lunes, 3 de octubre de 2016

¿LARGA VIDA A LAS FARC-EP?

Llevo horas tratando de entender, sin la contaminante voz del corazón, lo ocurrido ayer en Colombia con la votación del Plebiscito. Como también frenando el deseo (la obligación más bien) de ser uno más de los muchos colombianos que se han venido expresando en uno o en otro sentido, desde el dolor sincero los aparentemente derrotados, y desde la incomprensible felicidad los supuestamente victoriosos. ¡Hasta ahora!, que no me quedó más remedio que ceder a la tentación por un solo motivo: necesito desahogarme, recuperarme cuanto antes de esta tristísima página de nuestra loca y violenta historia republicana. Así sea únicamente para mí, en la soledad de este blog poco frecuentado por viajeros informáticos.

Bien. Entro en materia. Lo primero que se me ocurre es que hay que deslindar muy bien el resultado. Tengo amigos que optaron por el SÍ y otros que lo hicieron por el NO, y sé por ello -digamos por tanto de fuente confiable– que buena parte de los positivos no fueron votos gobiernistas, ni los negativos lo hicieron arrasados todos por las maquinaciones del poderoso dueño de lo Ubérrimo. Así que considero que no hay que buscar perdedores ni ganadores en partidos o movimientos políticos, ni circunscribir el asunto a una mera confrontación Gobierno-Centro Democrático. Lo que se perdió fue la gran oportunidad de ponerle fin a la debacle del conflicto armado, y lo que se ganó es la incertidumbre de prolongarlo sin saber a ciencia cierta qué va a pasar ahora.

Perdimos todos los que creímos en esa primera posibilidad, en mi caso, desde una convicción honesta, desprovista de compromisos y militancias, preocupada por el bienestar de las generaciones venideras. Aunque confieso que no me fue fácil decidirme por el SÍ. Y no lo fue, por razones que no tienen nada que ver con las bombardeadas por el componente ideológico del NO. Un espíritu rebelde vive en mí desde hace un sinnúmero de años, un animalillo radical que a veces me pesa en demasía pero que, en todo caso, me hace ser alérgico a la propaganda agresiva del poder, a tener que coincidir con oficialistas o con barones electoreros inmersos en el SÍ por coyuntura y conveniencia, nunca dispuestos a desmovilizar la catapulta de sus privilegios. Y por otras cosillas de orden quizá filosófico y político que prefiero no comentar. El silencio, en las actuales condiciones, debe hermanarse con la prudencia. Pero, sobreponiéndome al lastre de mi animadversión, voté por el SÍ, y me tranquiliza sobremanera haberlo hecho, pues el NO nunca estuvo entre mis planes. Y que conste que entre mis alergias está también la que experimento contra el sistema electoral de este país, cargado de falsedad y corrupción. El resultado no me sorprende. Es más: lo esperaba, se notaba claramente en las redes sociales donde el asunto lucía bastante reñido. Y esto me motivó también para superar una sabatina resaca musical y salir a participar por el sueño de un mejor país para todos. Por primera vez, sentí que mi voto, un voto de diferencia podría ser determinante. Lamentablemente, no lo fue. Lo intenté, lo intentamos queridos amigos que votamos sinceramente por el SÍ, así que sintámonos bien por eso, por haber tenido el valor y  la grandeza de expresarnos constructivamente en un momento político tan difícil y complejo. No son tiempos de arroparnos con el desatino de la indiferencia ni de parapetarnos en la brutalidad del horror.

Por otra parte, ya está más que comprobado: la democracia, sin cultura política, es sumamente peligrosa y contradictoria. Un error político, de cálculo incluso, nos tiene sumidos en una crisis de inmensas proporciones. Existen, sin duda, situaciones excepcionales, de alta política, que atañen a valores supremos, y que no deben, en mi opinión, sujetarse a formalidades populistas. Mucho menos en un país tan afecto al desangre y al caudillismo. Y menos aún si la imagen de los actores que suscriben los acuerdos está por el suelo. Haber dado papaya, estando de por medio nada más y nada menos que la paz escurridiza de Colombia, terminó convirtiendo el más largo anhelo de los colombianos en una estupidez desastrosa e imperdonable.

Pero bueno, ¿en verdad perdimos? Quizá no. Pues pese a tanto factor en contra, medio país electoral le dijo SÍ a una propuesta diferente a la liderada por la extrema derecha de nuestro conservador destino. Si bien tuvo también el NO sus argumentados y respetables defensores, lo cierto del caso es que el Uribismo y su Centro Democrático se van a querer beneficiar de ello sin importarles la suerte de los votos por el NO que no son de su redil. Y no hay que engañarse: tampoco les interesa la paz de los colombianos ni cambio social alguno. Lo que buscan es recuperar el poder como sea, con miras a las Presidenciales de 2018, y el respiro logrado no van a echarlo a perder volviéndose solidarios con la continuidad de un proceso que, a fin de cuentas, ni política ni electoralmente les conviene. Y es aquí donde quizá radique la victoria simbólica del SÍ: hay con qué oponer resistencia, para seguir luchando e impedir, desde la legalidad, que un proyecto tan macabro consiga su objetivo. Y en tal contexto, ¿se podrá decir entonces que ganaron los del NO? Para nada, en absoluto, pues tanto ellos como nosotros seguiremos sufriendo las consecuencias de esta terrible equivocación histórica, pues así las balas y las bombas no alcancen a perturbar la comodidad de nuestros hogares, la conciencia, frente a las nuevas imágenes de la tragedia que continúa, no nos dejará tranquilos como pueblo.

Y por último: ¿ganaron las FARC? ¡Claro que sí! Hoy adquieren más protagonismo que nunca, el plebiscito no era lo de ellos. Regresar a la guerra sería una opción digna y consecuente a mi modo de ver, pues, ¿para qué reintegrarse a una sociedad que no los quiere ni está dispuesta a garantizarles seguridad plena y oportunidades democráticas? Solo que prefiero creer que su actual comandancia pasa por un grado de sensatez nunca antes visto y que la vía de la solución política sigue siendo su principal arma. Por lo pronto, ganaron tiempo y vigencia.

Se escuchan ya las voces que proclaman intereses de sectores en extremo contrapuestos: Asamblea Nacional Constituyente. Maravillas y paradojas de nuestro bello terruño. Y empiezan las renuncias… ¿Se impondrá lo jurídico sobre lo político? Amanecerá y veremos.

Toca seguir viviendo (y sobre todo muriendo) en el país de siempre.

Duele decirlo, pero es consecuencia del estancamiento provocado por una victoria llamada en realidad a mejor causa: ¡Larga vida a las FARC-EP!

Saludos,


FBA


           

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