca, salvo en lo ya dicho y
en las dos preguntas iniciales donde Raúl Gómez Jattin y Gabriel García Márquez
sirvieron de consabidos abrebocas. Sobre Raúl me quedo con la anécdota de Enán
Burgos Arango tiempo atrás y con la carta-pájaro reciente que le envió John
Better desde la helada ciudad donde se enferma.
Bien.
Me preparo para asistir (sin escolta) a algunos de los eventos anunciados. Del
19 al 22 de octubre. Me digo de nuevo que una feria de la lectura en Montería
será siempre una buena noticia. Optimismo y esperanza saben cómo alebrestarse,
y ya sabemos que en el Sinú no hay decepción que aguante demasiado.
FRANCISCO BURGOS
ARANGO
(FBA)
domingo, 28 de mayo de 2017
Invito a visitar mi canal FBA en YouTube.
Saludos,
Francisco Burgos Arango
(FBA)
Enlace:
https://www.youtube.com/channel/UCMfaiaD8V-q7s7NsfWHkRNQ
Saludos,
Francisco Burgos Arango
(FBA)
Enlace:
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domingo, 12 de febrero de 2017
PEQUEÑA AUTOBIOGRAFÍA TRAGICÓMICA
Respondo al nombre de Francisco Burgos Arango y también al
alias (¡cuidado!) de FBA. Dicen que
soy poeta,
escritor y compositor de canciones, y estoy por creer que algo de esta calumnia
debe ser cierto. Nací en la colombiana ciudad de Montería, a orillas del río
Sinú, hace un montón de años, en el Hospital San Jerónimo, cuando estaba lejos
de convertirse este en sede de fiscalías. No sé cómo pero cursé y aprobé
estudios de primaria y secundaria en un colegio de curas (La Salle; colegio de La Salle tan temido, así nos tienes hoy, sin pizca de emoción..., así empieza mi versión de su glorioso himno), en el que
pasé, ¡qué duda cabe ya!, los peores años de mi opaca vida. Dos árboles
hermanos (uno de guayaba, el otro de mamón) me ayudaron a resistir tanta
infelicidad acumulada cuando, liberado de la tortura escolar, volvía a casa y
al patio donde ambos vivían, trepándome de inmediato a ellos para pensar (nunca
he sido soñador) en futuros y mejores crepúsculos. Dichos árboles fueron con el
tiempo asesinados por la envidia vecina y el progreso familiar. Con cartón de
bachiller –fuerza mayor irresistible– me
echaron de mi tierra a empellones, me extirparon la única felicidad que tenía
en ese entonces (noches enteras jugando fútbol con los jardineros del barrio;
uno de mis cuentos recuerda aquellos soles), rumbo a una universidad también de
curas (la UPB de Medallo, cuando su facultad de derecho estaba situada en una
especie de monasterio lóbrego, frío y silencioso), de la cual, como pude,
después de un par de retiros y reingresos logré egresar más muerto que vivo,
sin saber qué diablos hacer “laboralmente” de ahí en adelante, con mi padre
realmente muerto, recién enterrado, y con otra experiencia amarga dañando el
corazón del muchacho extraviado que algún día fui (que sigo siendo).
Mi
primer trabajo llegaría para sellar la fe de la amargura. Municipio de
Montería, juez permanente de policía, cárcel municipal, dos años y pico
lidiando peleas, insultos, amenazas, corrupciones, delitos, contravenciones, cantinazos y cadáveres. Época aciaga y
violenta, más de ochenta levantamientos me familiarizaron con la variopinta
muerte, turnos larguísimos los de aquellas noches al vaivén de la siempre
festiva calle 41, pues debo alegrarme un poco y decir que fueron también dos
años y pico de muchas cervezas y ruidoso dominó. Como debo contentarme asimismo
al recordar a las innumerables pelanduscas que fueron mis amigas, cuando las
ponían a disposición del juez de turno en las batidas o acudían temprano,
rayando el alba, a hacerse el control de sanidad.
Desempleado,
las luchas estudiantiles me esperaban, y fue así como el viejo sueño de
estudiar Ciencias Sociales en la Universidad de Córdoba llegó para “salvarme”.
Pero esta historia la contaré después, en mis eventuales “memorias”, ya que es
rica en hechos y en matices, extremadamente bella y tormentosa. Basta con decir
que creo poseer el récord en ambas universidades de ser el egresado que ha
tardado más para graduarse. En el primer caso porque odiaba el Derecho (esto me
enorgullece) y en el segundo porque me tocó emigrar por instinto de
conservación (esto, a estas alturas, no tengo la puta menor idea de qué
signifique o para qué me sirva; solo cruces, olvidos, traiciones de amigos, invisibles desgracias…).
