lunes, 31 de agosto de 2009


UN MES DESPUÉS

Todo intenta volver a la normalidad, pero hay algo latente, una sustancia, alguna inconformidad que se resiste a hacerlo. La memoria trabaja como un reloj de precisión, el recuerdo se suma para hacer más agónicos los días, y las noches se cierran como diciéndonos olvidar está prohibido, hay flores todavía que arrancar, no es tiempo aún de partir hacia la nada.

He caminado esta casa queriendo encontrar preguntas menos inservibles, y me he visto de repente revisando las puertas como cuando era niño, colocando cerrojos, despertando candados. Subo y bajo las escaleras una y otra vez, y sigue ahí, idéntica, en su sitio, la lámpara de lágrimas de la infancia, la que inspiró una vez alguno de mis cuentos, el del ruido que juzgué, al igual que Ramírez, necesario para despertar a la vida, para no dormirnos en la cotidianidad del tiempo. Solo que ahora mis silencios demandan otras realidades. Ya no rompen la noche como antes, la hamaca de la nostalgia permanece velando hasta las primeras luces del amanecer.

Objetos, muebles, libros y pinturas, todo ha sobrevivido a los dolores familiares. Ignoro cuándo volverá la música; luego del llanto y de la tempestad social, la niebla empieza a disiparse, la nitidez de lo perdido avizora inclemente, la tristeza va tomando otra forma a medida que la vida aparece. Este joven que sigo siendo vuelve al patio de la casa para caminar bajo el mango frondoso, donde iguanas y zorras se disputan el cielo. Ya no se escucha la voz principal, aunque hay voces que se prenden de la brisa tratando de imitarla, un silbido cercano reclama mi deber. Yo me apresuro a abrir el garaje para recibir el abrazo del ausente.

Debo sobrevivir a esta casa si aspiro a detenerme, me digo mientras escucho al pájaro cantando lo contrario. Los perros son más listos, saben lo que ha cambiado pero ladran igual al timbre de la muerte. Voy y vengo de cuarto en cuarto pulsando las guitarras, vaciando las carencias, palpando los destiempos. Una a una vuelvo a vivir las tardes en el barrio, las sierpes que habitaban solares inasibles, los goles de medianoche cuando llegaba el contrabando. Pronto llegará la hora de marcharme, y un puñal sin punta perfora mi intestino, un dolor sin sangre, la mano borrosa de una madre limpiando para siempre al muchachito, el color de la vida pintando la soledad que me da aliento. Son tantos los rincones que recuerdo que es imposible vivir sin lastimarlos.

Un mes después vuelvo a mi vida, y a la futilidad de mis funciones. Pero la vida, no acaba de pasar.

FBA – DERECHOS RESERVADOS

miércoles, 19 de agosto de 2009

SOBRE LA MUERTE

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince nos lanza, desde el ensayo y la literatura, esa “tabla de salvación” tan necesaria en todo momento (dulce o amargo) de la vida. Frente a la muerte, pero sobre todo frente a la muerte espantosamente violenta que azota desde antaño a Colombia examina este tema tan vital en la ficción y en la poesía pero tan definitivo y cruel cuando nos golpea de verdad. Transcribo a continuación algunos apartes (solo algunos, con el fin de no usurpar ni violar los derechos reservados de la editorial) de su ensayo escrito en 2004 y titulado “Si llego a saber, ¿qué haré?”, que publicara posteriormente en su libro “Las formas de la pereza” (Bogotá: Aguilar, 2007, p. 105-111):

“La muerte es lo más abominable para quienes amamos la experiencia de estar vivos. Elias Canetti declaró una y otra vez su odio, su rechazo, su desprecio radical por la muerte…

Hay muertes muy duras, pero aceptables. Es más, hay algunos homicidios que estamos dispuestos a entender, a aconsejar, a permitir. La gente tiene derecho, por ejemplo, a matarse a sí misma. El suicidio es el homicidio que menos rechazo merece, pues el mundo y la vida no son percibidos de igual manera por cada persona en todo momento…, hay circunstancias en las que la vida se vuelve un peso peor que la muerte, y elegimos la muerte.

Existen otras muertes que aceptamos sin alegría, pero con resignación: la muerte de quien se apaga al cabo de una larga vida vivida intensamente. Es una píldora amarga, pero endulzada por el tiempo, que pasa por la garganta sin hacer daño: la muerte por vejez, en una cama, sin excesivos sufrimientos terminales. Es la menos triste de las muertes y es, probablemente, la que casi todos desearíamos, si pudiéramos escoger: morirnos de viejos con la cabeza lúcida hasta el último sueño.

Hay muertes trágicas que caen en el terreno de lo intolerable, pero que producen una desesperación metafísica, no dirigida contra nadie, sino, si mucho, contra las alturas: la enfermedad mortal de un adolescente, el accidente fatal de un niño que se cae del balcón o es arrollado por un carro, el infarto o el cáncer en la cumbre de la producción intelectual o física de una persona madura, las catástrofes naturales y las epidemias…

Y finalmente hay muertes para las que no hay resignación posible, sino un hondo movimiento de rebeldía, una sed de revancha, de venganza o al menos de castigo y de justicia. Y son esas muertes derivadas de lo que llamamos violencia: cuando la agresión y la muerte provienen de nuestros semejantes, cuando el peor dolor es ocasionado deliberadamente por otro ser humano…”.