Entre tanto, mi segundo y actual trabajo (cuando se vuelva recuerdo hablaré de
él) me ha permitido ir de ciudad en ciudad, de traslado en traslado, por más de
veintitrés años, buscando el sitio ideal donde enfrentar con relativo optimismo
y mínima tranquilidad el rigor de la iniciática vejez. Uno de esos traslados me
permitió volver a los angustiosos días de mi inexistencia jurídica en Medallo,
pero esa vez, golpeado y con la firmeza del sobreviviente, aproveché la estadía
para cursar estudios de Ciencia Política en la Universidad de Antioquia
(experiencia esta sí grata e inolvidable). Dicen también que soy un buen
sindicalista, gran negociador –malicioso y radical– defendiendo los derechos de
mis compañeros de trabajo. Sin militar en ningún bando, esta parte dulce y
positiva del cuento se la debo a mi padre, a su poesía, él me enseñó a luchar
por causas justas. Y a perderlas casi todas.
Y
así, como barrilete sin cola, después de años, volteretas y caídas regresé al
Sinú. La música, la poesía, la literatura volvieron a llenar mi vida. Hoy en
Sahagún, ciudad extraña, de inmensos contrastes, dominada por egos y dobleces,
donde habitan, empero, seres excepcionales que sobresalen en lo cultural y
dignifican el arte del sentir. Desde mi trinchera aporto en soledad lo mío.
¡Qué
vaina tan complicada esta de existir, y la otra que rimando la acompaña: la de
tener que convivir! Dejémonos de pendejadas: la felicidad no existe, cualquier
hecho, por más agradable que sea, deja ver la tristeza que lo llora. Y los
poetas sí que saben darse cuenta. Se necesita solo acelerar el tiempo, como en
las buenas películas que acaban en tragedia. En la mejor tragedia de todas: la
que no requiere derramar sangre para mostrar su doloroso encanto.
Por
fregar, me inventé un nombre artístico: “El cantor del destiempo”, y he
publicado a medias los siguientes libros:
Poemas
de antesala (poemario, 1991)
Cuando
la muerte ama (libro de cuentos, enero de 2000)
Un
imposible viaje (poemario, junio de 2002)
Cantando
a destiempo (poemario, junio de 2010)
Poseo
un ramillete de libros inéditos, ya terminados, que es como para asustar a
cualquiera. Son, en orden cronológico:
Preces
del olvido (poemario, 2012)
Llorar
contigo (poemario, 2013)
En
libación solitaria (poemario, 2014)
Sobre
mojado (poemario, 2014-2015)
Prosas
para romper la felicidad (poema en prosa, 2015)
Entre
oquedades y tedios (poemario, 2015-2016)
Prosas
para romper la felicidad (II) (poema en prosa, 2016-2017)
Y
dos libros más en proceso de escritura: Santo remedio (libro de cuentos); La
pequeña vida (novela).
Confieso
que no sé qué hacer con ellos, me reconozco, ¡por fin!, incapaz de
autopublicarme, y como prácticamente habito en la oscuridad encontrar un editor
que lo haga por mí es otra de las grandes utopías que me han jodido siempre.
Así que les dejaré ese lío a mi compañera de efugios y a mi descendencia: a K
(tranquila, te quedará también mi pensión de servidor público mal remunerado),
y a mis dos hijos de diferentes mundos, por fortuna contrarios a estos
incomprensibles males del espíritu. No faltará por ahí, al correr del tiempo, algún
nieto, bisnieta o tataranieto que de manera misteriosa se interese.
Como
si fuera poco, me muevo también en asuntos musicales, compositor de alrededor de
siglo y medio de canciones en ritmos o aires de paseo, merengue, porro, cumbia,
bolero, balada, bullerengue sentao y fusiones. Y de una vez lo digo: gracias a lucifer
nadie me graba. Alguna vez, andando en festivales, empecé a hablar de
“sinuanato” (un amigo alado y bohemio prefiere el término “sinuato”) para
tratar de identificar un poco la atipicidad que me alimenta; finalista y
premiado en sus concursos de canción inédita un disco compacto que da cuenta parcial
de estos recorridos vio la penumbrosa luz el 5 de diciembre de 2016. Su título
no podía ser más ingenuo y engañoso: “Y cantaré por siempre”. Enemigo por
convicción del criterio comercial en boga (vacío y ridículo a más no poder), su
fracaso económico y escasa circulación eran de esperarse. Así que si acaso
seguirán cantándose mis canciones en el lodazal del Tiempo, cosa que no me
desagrada para nada: quizá sea este el mejor destino posible de los cantos
profundos.