Dejemos textualmente hasta aquí al escritor medellinense. Recuerdo ahora los duros años del inicio de mi vida laboral en Montería, cuando a Inspectores y Jueces Permanentes nos tocaba la indeseable tarea de practicar las diligencias de levantamiento de cadáveres. No existía por aquel entonces Cuerpo Técnico de Policía Judicial alguno ni Fiscalía, y la ciudad no se caracterizaba propiamente por la apacibilidad y la tolerancia. La muerte por violencia, la muerte trágica y el suicidio hacían su agosto, y eran el pan nuestro de cada día durante turnos nocturnos que parecían eternos. Luego de “levantar” poco más de ochenta muertos de todos los pelambres en un período de dos años, la familiaridad con que terminé haciendo diligentemente mi labor es algo que hoy -lo confieso- me estremece, por no decir que me resulta espeluznante.

Pero creo haber entendido en ese tiempo la razón de mi calma. La idea de la muerte me empezó a martillar desde muy pequeño y siempre, que recuerde, he tenido esa extraña, especial o diferente mirada de la vida que lee preferiblemente en su reverso la mejor condición de la existencia. Así pues, verla oficialmente tan cerca me proporcionaba una excelente manera de dejar de sufrirla y de vivirla. Era, por así decirlo, la dosis de insensibilidad que mi alma desaforada, urgentemente requería.

Hoy la veo resurgir con absoluta firmeza en mi poesía, luego de finiquitar aquel trabajo horrendo y de ocupar los años subsiguientes en estériles avatares universitarios y políticos. Desaparecida toda acción, traspasada toda práctica, la música ha servido también para olvidarla. Pero con el paso de los años y experimentando ya una cercanía distinta, he retornado indefectiblemente a la senda de mi sino, la he visto de nuevo posicionarse en mis palabras, y es como si en todo ese tiempo solamente logré aplazar el imperio de aquella inolvidable compañera de infancia. La muerte ocupa de nuevo su sitial en mi vida. Y la vida lo sabe, mi vida se pregunta y se responde otra vez en función de su único seguro desenlace.

Me temo, en todo caso, que la muerte que el escritor antioqueño Héctor Abad describe como la menos triste y propia de la resignación, no sea así en realidad, sino, incluso, todo lo contrario. En cuestión al menos de tristezas, habría que considerar más elementos de juicio. Germán Espinosa, por ejemplo, advierte cómo, después de cierta edad, la muerte de un familiar o de otra persona golpea menos y en los entierros, sea cual fuere el hecho terminal, los jóvenes lucen más tocados y descompuestos. El mismo Sábato, quien a sus casi cien años de edad continúa invitando a sus lectores a que lo ayuden a morir, nos muestra en Abaddón a ciertos adolescentes como “los seres que más sufren en este mundo implacable”.

Entonces, me temo, como dije, que en materia de muertes y de tristezas el asunto no resulte tan esquemático ni la violencia que, sin duda, hemos sufrido de una u otra forma los colombianos actores y no actores del conflicto, sea la portadora de la mayor aflicción. No resignación, rebeldía, venganza… claro que sí, y la ficción, como dice el escritor que motiva estas líneas umbrosas de una prosa que algunos apreciarán vacía de esperanzas pero que palpo llena paradójicamente de vida, debe poner “un ladrillo para salvar algunos instantes de estas duras vidas y para arrancarle al amargo zumo de la existencia algunas gotas dulces, muy escasas, de felicidad”. Por supuesto que la muerte en Colombia, bien sea estatalizada, paraestatalizada o contraestatalizada, ha hecho decrecer la cifra que marca la expectativa de vida normal de un colombiano, pero la muerte sabe muy bien que la ceremonia de su poder no se agota allí.

Habría que examinar, por tanto, un aspecto igualmente angustioso: quizá la muerte natural, la extinción de “una larga vida vivida intensamente” nos recuerde de peor manera la trágica dimensión del hombre y de su mundo, la terrible comprensión de un destino que se cumple tarde o temprano y contra el cual no hay nada que podamos hacer. Ni siquiera el suicidio se mostraría en tal caso afortunado. La muerte por violencia, por su parte, ha impregnado de tal modo nuestra vida cotidiana que nos hemos acostumbrado oprobiosamente a sus embates. La otra muerte, la de siempre contiene, en cambio, la certeza de que nunca, por más tragedias y actos delictivos que evitemos, estaremos a salvo de su gloriosa firma.

Tiene sí razón Héctor Abad en lo de la píldora endulzada por el tiempo. Seis años después de la muerte de mi padre (por causa natural; no como la de su padre que fue por causa criminal, lo que me lleva a pensar que solo hasta concluir y publicar “El olvido que seremos” pudo empezar a degustar tan escabrosa dulzura) empezaba yo un poema con el siguiente verso: “Qué tendrán la Vida y el Tiempo que alejan todo dolor y construyen el frío recuerdo en el corazón humano”. La tarea de la ficción frente a la muerte que tiene por causa la violencia sigue viva en un país donde el compromiso del escritor debe operar en forma contundente. Sin embargo, la muerte será siempre la muerte donde quiera que guinde el toldo y organice festivamente sus rituales. Mi vida sí que lo sabe y es precisamente por la vida, entre virtudes y defectos, con satisfacciones y contrariedades, que sigo enfermo de ensoñación y canto.

FBA – DERECHOS RESERVADOS

martes, 4 de agosto de 2009

PALABRAS ANTE EL FÉRETRO DE MI MADRE:

El 1° de agosto de 2009, antes de amanecer y en medio de una lluvia torrencial, falleció en la ciudad de Montería (Córdoba-Colombia) mi madre, María Amparo Arango de Burgos. Sin sobreponerme todavía al dolor que su ausencia me produce, transcribo en mi rincón las palabras que, en nombre de la familia, pronuncié durante la ceremonia de su entierro. Lo hago solo por afincarme en la esperanza de recibir un día de éstos alguna señal de su presencia protectora dándome las fuerzas necesarias para seguir viviendo. A todas las personas que se han acercado para manifestarnos de una u otra forma su condolencia, gracias eternas. He aquí mis palabras:

“En nombre de mi familia quiero agradecerles a todas y a todos por estar aquí para decirle adiós a María Amparo Arango de Burgos. A ‘La Cachaca’ de Enán Burgos Perdomo. A ‘La Tía Payo’. A ‘Ampa’.

Madre mía. Madre nuestra. Hoy tal vez no escriba la mejor página literaria de mi vida ni quiero hacerlo. Prefiero escribirte pocas y sencillas palabras que rindan un merecido homenaje a tu memoria. Cómo agradecerte tantos años de vida y de servicio en una tierra que no era la tuya pero que te acogió con afecto; cómo olvidar aquellos años de trabajo y lucha constantes sufriendo como propias sus penalidades; cómo pagarte los días y las noches, las eternas noches donde solo escuchar tu voz nos alentaba; cómo aproximarme a tu infinita bondad, pródiga en atenciones y regalos. No hay tampoco palabras, madre, que puedan reemplazar la caricia de mis lágrimas.

Estamos todos aquí: tus hijos, tus nietos, tus amigas, tus amigos, muchos familiares y mucha más gente que te quiere. Falta Cristo Enán pero siento que es él, a través mío, quien pronuncia ahora estas palabras. Está presente con sus locuras y las mías para decirte lo mucho que nos vas a hacer falta. ¡Todos nos vamos algún día pero nadie como tú para honrar la vida!

Aún te debemos las prestaciones que nos reclamaste hace algún tiempo. Tu casa llora profundamente tu partida y el turpial que alivió tus dolores con su canto, hoy no ha cantado como de costumbre pero volverá a hacerlo. Te lo prometo. Como te prometo también que voy a convertir mi dolor en alegría. Alegría de haber sido y ser tu hijo menor. Alegría de saberte paisa y con un enorme corazón sinuano. Alegría de oírte de nuevo conversar largo y tendido. Alegría de recordar tus consejos y regaños. Alegría de sentir tus preocupaciones como faro protector de mis desvelos. Alegría de volver a verte cuidando otro jardín donde sembrar mi silencio.

Feliz viaje, mamá".

FBA

Finalicé con la lectura de dos poemas. El primero, titulado “Conjunción”, de la autoría de mi padre (Enán Burgos Perdomo, fallecido en 1986 y quien le dedicara este hermoso soneto a mi madre el 13 de abril de 1975); y el segundo, de mi autoría, titulado “Escéptico” (publicado en 1991 en mi poemario “Poemas de Antesala”).

CONJUNCIÓN

Yo te invito al amor intensamente
con la fuerza total que me perdura
para rendir tributo a tu hermosura
sin importarme nada ni la muerte.

Quiero vivir la vida plenamente,
quiero ceñirme más a tu cintura,
quiero tu solidez y tu ternura,
quiero tu conjunción, únicamente.

Sé que me quieres y que yo te quiero
como nadie jamás amada ha sido
y nunca como yo nadie querido.

Por lo cual, orgulloso de mi fuero,
yo te brindo mi amor ya rebosado.
Quiero sentirme más y más amado.

ESCÉPTICO
(Para mi madre, Amparo,
este poema del alma inmutable
y del hombre que navega
por aguas turbias)

Mamá
cárgame sí
que el balcón de la casa
no me deja mirar a los niños
de paseo por el barrio
con mis grandes ojos de siempre

mamá
por qué soy tan chiquito
si no voy a la escuela
y trabajo hasta tarde
entre risas malvadas

cárgame mamá
pues tengo diarrea y ganas de llorar
y necesito tus mágicos cuidados,
llévame a tu regazo sin muerte
enséñame tu corazón eterno
Mamá

sábado, 25 de julio de 2009

Me encuentro en receso con respecto al blog, por estar trabajando día y noche en la culminación de mi próximo poemario, "CANTANDO A DESTIEMPO".