Ajeno
de roscas y lamberías, no sé cómo pero he sido jurado de concursos musicales y
de declamación. Hasta he participado con lectura de poemas y presentación de
ponencias en festivales, encuentros, conversatorios, congresos y eventos afines
(y escuchen bien: locales, regionales, nacionales e internacionales… así los
califican en Colombia cuando asisten extranjeros; lo más lejos que yo he
viajado es al corazón de la tarralí). Pero hace rato no me invitan a esos
clubes de amigos que se adulan unos a otros y hasta se homenajean entre ellos.
Debe ser por alguna crítica publicada en un blog que creé en 2008, “Esconces y
Destiempos”, en el que una vez se me voló la piedra y me desahogué señalando
algunas incómodas y punzantes “verdades”. Mentiras que además produzco,
irresponsablemente a salvo de mí mismo.
De
todos modos, quien quiera convocarme a una lectura poética o a una puesta en
escena musical o a algo que se les parezca (reír no cuesta nada), ya sabe cómo
encontrarme. Por aquí, en Facebook (Francisco Burgos A) o en el correo: sinumania@hotmail.com. Y si quieren un número telefónico ahí les tiro
este: 3007863950. Les ofrezco shows de esos que se roban miserablemente todos
los aplausos. Aunque como dice una enemiga gratuita que tengo por ahí –que se
las da de gestora cultural y hasta de poeta–, ¿para qué?, no pierdan el tiempo,
FBA no tiene obra, es culturalmente un desechable. Y me temo que tiene toda la
razón.
Después
de todo lo anterior, comprenderán por qué una psiquiatra me declaró portador de
un “trastorno de ansiedad crónica generalizada”. Así que ojo: soy peligroso,
impredecible. Cervezas y tertulias con pocos amigos siguen siendo parte de la
terapia que tuve que interpretar y ajustar para poder sobrevivir al
diagnóstico. Y ahí vamos, dando lata todavía.
Se
me olvidaba: a mi madre (muerta en 2009), le heredé un poco de su infinita
bondad. Lágrimas secas me siguen persiguiendo.
Por
último, breve noción de un lastre: nací, como se dice comúnmente, en cuna buena, con apellido ilustre, y,
pese a sus aparentes ventajas, ni les cuento lo que me ha costado sobrellevar
esta carga a la hora de intentar mostrarme como en verdad me imagino que soy. Y
una aclaración: pertenezco al “Burgos” cultural (cuyo Estado Mayor Central continúa
siendo presidido por el extinto poeta orense H. Galo Vurgos Perdomo, sin la “B”
del ornato), no al politiquero, aunque soy más político que todos ellos juntos,
solo que la política en la que creo no es de este mundo, mucho menos para esta criolla
perdición abundante en lacras y en corruptos. Por tanto, no tengo plata (¡sí!,
amigos, ¡así es!, inviten, paguen la maldita cuenta de las “frías” que quedaron
debiendo la última vez), soy de estrato 2.16 en promedio (6+2-1.5 dividido 3),
y sin herencia a la vista pervivo con un modesto sueldo que pondrá en apuros a
mi pobre K cuando yo le falte y tenga ella que cubrir todo lo que significa
esfumarse de esta farsa. Confío en que no la dejen sola… ¿Familiares? ¿Amigos?
Respondan, comprométanse, ¿hay alguien por aquí?
Bueno,
eso es todo (por ahora), ¿cómo la ven?
Los
dejo con sus éxitos y esperanzas.
Y
con un poemita (cuota inicial de un nuevo libro) escrito la noche del viernes
10 de febrero de 2017, de un tirón, en medio del recital de unas amigas y con jazz
juvenil amenizando.
La
poesía hay que reventarla
escupirla
adoctrinarla,
que
sirva algunas
veces
para
algo.
Y
por favor no la lloren
no
se desmayen
frente
a ella.
Se
merece solita
toda
la imperfección
del
mundo.
Déjenla
bailar tranquila
sus
tristezas,
seamos
todos capaces
de
olvidarla.
F
B
A
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