Cordial saludo,

FBA

martes, 14 de julio de 2009


ALEGRÍA

Alegría es un dulce de mi tierra
que se come a mediodía
a la salida del colegio,
después se siente tan cerca del camino
que uno quisiera escapar tras su silencio
pero en cuestión de minutos la alegría
deja de ser un dulce de mi tierra
y le abre paso a una tarde
de tristes arreboles
brisa desbordada del río y soledad
soledad que atraviesa en volandas
el vicio de la vida
noche que arriba
pobre verdad que duerme
y se levanta
para ser otra vez Alegría
un dulce de mi tierra con el que
degustamos los rigores familiares,
sumas y restas de la vieja juventud
banalidades demasiado
importantes y un amor etéreo
sin vías de extinción

Alegría es un dulce de mi tierra
con coco y anís
y algo de amargura en los cuadernos
donde aprendemos
todo lo que nos va
a sobrar en el
futuro

FBA
En la foto (al fondo y en el medio), se ve, huele y hasta se logra paladear la "Alegría"

jueves, 9 de julio de 2009


¿HASTA CUÁNDO?

El escritor Germán Espinosa, en su texto “Herejías y Ortodoxias”, hace el siguiente comentario en torno al tema de los plagios en materia literaria: “Habrá, pues, que vivir temerosos de que alguien, en el pasado o en el futuro, haya dicho o vaya a decir algo que creemos fruto de nuestro magín. ¿Cabrá mayor tontería? En variados textos he hallado que expresiones mías, escritas ayer o anteayer, habían sido discurridas ya por autores muy viejos. Jamás me ha preocupado ni en mínima medida tal hallazgo. Simplemente, un escritor del pasado y yo hemos coincidido en afirmar algo que creímos verdadero. No hay daño en ello. Las verdades y aun las mentiras no son propiedad de nadie”.

Pues bien, me referí en la entrada anterior de este blog a una especie de “piedrita preciosa” encontrada en el Festival Sabanero de Acordeoneros y Compositores “Princesa Barají” que se realizó en Sahagún-Córdoba los días 25 al 28 de junio de 2009, concretamente en el concurso de canción inédita. Bueno, lo de preciosa es un decir si se compara la parte que nos interesa del texto de la canción inédita que ganó (Mi Sahagún del alma, inscrita por la sahagunense Liliana Geney) con los versos plasmados por Adrián Villamizar Zapata en su obra maestra que lleva por título “El Ángel Bohemio”, nombre artístico, además, de este extraordinario cantautor nacido en Buenos Aires-Argentina pero hijo de San Juan y de Valledupar como ninguno.

Veamos la siguiente estrofa de “Mi Sahagún del alma”:

“Ay Dios bendito yo te quiero pedir
y hacer un pacto contigo,
cuando yo muera tú me mandes aquí
a este pueblo bonito;
yo te prometo ser el ángel guardián
que cuide de ti por siempre,
porque te amo y no te quiero dejar
siempre te llevo en mi mente”.

Y ahora, escuchemos apartes del verdadero Ángel:

“Querido Dios / compañero mío
Papá lindo que estás allá arriba en el cielo del Valle,
Deja que te cante y en versos te diga cuál es mi ilusión
Hice del recuerdo, la fe y la poesía mi gran religión
Y con sentimiento, lleno de nostalgia te pido el favor.

Que cuando llegue mi final / un ángel bohemio pueda ser
Y así de nuevo recorrer / las noches de Valledupar,
Si en tu morada celestial / guardas un sitio para mí
“Mejor déjame por aquí / quiero cuidar de mi ciudad” (bis)…

… Ser el guardián de los que sienten como yo
Los que no dejan que se muera este folclor,
Los que enamoran con guitarra y acordeón
Y hasta sus hijos cantan El amor amor

… Yo cuidaré de nuestra esencia musical
Que viva siempre en la cultura popular,
Que Dios me deje parrandeando hasta el final
Y ser un ángel del viejo Valledupar...”

Así las cosas, cada quien es libre de sacar sus propias conclusiones. Para mí la idea del ángel original no admite semejante suerte de coincidencias. Y a propósito de ángeles musicales, sólo hay otro ángel genial (ya ángel consumado) que merece el reconocimiento inobjetable y auténtico del mundo vallenato. Me refiero al ángel del camino, ése que Hernando Marín inmortalizó hojeando el libro de su trágico destino.

Pero hay algo más grave con respecto a lo ocurrido en el susodicho concurso. Son rumores que dos semanas después del Festival han cobrado una fuerza de verdad incontestable. Y lo que dicen los “rumores” es nada más y nada menos que la canción “Mi Sahagún del alma” no es de quien la presentó como su autora, sino de un compositor bastante trajinado y triunfador en el infernáculo festivalero. Según versiones populares, es Wiston Muegues la otra cara responsable del entuerto, pero conforme a versiones emanadas de la elite local y cultural (entre ellas una que se precia de ser fuente de alta fidelidad) es Robert Oñate el autor de la farsa inédita.

En fin, sería bueno y muy saludable para el folclor que estos destacados compositores se pronunciaran al respecto, al igual que conocer la versión de la supuesta compositora no radicada en su Sahagún del alma, pues se habla asimismo de costos cercanos a los tres millones de pesos. En realidad, se comentan muchas más cosas untadas quizá de mayor gravedad, lo cual no es, por cierto, algo nuevo en este tipo de concursos donde se manifiestan tantos tejemanejes y triquiñuelas que hasta nuestro famoso “realismo mágico” se quedaría corto. Por lo pronto, me apresto a tomar el portante en este delicado tema no sin aprovecharlo para, de manera general y sin acusar a nadie, aportar algunos fructíferos interrogantes.

¿Hasta dónde ha llegado la corrupción en Colombia que ni siquiera en los predios paradigmáticos del arte estamos a salvo de los mercachifles? ¿Hasta cuándo el imperativo ético imprescindible y urgente para recomponer esta patria permanecerá exiliado por la competencia y el individualismo rampantes, desmedidos y provocadores?

Y a todas éstas, ¿qué pensará la Junta Organizadora del Festival de Sahagún de lo ocurrido? ¿Qué correctivos tomará? Se me ocurre, por ejemplo, que para los próximos concursos de canción inédita se examinen y dispongan criterios y requisitos adicionales que garanticen la pulcritud del proceso de inscripción, selección y presentación de las canciones elegidas. La discriminación siempre será oprobiosa y no es lo mismo que se interprete una canción con instrumentación y recursos mínimos que con todo un montaje desproporcionado como ocurrió con la canción triunfadora.

Lo otro sería poner a concursar a la cumbia y al porro por separado, y al paseo y al merengue entre sí. Si bien, este festival se caracteriza por no incluir el son ni la puya, no es bueno que se sacrifiquen canciones de uno u otro aire musical sólo por llevar a la final una muestra representativa de los cuatro ritmos participantes, mucho menos para darle cabida conveniente a compositores del Valle y de La Guajira no siempre agraciados por la calidad de sus canciones. Pensar en jurados idóneos y objetivos en semifinales -no ligados a la Junta Organizadora ni al medio local o regional- debe ser igualmente una prioridad, y en lo tocante a paseos y merengues se requiere atender los límites que al respecto se estatuyen en el Festival de la Leyenda Vallenata de Valledupar para inscripción e interpretación en tarima, garantizándose así que los mismos sean juzgados en igualdad de condiciones. De esta manera podríamos estar todos medianamente tranquilos y jurados de la talla de Aurelio Núñez y Jorge Valbuena no se dejarían afectar por factores externos presentes en una canción que, sin ser la mejor, se orquestó y fue la vencedora desde mucho antes de concursar.

La política, el amiguismo, el arrodillamiento ante “lo vallenato”, la ostentación monetaria, las prácticas derivadas de la politiquería electorera y el ramillete servil de canciones oportunistas deben erradicarse por completo del entramado artístico si lo que se busca es progreso, cultura, civilidad y bienestar colectivo. La Ciudad Cultural del departamento de Córdoba está llamada a liderar la consecución de tan loables propósitos. ¡Qué vaina que los festivales se desperdicien en función de profundizar las crisis y obtener lo contrario!

Por último, felicito al compositor sahagunense Luis Alberto Prado por su magistral y conmovedora interpretación en tarima, sin parafernalia alguna, de su canción “A Sahagún lo hago respetar”. Tranquilo compadre que, por lo que se dice y se sabe, usted no quedó de segundo. El aplauso exultante de su pueblo dijo otra cosa. Para muchos (y me incluyo) fue el verdadero ganador y ya llegará la hora de que el Festival de Compositores de Sahagún le permita vivir el sueño de coronarse y reinar como lo ha hecho en muchos festivales. No ha sido usted profeta en su tierra como bien lo canta, pero el 28 de junio de 2009 escribió una página memorable en el rinconcito de la “Princesa Barají”.

FBA



Corolario: Es más lo que pierde que lo que gana un artista cuando se presta para enturbiar el alma de la música. No sé si habrá sido el caso de Liliana Geney Oyola, a quien otorgo el beneficio de la duda apelando a su elegancia y a la tesitura de su canto. En todo caso, una sana reflexión a partir de lo acaecido a la canción puesta en entredicho, no sobra en tiempos de descomposición moral.

martes, 30 de junio de 2009

LEYENDO A VILLAMIZAR – Para “El Ángel Bohemio”

“Ay Dios mío si poderes tú me dieras
Pa´ inventar otra clase de colegio
Donde los niños vayan cuando quieran
Sin llevar uniformes ni cuadernos”

Adrián Villamizar (Nacho Lee)


Me desperté esta mañana cantando vallenatos
en especial ése que habla de un espíritu guardián
nostálgico y bohemio
vagando en callejones
bajo un cielo hermoso y musical

me desperté sin tiempo
tarareando mis viejas glorias
de muchacho y me encontré de pronto
inmerso en la poesía de un soñador
atípico que pertenece al viento,
amoroso creador de noches y recuerdos
melodías que acortan distancias
hacedor de singulares versos
al Valle y a San Juan

me desperté esta mañana y vi la plaza de Juancho
repleta de canciones
la luna me cantaba sus cantos de parranda
y yo cantando sus lunas recordaba a Roberto
la fiesta decembrina se mostraba amigable
y en sus calles alegres se aclaraba mi canto
para que la tristeza de siempre
triunfante se inspirara

Y entonces quise también mirar el sol de los venados
con sus letras claritas enseñando en el cerro
muchos niños dormidos en colegios de muerte
muchas vidas pendientes de aprender disfrutando
un tambor de inocencia
milagroso sonaba

cantando vallenatos desperté esta mañana
con otra canción ardiente que acababa la guerra
el olvido sufriendo la ruta del que abraza
y la brisa de antes bañándose en el río,
y pensé:
qué extraño que estos cantos profundos
se entremezclen conmigo
pero llevo ya varias horas pulsando en mi guitarra
tratando de entenderlo, buscando armonizar
con ella las muchas ausencias que
en verdad me faltan

Leo ahora en Adrián Pablo los versos del silencio
de un compositor feliz que paga lo que debe
condenado a cantar verdades
al Valle del destiempo:
Yo soy el canto vallenato ay hombe
y voy llevando por la vida un sueño…

y el eco de este ángel se acuerda de nosotros
fugaces dinosaurios que aún amamos la vida
sinuanos, chimilas
corazón celestial en el alma del pueblo
acordeón regresando por las brumas del tiempo
el calor del reencuentro, identidad vigente
lluvia y dolor, serenata imposible
de un posible destino

Ángel Bohemio:
me aprendo tus palabras, tus aires, las cadencias
el fuego, la leyenda, el amor, los contratiempos
los dolores causados, el perdón a sí mismo
tus parrandas eternas, la amistad, las promesas
los colores del cielo de dos valles sagrados
la violina del tiempo bajando de La Sierra
y con todas las fuerzas de mi numen te canto
esta poesía nacida de tu propio universo

Me desperté esta mañana cantando vallenatos
en especial ése que habla de un espíritu guardián
nostálgico y bohemio
rondando en callejones
bajo un cielo hermoso
y musical


FBA – DERECHOS RESERVADOS
Nota: este poema forma parte del poemario “Cantando a Destiempo” de FBA. A propósito del cantautor Adrián Pablo Villamizar Zapata y del plagio de que fue objeto su canción “El Ángel Bohemio” (tema ya superado a juicio del propio Villamizar), parece que la historia de su famoso ángel guardián no para, sin embargo, ahí. Una perlita bastante curiosa pudimos apreciar en el concurso de canción inédita que acaba de escenificarse en Sahagún-Córdoba en el marco del Festival de acordeoneros y compositores “Princesa Barají”. Como el autor de estas líneas participó en dicho concurso -sobre el que se han suscitado duras críticas desde diversos sectores de opinión por la escogencia de algunas canciones finalistas-, prefiero dejar por ahora esta historia en suspenso para no herir susceptibilidades mientras se calman los ánimos…

jueves, 25 de junio de 2009

EMPEZÓ EL FESTIVAL DE SAHAGUN (CORDOBA-COLOMBIA):
Luego del desfile inaugural (4 p.m.) y con la presentación estelar de Silvestre Dangond a eso de la medianoche en el Estadio Municipal, quedará cerrado el primer día del XXI Festival Sabanero de Acordeoneros y Compositores "Princesa Barají" que este año culminará el domingo 28 de junio. Mucha expectativa en las calles con el show del urumitero, vehículos portadores de parlantes a alto volumen, reuniones caseras, estaderos, licoreras y numerosos visitantes (que hacen recordar el hermoso paseo de Wiston Muegues, "El Visitante", con el que ganara el concurso de canción inédita en 1999) anuncian, con ruido y alegría, el inicio de la gran fiesta de los sahagunenses. Qué bueno poder sentir la belleza de un pueblo cuando son sus buenas costumbres, su cultura y el talante pacífico de su gente los protagonistas.
La programación del evento puede consultarse en www.festivalprincesabaraji.com. Entradas, en su mayoría, gratis. La parranda festivalera se realizará el sábado 27.
Por otra parte, de la totalidad de canciones inscritas se seleccionaron 25 para el concurso de canción inédita. Tenemos la fortuna de estar por segundo año consecutivo participando, esta vez con el paseo "Gracias Sahagún", al lado de compositores de la región como Luis Alberto Prado (ganador de más de 70 festivales), Jaider Juris, Álvaro Llorente y Luis Aldana, entre otros, y de Jaime "El Tato" Fragoso y Lizardo Bustillo entre los foráneos.
Bueno, no es más por ahora. Ubicada entre Montería y Sincelejo, la Ciudad Cultural del Departamento de Córdoba le dice otra vez SÍ a la música de acordeón, a ritmo de merengue, paseo, cumbia y porro.
FBA

martes, 23 de junio de 2009

EL PORRO Y EL VALLENATO: EN BÚSQUEDA DE UNIVERSO E IDENTIDAD…

Dos reconocidos personajes (cada uno desde su trinchera) motivan la escritura de estas líneas. El primero de ellos, el periodista y escritor Heriberto Fiorillo, quien en su artículo “Dolor de Porro” se lamenta de que en su Carnaval de Barranquilla no tengan ya asiento los porros y las gaitas, la diversidad rítmica, las cumbias y la gran fiesta de las bandas sinuanas. Dice Fiorillo que “hemos vivido con asombro y con tristeza, durante los últimos años, la ruptura de una tradición, la desaparición de gran parte de nuestro acervo musical, la exclusión y el amordazamiento mediático de unos ritmos que al parecer, por intereses personales, algunos prefieren declarar difuntos”.

El otro personaje es el músico, compositor y Director de la Banda 19 de Marzo de Laguneta, Miguel Emiro Naranjo Montes. Se interroga este baluarte del folclor cordobés acerca de la necesidad de que el porro se universalice, y para ello, nos dice, es necesario que el porro deje de circunscribirse exclusivamente a corraleja, a toros y temas afines.

Bastante espinoso el asunto. Descontextualizar el porro no deja de ser un problema cultural mayúsculo. Sin embargo, es, por lo mismo, un reto interesantísimo de magnitudes insospechadas. Y a un reto de similares defectos y virtudes es que hemos venido sosteniendo en este blog la imperiosidad de que la música vallenata le haga frente. En efecto, creo que la única manera de evitar que, en lo que al vallenato se refiere, se sigan multiplicando y reproduciendo los elementos lucrativamente románticos y juveniles de su actual crisis, es atreverse a innovar responsablemente de la mano de la tradición pero sobre todo de la mano de las universales y sempiternas expresiones poéticas a través de las cuales el ser humano ha dado y da testimonio de su paso complejo por el mundo. Así las cosas (y con el perdón de los vallenatos), con más canciones a La Sierra o al Guatapurí es difícil que podamos seguir reclamando identidad.

Y entonces? Qué hacer? Otra vez esa pregunta incómoda que en la segunda década del siglo XX prendió tantas esperanzas como tragedias de cambio político, económico y social. En cuanto al destino pensable del porro, no me queda más remedio que blasfemar en función de aplaudir la inevitable profundización de sus aires en compañía del canto como motor impulsor de este controversial desarrollo. En este sentido, llama poderosamente la atención el Festival del Porro Canta’o Inédito que se celebra en San Marcos-Sucre. Pero, ¿será realmente sensato y deseable este camino? ¿No habría acaso una ruptura desastrosa en términos de identidad al plantear la universalización del folclor por fuera de los elementos naturales de la aldea? ¿No es más universal el hombre cuando vive, sueña, sufre y le canta a lo suyo?

Fiorillo hace también un llamado al Estado colombiano para que construya identidad desde la biodiversidad: “Creer y promover que somos el país del vallenato y del sombrero vueltiao nos servirá en la medida en que permita iniciar al mundo en el conocimiento de nuestros demás ritmos, de los demás sombreros y de toda la cultura que somos. De lo contrario, nos hará más pobres”. Me muestro plena y dolorosamente de acuerdo con Fiorillo. Con respecto a nuestro sombrero “vueltiao” -elevado a la categoría de símbolo nacional-, ya va siendo hora de que se reivindique su espíritu de caña flecha para reconocimiento y regocijo de los artesanos de Tuchín (Córdoba) y no por obra y gracia de gobiernos oportunistas y de benefactores consanguíneos o proclives que terminan favoreciéndose inescrupulosamente a expensas del folclor. Por otra parte, quiero y respeto de tiempo atrás la música del Valle de Upar pero ya va siendo también hora de que a nombre de lo vallenato y sobre la base de una expansión dudosa no se satanicen los demás ritmos caribeños.

Así como lo vallenato puede llegar a manifestarse a través de instrumentos que alternen con el acordeón, éste puede dar cabida a presentaciones artísticas distintas y si se quiere de mayor contexto y riqueza musical, librándose así de sobresalir menoscabado por el hermético horizonte de los cuatro aires vallenatos. Los músicos sinuanos y sabaneros merecen que el famoso sombrero de los cordobeses se asocie preferentemente con su legendario trasegar; además, ningún proceso de universalización musical puede tener éxito si desconoce de plano la diversidad rítmica de sus orígenes y posibilidades actuales, afirmación que, por supuesto, no puede colocarse al servicio de las arritmias contemporáneas ni de los ritmitos posmodernos que circulan por lo general en el reino de lo efímero y desechable. Las fusiones son bienvenidas en la medida en que permitan ahondar constructivamente el sendero de la investigación, no si se limitan a escenificar colchas de retazos valiéndose pobremente de los adelantos tecnológicos. Como diría Ernesto McCausland, “no es lo mismo fusión que confusión”.

Ahora bien, la responsabilidad de la crisis recae igualmente en quienes Heriberto Fiorillo identifica como los “dueños, directores, programadores musicales de estaciones de radio y de canales de televisión, D.J.’s, picoteros y ponedores de discos”, para señalar la obligación ética de promover toda nuestra música y no sólo aquella que paga por su divulgación. El “jugo de la payola” como lo denomina Fiorillo, contra el que tantos artículos y eventos académicos se disponen pero poco o nada en realidad se hace. Claro que en esto de buscar culpables habría que recordar el viejo poema “Hombres necios” de Sor Juana Inés de la Cruz y tener en cuenta, al lado del que peca por la paga, al que paga por pecar.

Ya sabemos que la corrupción es un mal que ha echado muchas raíces en Colombia y la música no escapa a ella. Así las cosas, la misma práctica infame que enriquece en un abrir y cerrar de ojos a políticos, ingenieros y otros contratistas, hace de las suyas, con pasmosa y creciente recursividad, en el terreno musical. Habría que indagar asimismo cuánto de malversación de dineros públicos hay en festivales de todo tipo que proliferan a lo largo y ancho del país.

Finalmente, lo universal pasa, a mi juicio, por una revisión y/o actualización de la identidad que no escapa obviamente a interrogantes de diverso orden. Aún, por ejemplo, me sigo preguntando si no existen en el porro y en el vallenato componentes intrínsecos que impiden su evolución, o mejor, su exploración literaria o textual. En todo caso, no es nada nuevo este asunto de examinar los folclorismos locales a la luz de los cambios y las posibilidades creativas que subrayan como negativo el fundamentalismo dogmático de los puristas.

El libro de Jorge Nieves Oviedo -cuyo solo título, “De los sonidos del patio a la música del mundo”, dice bastante en torno a esta problemática- es un valioso llamado a atrevernos a repensar las músicas tradicionales y populares sin el estatismo afectivo de las que yo llamaría (sin ambages y resaltando la paradoja) “élites folcloristas”, al igual que a contrapesar las tendencias unificadoras del mercado. La tensión entre lo local y lo universal se hace igualmente presente cuando, en últimas, se precisa la necesidad de responder -en perspectiva crítica y abierta- a un interrogante de singular importancia: “¿cómo pensar simultáneamente lo local sin dejar de lado preguntas de significación para contextos que son más amplios del que se explora?" (Ana María Ochoa Gautier, en: Prólogo del texto citado).

Coletilla: Retos como los expuestos requieren del compromiso y cambio de actitud por parte de músicos, intérpretes y compositores de larga data, pero sobre todo del talante y emprendimiento de las nuevas generaciones. Quiera Alejo y Octavio y Landero y Nando y Molina y Toño y Antolín y Abel Antonio y Pello y Emiliano y Luis Enrique y Barros y Rafa y Colacho y Herrán y Munive y Pacho y Tobías y Kaleth y los Juanchos y Cotes y Ramón… que el amanecer del porro y del vallenato nos despierte con las ganas parranderas de siempre, pero, especialmente, en comunicación con un horizonte vital y educativo musicalmente esperanzador.
FBA

lunes, 15 de junio de 2009

MI PUEBLO NATAL

varias orillas y algunos charcos
de aquella avenida cuyo cielo de enero
lucía atiborrado de barriletes y cajones,
infiernos entrevistos
barrotes cafés que me atoraron la infancia de
por vida;
mi hermano se cortó un pie por mi culpa
(uno es culpable desde que nace)
(culpable sin rumbo desde siempre)
y había una banca donde nos sentaban
bien vestidos al atardecer

atardecer del Sinú
perro guardián de puerta arrendada
veo también al Rey José
a Barrabás
pero no veo a mi padre ni a mi madre
hay una puerta de golpe
y un baño donde vi desnuda a la menor
de mis hermanas

era mi vida sin duda
antes de que me mudaran al barrio,
mi pueblo natal en la verdad de mis
pocos centímetros;
siento ahora aquella felicidad auténtica
mis ojos educándome para el silencio
mis hermanas empecinadas en que bebiera
la leche la ocultaban en una jeringa
(buen dato para el psiquiatra)
aparezco en una foto muy rodeado
del cariño familiar

ay mi pueblo natal
avenida alegre
playa del río Sinú,
fueron muchos días engolosinado con
la perdurable inocencia
noches hermosas de muda inexistencia
(acaso la vida sea sólo esto)
ternura inevitable para los besos y
pechiches de las colegialas
sigilosas maneras de llorar
algunos charcos empezaban a
grabarse en mi memoria
(¿lágrimas de rebeldía de mi hermano mayor?)

hoy todos tus caminos me conducen
a la más justa e implacable de las violencias
aunque yo siga con aquella verdad
de mis pocos centímetros
tan apegado a la vida
como fugaz remolino

¿Qué quedó de mi tiempo infantil
si soy únicamente el recuerdo borroso
que construye mi hijo sin nociones
de muerte todavía?

Mi pueblo natal
calle amplia y juguete compartido
son grandes las historias incontables
y peligrosos los senderos de tu tierra
son tantas las manos inocentes
que alimentan tus guerras,
¿cuántos barrotes más tendrás
para tus hijos?

teníamos nuestra oveja negra en la familia
(hoy yo estaría fuera de concurso)
y había una banca donde nos
sentaban bien vestidos
al atardecer

(Montería, lunes 14 de septiembre de 1992)

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